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r üseftipcicíM í PUBLICIDAD SOLICÍTENSE TARIFAS Anuncios económicos. Reclamos. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid PAGO A N T I C I P A D O POR CADA M E S España, pts. 1,5o. Portugal, pts. i Unión Postal, 2,5o francos. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid r N. 198. M A D R I D 27 D E JULIO D E 1905 NÚMERO SUELTO, CINCO CÉNTIMOS EN TODA ESPAÑA ABANICOS, SOMBRILLAS Y PARAGUAS E DINERO mr AUTOMÓVIL AUTOMÓUIL- g Se desea alquilar por los meses de Agosto y Septiembre. Fuerza, doce, dieciséis ó más caballos. Diríjanse las ofertas á la cédula núm. 5 4 8 5 7 Lista de Correos, Madrid. IODO S U V A I O K por a l h a jas y p apeletas del Monte 1. A A S A QUE MENOS COBRA PKIIVCIPE: 6 ENTADURAS usadas, compro. Pérez, G r a v i n a 5 DIEGO D LA ESTRELLA PRUÉBENSE LOS CHOCOLATES DE LOS MALETAS desde 6 pts. MONTE BENÉFICO MONTERA, 32. Teléfono 1,555 13, MOXTERA, 13 PARA COMPRAR JOYAS Y PLATA CON GRAN ECONOMÍA J O Y E R Í A B BBNANDEZ RR. PP. BENEDICTINOS DINERO SOBEE FINCAS Para ponerlas en las condiciones higiénicas impuestas por el Ayuntamiento de Madrid y sobre casas situadas en Valencia y Sevilla. El reembolso so efectúa en unas 230 mensualidades, ó todo lo antes que se desee, aceptándose en parte pago de la deuda cantidades adicionales desde una peseta al mes on adelante. Imposiciones suscriptas: Ptas. 3.000.000 Hogar Españoh, Sociedad Cooperativa de Crédito AI. Í 1 AL. A, SI. -M A D K I O P K L I C i R O S 18 COCHES e venden nuevos y de ocasión Guarniciones. Alfo- i. t, X i -5 SE COMPRAN Mn 3 Í) Ies EN DEPfiSITO 86 admiten muebles, pianos y objetos de arte, facilitando su valor. MONTE BENÉFICO. 1 3 9IO ÜVTERA 13 200 BIBLIOTECA DÉ A B C CORAZONES HERIDOS 97 -N a d a d e eso. E s t o y bien, lo mismo q u e siempre E n la mirada que le dirigió y en u acento, Ricardo se figur ó lo que había pensado, porque también á su vez había experimentado el deseo de dejarla libre. Profundamente herido en su amor propio, exclamó: -Quisiera d e todas maneras que te viese un médico y que te cuidases, y si el clima de París no te sienta bien, empezaremos á viajar y nos iremos á otros puntos que convengan más á tu salud. -M u c h a s gracias- -dijo con la voz ya más templada; -pero me encuentro muy bien, y no creo que tenga necesidad de médico ni de viajes. -Y o me alegraría de que fuera así; pero, sin embargo, para mi tranquilidad voy á llamar al D r Rocher. -S i e n t o mucho tener que negarme; pero te ruego que n o insistas, porque, afortunadamente, no creo que sea necesario apelar á tales extremos; si estuviese mala en realidad, y o sería la primera en decírtelo. El sol daba de lleno en el blanco mantel de la mesa en q u e los dos esposos estaban almorzando, haciendo relucir los vasos y los cubiertos de plata, y animando con su alegría todos aquellos objetos inertes, sin lograr en cambio hacer penetrar un solo rayo en aquellos dos corazones tan deseosos de amar y de vivir, tan atraídos el uno hacia el otro y tan lejos todavía de comprenderse. Ricardo comprobaba dolorosamcnte que Rene le había dicho la verdad; antes de cuidar aquel cuerpo enfermo, era necesario ganar la confianza de aquella mujer que tanto había sufrido p o r él, conquistarla poco á poco, con gran tacto, á fuerza de cuidados y atenciones. Pocos días antes hubiera retrocedido ante esa idea, encontrando en ella la amargura de una expiación; pero en aquel momento, sin darse cuenta de que un nuevo sentimiento le guiaba, sólo anhelaba complír aquel deber que se le aparecía revestido de una dulzura infinita. El almuerzo estaba á punto de terminarse. E n el momento en que abandonaban el comedor, Juana franqueó la puerta, y Ricardo, echando una ojeada al exterior, exclamó como si todavía no había experimentado el deseo ni tenía tiempo tampo co para adquirir amistades nuevas. Se acercó á la mesa y hojeó los libros: su elección no le sorprendió; y después, con mano temerosa, se puso á registrar el cesto. E n c o n t r ó al lado de algunas labores evidentemente destinadas para los pobres, una mantillita de lana blanca y muy fina. -U n regalo preparado para el niño que tenga mi hermana- -pensó Ricardo; y revolviendo más en el fondo, econtró un ejemplar de la Imitación de Cristo, de M a d d e Flavignig. H u b o un instante en que Ricardo tuvo también la impresión de otro tocador, más ricamente amueblado tal vez, pero dejando adivinar en su interior la misma sensación de vida íntima, impregnado, como aquél, de ternura y habitado también p o r una mujer seria y piadosa, triste como lo estaba Juana y traspasada p o r el dolor. Le parecía ver aún á aquella mujer, á su madre adorada, como había visto á Juana la víspera, con el semblante pálido y demacrado y con los ojos sombreados p o r aquellos círculos violáceos que tanto le habían asustado otras veces. Acometido de una emoción profunda ante aquel recuerdo, Ricardo sintió que las lágrimas acudían á sus ojos y se consider ó tan dolorosamcnte culpable, como si al hacer sufrir á Juana hiciese sufrir á su propia madre. Confundiendo cada vez más á las dos mujeres, aproximándolas en su espíritu y en su corazón, le pareció que de haberse conocido se hubieran comprendido y amado. P o r un momento el recuerdo de Susana atravesó su espíritu, y comparó en presencia de aquel aspecto d e reposo y d e satisfacción íntima la visión de una vida de placeres no interrumpí da p o r nada, de espectáculos, de bailes, de visitas, y pronto arrojó lejos de sí aquella imagen de frivolidad importuna. Se sentó en una butaca, en el lugar predilecto de Juana precisamente, y dejando caer sobre su corazón como lluvia benéfica todos los recuerdos de su infancia, le pareció que vivía de nuevo los años transcurridos y que sentía á su alrededor aquella atmósfera impregnada de amor que le envolvía otras veces. ¡Qué dulces eran aquellas caricias maternales, aquellos consuelos, su confianza sin límites en los prudentes consejos con