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ANO MERO i1 j ÜMADR 1 D, 2 5 DE JULIO TO, La dificultad con que tropezará el lector para contestarse esta pregunta, le probará cuánta razón tienen los que atribuyen importancia al asunto. Hay personalidades muy contadas en condiciones para la sustitución y cuyos nombres están en todos los labios; pero, ¿querrán? MANUEL TROYANO CRO- DE 1 9 0 5 SUEL- N 1 CA U N I V E R SAL ILUSTRADA. NUMERO I A ESTIBA DEL GABINETE Sabido es que ¡a operación de estibar un barco consiste en distribuir, colocar, arreglar y recalcar, en la bodega de éste! a carga, de manera tal que sostenga el equilibrio e i medio de los vaivenes más ó menos fuertes ocasionados por las olas. Un buque mal estibado corre, por sólo esa circun tancia, verdadero peligro en su balanceo, y ningún experto marino emprende la travesía sin llevar la seguridad áí que esta bien hecha la consabida operación. La formación de un Gabinete equivale á la estiba de una situación política. Figúrese el iecror que el jefe de la nave mete atropelladamente la carga en la bodega, como quien procura desembarazarse cuanto antes de ¡os bultos que ia componen y hacerse á ia mar io más pronto posible. Apeaos ésfe toma viento y la embarcación principia á dar bandazos, por ailá rueda un tonel; más acá se desprende un enorme tardo; acuüá, un pesado cajón choca contra ias cuadernas del buque como una caiap iita: el equilibrio está en grave rieigo y la tripulación comienza á temer por su vi Ja, Ni más ni menos, en el Ministerio formado para salir pronto de! psso y de compromisos, esas dificu tades surgen desdi las primeras singladuras. Tenemos a la vista un expresivo é instructivo ejemplar. No üeva cié existencia el actual Gobierno un mes y ya se ha desencajado el ministro de Hacienda, y el de Estado se tambalea y está á punto de caer. La estiba del Gabinete no se hizo con reposo ni cuidado. El Sr. Urzaíz es un hombre muy áril en e! Gobierno, pero tiene muchas esquinas, y para encajarlo bien se requiere sumo arte, e! cual, oportunamente no se empleo á tal fin. Así, dicho señor se ha desprendido á ias primeras sacudidas. El Sr. Sánchez Román, profano en diplomacia, metido á duras penas en el ministerio de Estado, oscila sobre su poltrona y va á salir rodando á la h o a más inesperada. ¡Y con los Gabinetes ocurre lo mismo que con la dentadura. En cuanto se cae un- diente ó, ¡o que es lo mismo, un ministro, se mueven todos los demás y se disponen á caer también! Lo peor de estos casos es la desconfianza que motivan, tocante á la firmeza de un Ministerio, en un país donde toda la que hay- -con ser macha- -se haila bien justificada. Estas operaciones de estiba, si no se hacen con tranquilidad en el puerto, se hacen may mal en la travesía. Si no se encuentra medio de que el señor Sánchez Román siga con seguridad en su puesto, ¿con quién se le podrá sustituir? de toda la parte de chic y elegancia y de sonreír á los autores, cosa que hace de un modo inimitable... y los demás representarían las obras. ENE ERRATA. En el artículo de ayer escribí, natu raímente, quin praecognilttm. Sirva e io de respuesta á dos latinistas alarmados. Dd teatro Español Jp logias merece el acuerdo tomado por el gobirnador civil Es necesario, en efecto, sacar á concurso el teatro Español. Excelentes y aun excelentísimos servicios ha prestado en él la compañía Guerrero- Mendoza; pero, francamente, el eterno gesto despectivo del primer actor y el perdurable sonsonete de ia primera actriz, unidos á la borrosa y cenicienta insignificancia de las segundas partes, han ¡Segado á empachar, á estragar ya el gusto del público Bueno será que el Ayuntamiento se muestre enterado de que el teatro Español debe ser algo más que un centro de aristocráticos cuchicheos y de elegantes maledicencias, en el cual, las más veces, el espectáculo no está en el escenario, sino en los espectadores, quienes sólo abandonan su agradabie coioqmar cuando el Sr. Díaz de Mendoza sueíta unos gritos roncos: Mi espada contra el granito, ¡orquesta de Belcebúi. ANARQUÍA MILITAR una levita encarCómo saldríamangas á unde la cual sedel Fegaran las carpintero rro! el cuerpo á un sastre de Valencia y los faldones a un relojero de Cádiz, y esto sin enviar á ios artistas ni siquiera ¡as cifras del self- measurement forms, con que se contentan los famosos sastres ingleses Ellis and Johnst Asi, sin exageración, venirnos vistiéndonos los españoles hace siglos en materia de organización militar; y la última levita que nos probamos fue la del 98; aquélla en la que los yanquis nos sentaron las costuras. Sí tuviéramos que probarnos otra, como hecha por e! mismo antiguo y acreditado sistema, el resultado sería parejo. Carpinteros y relojeros suelen ser nuestros ministros de Estado y Marina, famosos en sus sendos oñcios, menos que aprendices en sastrería; sastre, más ó menos conocedor de! paño, y maestríllo con su librillo, el de la Guerra, y íambién para el caso de entenderse en aquello para que ha de servir ¡a fuerza militar, y en cómo ha de ser ella para servir, los tres maestros trabajan tan aislados, tan autónomos, como si sus respectivos establecimientos distaran, en vez de metros, leguas de l o al grado N los presidentes del Consejo de ministros toman al país las medidas en lo que á política internacional se refiera ¿para que? y únicara nte el ministro de Hacienda suele hacer tímidas indicaciones al de Guerra, y algo más severas a los otros dos, respecto a) coste de su respectivo trabaio. pero sin importarle un pito ni género ni hechura. Nuestra historia está llena de milagros. Covadonga, Clavijo, las Navas; pero mayor milagro que todos ellos sena que con semejantes procedimientos llegase el país contribuyente á sacar siquiera el 5o por 100 de utilidad á los 25o ó 260 millones que le toman para Guerra, JVlirina y Estado, y mientras no haya en el Estado español, que tiene tanta obra muerta, maquinaria bien ideada y entretenida para hacer la labor político- militar, para fijar una conducta internacional y acomodar á ella la organización militar de mar y tierra; por más que se esmeren el carpintero, el relojero y el sastre, la ¡evita saldrá como las de antaño, que fue mortaja de nuestro prestigio en ambos mundos. Y vaya esto, si llega allá, al general Weyler, el cual, con buen discernimiento, se ha percatado de que el E. M C hijo parricida del general Linares, no es auxilio, sino estorbo, en la labot de organizar y regir e) ejército; verdad granr de, pero aunque grande verdad parcial, que forma parte de la verdad tota) objeto de este articulo, y que en crudo enuncio así: en España rema la anarquía en materia de organización militar; nadie está encargado de organizar la fuerza nacional armónicamente y con un fin dado por la política exterior. GENARO ALAS- como dijo elocuentemente el inspiradísimo y ya irimortai señor ministro de Hacienda. La compañía de! teatro Español, dicho sea sin intención de molestar, es bastante mala. Desde luego es iníerioi á Jas de algunos teatros del género chico ¿Es que no se puede formar una compañía buena, contando como se cuenta en es e coliseo con ingresos ya casi fijos por el abono á los días de moda y teniendo ac: erto y gusto para organizar funciones populares, siempre de seguro resultado? Quien esto escribe va poco al teatro Español; siente verdadero espanto ante la idea de oir declamar al Sr. Cirera; peto aun asistiendo á pocas funciones, y esas muy señaladas, ha llegado á hastiarse. ¿Qué ¡es suc- derá á los abonados? Lo que íes sucede en realidad. Que van al teatro Esp. mol á dilucidar sus particulares cuestiones, sin afligirse por las que forman el nudo de cuanto ocurre en escena. ¿Es posible exigir mayo benignidad, espíritu más ¡ibera! miras más amplias en un público que paga caro? Indudablemente, el Ayuntamiento hará bien si aprovecha estas feüces disposiciones del público y logra reunir una buena compañía. En ella el Sr. Díaz de Mendoza, por ejemplo, podría quedar encargado