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A B C DOMINGO a 3 PE JULIO DE i 9 o5. PAG, las aguas arrancó las plantas; están perdidas las cosechas. En Embíd de Ariza, las agu s destruyeron las Casas Consistoriales y varios edificios. Reina gran consternación. Sale para el lugar de la inundación, en auxilio de los damnificados, personal técnico y fuerzas de la benemérita. Hasta ahora no se tienen noticias de que hayan ocurrido desgracias personales. calado, dedicado á efectuar servicio en aguas poco profundas; desplazaba 1.710 toneladas y tenia una velocidad de 17 nudos por hora. En 1890 se botó al agua. d o y herido en ¡irc c f vi? tr A acendrado Explosión de un cañonero POR TELÉGRAFO f- l ECATOMBE HORRIBLE París, 22, 11 m. En San Diego ha explotado la caldera del buque americano Benningtcn, y ocasionó 278 víctimas entre muertos y heridos de la tripulación del barco. La mitad superior del puente voló; un costado del buque desapareció. Se desconoce la causa originaria. de Ja explosión. ¿CONFLICTO CON INGLATERRA? VU. LAGARCÍA, x 3, 8 M. patriotismo ante tan inusnau- vioiaejón cteJ territorio español. Resucitan en la memoria de todos las leyendas tristes de las codicias de Inglaterra y de sus proyectos de futura conOjUista. -Carreta. 7 WI AS DETALLES París, 23, 3 m. Llegan detalles á cada instante más horribles de la explosión ocurrida en el cañonero Benninglon. Han sobrevivido á la espantosa catástrofe el teniente Vate y el abanderado Perry; pero ambos, especialmente el último, tienen quemaduras gravísimas. Cuando el puerto estaba lleno de buques, de remolcadores y de lanchas que hacían el tráfico interior de los muelles, serían las diez de la mañana, oyóse la terrible explosión. Todos los buques se apresuraron á ir en socorro del cañonero, rivalizando en abnegación. De bido á emulación tan noble, realizáronse con extraordinaria rapidez los trabajos de salvamento, de tal modo que, antes de hundirse el crucero, pudo conseguirse sacar todos los muertos y heridos, que en coches fueron conducidos con exquisito cuidado al Hospital. El buque había ido á San Diego para proveerse de carbón. Era el Bennington un cañonero pequeño, de poco C L MONUMENTO DE LOBE 1 RA El alcalde y el comandante del puesto de la Guardia civil telegrafiaron al gobernador notificándole que había desembarcado de la escuadra inglesa una sección de obreros provistos de herramientas y útiles de albañilería, y sin pedir autorización ni avisar á las autoridades, comenzaron á reparar e) monumento hace años erigido en la cima del monte Lobeíra, monumento levantado en honor y memoria de las víctimas causadas por el mar, entre las que figuraban las del Serpenl, barco de guerra inglés que naufragó en estas costas. Los obreros llevaban un plano del monumento y de los caminos que hasta él conducían. La Guardia civil, a ver á los ingleses prohibió ayer mañana los trabajos, pero como no los abandonaron, el gobernador, en contestación altelegrama de las autoridades mencionadas, ordenó que terminantemente se opusiera la Guardia civil á la prosecución de las obras. Para cumplimentar los mandatos del gobernador salieron algunos números de la Guardia civil con severas órdenes de que si los obreros se oponían á obedecer, fueran detenidos sin contemplación alguna, parque éstos, provistos de faroíes de señales, se disponían á reanudar los trabajos durante la noche. Hoy conferenciará el gobernador con el almirante de la escuadra. E! pueblo está alarma- AL CERRAR LA 3. a EDICIÓN DE LA CORTE SAN SEBASTIAN, a 3 ft T. p N EL PRINCESA DE ASTURJAS S. M. el Rey ha salido de Miramar en traje de almirante; acompañaban á D. Alfonso el príncipe viudo de Asturias, con uniforme de general de brigada; el ministro de Marina, de uniforme de su alto cargo, y el Cuarto militar. Se dirigieron en carruajes al muelle, y allí embarcaron en la escampavía Guipuzcoana para dirigirse á bordo del crucero Princesa de Asturias. En el portalón de este barco aguardaba í los visitantes el comandante de la división naval, general Santaló. La tripulación estaba sobre cubierta formada en columna de honor. El Princesa de Asturias hizo las salvas de ordenanza. S. M. S. A. y el ministro de Marina visitaron muy detenidamente el barco. El Rey hizo girar las torres, maniobrar las piezas y se enteró muy en detalle de todas las operaciones de á bordo. Tuvo frases de caluroso elogio para el comandante, la oficialidad y la tripulación por el orden perfecto y la rapidez de todas las evoluciones y funcionamiento de los servicios. BIBLIOTECA DÉ Á B C CORAZONES HERIDOS J 89 -jAhT ¿Conque sí? Transcurrieron algunos instantes de penoso silencio. Los dos amigos evitaban mirarse cara á cara. A pesar de su indiferencia exterior, Ricardo había visto nacer y acrecentarse aquel afecto en el corazón de Rene. Sin embargo, ante la franqueza del joven, sintió una especie de opresión en el pecho, y le pareció muy extraña aquella sensación de celos que se le despertó de repente. Rene se levantó. -Acuérdate, Ricardo, de lo que nos hemos dicho muchas veces: no hay amistad posible sin que exista una estimación recíproca. Espero que nos querremos siempre y que nuestra confianza no se alterará jamás. Después, y dando la mano á su amigo, exclamó: -Adiós, mañana mismo me marcho de París. Ante la lealtad de aquella conducta, Ricardo se sintió profundamente conmovido. Arrastrado por uno de aquellos nobles impulsos que constituían el fondo de su carácter, cogió las dos manos de su amigo y se las estrechó con efusión. -Perdóname- -ie dijo, -he dudado un instante de tí. ¿No me guardas rencor? -Ninguno. Me has dado la prueba más grande de amistad que puede imaginarse. Rene, vales mucho más que yo. -No lo creas. Seguramente hubieras hecho en mi Jugar lo mismo que yo acabo de hacer. Ricardo meneó tristemente la cabeza. -Hace bastante tiempo que me estoy portando como un cobarde- -dijo; -pero descuida, que tus consejos no se quedarán perdidos. En el momento en que Ricardo abría la puerta para que pasase Rene, Juana salía del comedor. Estaba vestida con un traje muy sencillo, como los que acostumbraba á usar ordinariamente; nunca se vestía con esos deshabillés elegantes que por sí solos constituyen un poema de intimidad. Dentro de su propia casa se consideraba como extraña. Al ver á Rcné, el semblante serio de Ja joven se iluminó, de perdidos en el vacío, seguía sus pensamientos y parecía absorto en sus reflexiones. ¿Trabajando ya? -dijo Rene al entrar, -Con el trabajo delante, que no es precisamente lo mismo- -respondió Ricardo enderezándose y tendiéndole la mano. ¿Pero á qué debo esta visita tan de mañana? ¿Cómo está Mad. Bremont? -preguntó Rene sin contestar á la pregunta de su amigo. -Supongo que estará bien- -respondió Ricardo en tono seco. -Pues precisamente he venido para hablarte de ella. Y sin dar á entender que se fijaba en el gesto de contrariedad que se pintaba en el semblante de Ricardo, cogió una silla y se sentó. ¿Has notado qué delgada se ha puesto y qué mal color tiene desde hace algún tiempo? -Tal vez el clima de París. -No, el clima de París no tiene nada que ver. Su salud me inquieta desde hace bastante tiempo, te lo confieso con absoluta franqueza. -Pues yo no sé que esté enferma. -Más de lo que tú te figuras, y su enfermedad es precisamente de las que arrastran a la muerte. Ricardo se levantó vivamente. y- ¡Qué me dices? ¿Por qué no me has hablado más pronto de ello? Es preciso asistirla. -Asistirla, sí. Manda llamar al Dr. Rocher; la recetará muchas medicinas, pero no logrará curarla. ¿Qué quieres decir? -E) pesar la mata, y contra esa enfermedad no hay más que un solo remedio: la dicha. Ricardo comenzó á dar paseos. -En tu mano está el salvarla. Ahora obra como te parezca. Ricardo continuó su paseo con la cabeza baja y con las cejas, fruncidas. De pronto se paró delante de Ricardo. ¡La dicha! -repitió amargamente. ¿Crees que está en mi poder procurársela? ¿Crees que acaso yo mismo soy dichoso? Ya no puedo soportar más esta vida tan horrible. -Si no la puedes soportar, haz ue se termine;