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A B C. MARTFS tz 5 D E j U D O DE J 9O5. PAG. 6 -TM f e S i í í- Ü! 4 iíj Jü L S í í P í T á í S? i á -ft Miasf -f T ftws -ijfl ísWSí, i? ansiosa de ideal, se entrega sin reserva; en aquel amorcífrasu existencia, lo abandona todo para seguir á su ídolo... y cuando el desencanto llega, cuando ve la pequenez del ser amado, sabe resignarse; su amor se transforma en un sentimiento fraternal, y más grande ella que el que creyó genio, se sacrifica, lucha, trabaja y sufre sin que la sonrisa deje de entreabrir sus labios pálidos. Para ella, la maternidad es casi una maldición; Maltrana, sin ser malo, se hace antipático por su falta de energía, de grandeza para revelarse; ama á Feliciana, y la deja morir sola en un hospital, entrega su cuerpo acariciante al análisis despiadado del bisturí. Son unos amores fatales, llenos de ternuras tristes, dominados por la falta de voluntad y d e ideales para vencer y luchar contra las injusticias. El estudio de las figuras de mujeres trazadas por el maestro de la moderna novela española, puede ser de gran utilidad. La figura de la protagonista de esa triste historia de amor, que paga con la vida una dicha breve, envuelve todo un poema: el poema de la muerte lenta. CARMEN DE BURGOS SEGUÍ 1 SAN SEBASTIÁN. S. M. EL REY Á BORDO DE LA ESCAMPAVÍA GU 1 PUZCOANA DIRIGIÉNDOSE Á VISITAR EL CRUCERO INGLÉS DORYS Fot. I tedcuc nujeres de la busca, traperas y mendigas, retratadas con singular maestría, aparecen ignorantes, salvajes, sin otra cualidad humana que la malicia y el engaño, conservando sus costumbres primitivas y bárbaras á las puertas mismas de la gran ciudad que las arroja de su centro y en cuyos alrededores merodean las migajas que caen del banquete, sin que lleguen hasta ellas las auras del progreso que dignifica y eleva. Las mujeres que rodean á Maltrana son las que adquieren mayor relieve; su madre es una mujer de vida vulgar y sencilla, tan sencilla y tan vulgar, que constituye para el novelista un verdadero triunfo haberla sabido retratar con exactitud sorprendente, haciendo una síntesis de la existencia de las mujeres de los obreros La abuela, la Mai ¡posa, aparece con toda la ignorancia, teiquedad, avaricia y corazón sano del pueblo; con el espíritu practico adquirido en su larga experiencia, envaneciéndose de la aristocracia de su alcurnia de traperos y su tesoro de piedras falsas. Y, por último, dibuja la figura delicada, con aroma de azucena, que espau- e la poesía y la triste ¿a, la hija del feroz Mosco, la amada del soñador: Fcl oiaaa. La presenta gallsrtla y ll rna de vida, hermosa en su juventud efínioa de hembra del trabajo; Mil (rana se le aparece con la aureola de! ser superior soñado, un genio que en su dJbil imagimeión adquiere la figura giganiesca de un Zola ó un Víctor Hugo. Su corazón sencillo, su alma primitiva, (TRONICA. D E S D E LA A Z O T E A Los pisos altos de las casas de Madrid ha en madrileña la frase de Murger, que vivía en un último piso: Vivo en las afueras de PatÍM Yo tengo en el corazón de Aladrid un balcón á la calle, á la vida, y una ventana alta, una ventana que da al cielo. El desencanto de la vida abre la ventana y el entusiasmo por la vida abre el balcón. Pero ahora que quiero hablar de las cosas en su superficie, subo á la azotea. Desde la azotea se ve Madrid á vista de pájaro, á lo lejos, y este barrio con una triste proximidad de tejados y chimemeneas, no muy bonitas éstas, no muy limpios aquéllos. Es la hora fresca y alegre de la mañana naciente. Hay un cielo limpio, envidia de los tejados, azul suave, azul tranquilo; hay un sol grato de calor, hay todavía algo del silencio de la noche. Se columbran algunas torrecillas de iglesia- -erizamiento y como índice de pueblos y ciudades, -la frente sin poesía de algún edificio público, y se contemplan las casas vecinas, los altos de las casas modestas que, abiertos sus balcones, se ofrecen ingenuamente á la curiosidad del vecino madrugador y molesto. La mirada se recrea lejos y cerca, á un lado y otro, suspendido el observador entre el espacio y Madrid. Viene el recuerdo de las azoteas de Andalucía junto al campo, con visiones de luminoso paisaje, balcones colgados en la alegría de las mañanas con incensarios, al pie de claveles y campanillas... Volvamos de nuestro viaje de ilusión á este Madrid, donde la visión es más dura. En la casa de enfrente, una señorita asoma la cara morena, coloreada por la sonrisa, para mirar á la calle y ver si ha venido ya el novio. El novio, un poco dormilón sin duda, no ha venido aún. Esto de que sea siempre la mujer la que