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1 EAÑQ TRES. NUMERO 393. CRÓNICA U N i V E R SAL ILUSTRADA. tros derechos prosperen al amparo de Inglaterra y de Francia. Mucho nos convendría á todos ese desquite. 22 DE ULSO DE i 9 o 5 NUMERO SUEL- TO, 5 CENTS. E l Sr. Montero Ríos, en una entrevista que con él ha celebrado e! corresponsal de 1, Echodz París en San Sebastián, hizo declaraciones de importancia acerca de la actitud de España, en lo relativo á la conferencia internacional, solicitada por e! sultán de Marruecos. La mala fortuna de España en la desastrada guerra con la gran República del Norte de América, nos condujo á concertar el tratado de París. Como tuvimos soldados y marinos que fueron á la muerte sin armamentos y sin medios de guerrear, no faltó tampoco entonces un hombr- e civil que consintió en representar la Patria ante la fuerza victoriosa y ensoberbecida: Montero Ríos nos representó; quizá s el abogado eminente, mirando en el fondo su alma, halló en sí virtualidad para conseguir alguna ventaja en la discusión del tratado. Todo fue inútil: no se persuade á Breno. Volvió de París á España el actual presidente del Consejo; traía el espíritu lleno de amargura; su gestión, desafortunada, era un desastre para su Patria y otro para su persona. Los Zoilos, los biliosos, los ingenuos y los agitados por la envidia ó por el odio emprendieron la tarea de la difaraación. Desde entonces, esta de Marruecos es la primera cuestión de trascendencia internacional en que hemos intervenido; los Gobiernos anteriores al actual llevaron las negociaciones con ei sigilo tradicional; pero el Sr. Montero Ríos, en la primera ocasión que se le ha presentado, sin ambigüedades, sin anfibologías- -conducta en él más significativa que en otra persona alguna- -ha mostrado su pensamiento. España- -ha dicho el presidente del Consejo- -se atiene á lo pactado con Francia é Inglaterra. Necesita conocer con antelación los puntos que han de ser discutidos en la Conferencia. España no pretende ventajas; pero mucho menos está dispuesta á ceder de sus derechos tal y como aparecen en lo pactado con Francíaé Inglaterra. Ha manifestado también el Sr. Montero Ríos que él es partidario de la inteligencia con aquellas naciones, y que del asunto de Marruecos preferentemente se pe opone tratar con monsieur Cambon. El presidente, en fin, ha adoptado una actitud definida, resuelta; no se necesita de la hermenéutica diplomática, enrevesadísima y sutil, para interpretar sus palabras; no ha procedido á furto del país, como con desdichado criterio viene prasticándose en las cuestiones más vitales. Quizá el Sr. Montero Ríos asocia lo presente con lo pasado y anhela desquitarse. N o parece, por otra parte, mal escogido el momento para hacer que nues- ¿SERA UN JAPONÉS? Es un hombre de mediana estatura, de ojos oblicuos, de nariz aplastada, de fisonomía impasible. Se llama, ó dice llamarse, Mastutchenko. Nadie conoce su procedencia; vagas suposiciones le hacen originario de Besarabia. ¿Por qué no había de ser polaco ó hijo de polacos, como el propio general Kuroki? Polonia tiene muy largas cuentas que ajustar con Rusia; ya está ajustándolas en Varsovia, en Lodz y en Manchuria también. Mastutchenko es joven, ó lo parece; él fue el promovedor de la rebelión á bordo del niaz Votenkine. El relato que de labios de los protagonistas copia Fernand Hauser en Le Journal es un pedazo de poema contado por un repórter. Así, con toda esa sencillez y sobriedad, debemos imaginarnos todas las epopeyas. La carne que los marineros comían estaba agusanada. Los marineros se plantaron. El segundo de á bordo les daba la razón. El capitán, un viejo venerable, curtido y encanecido en la rebata y en el chanchullo, pregunta al médico. SI medico declara que la carne era buena. Manda el capitán formar á ia derecha á los sumisos. Sóio quedan á la izquierda treinta rebeldes. Todo parece apaciguado. De pronto, Mastutchenko da un salto, agarra un fusil, derriba al segundo de á bordo, mata cuantos oficiales intentan hacerle frente, remata al médico, que había querido suicidarse de un tiro en la barriga. El viejo capitán Golikof asoma su cabeza blanca, temblona; se dirige, muerto de pavor, á Mastutchenko. ¿Qué has hecho? Loco, asesino! ¿A mí también? ¿Vas á matar á un viejo como yo? Frío, impasible, Mastutchenko mata al capitán 1 mismo que á los otros ofi ciales. Los demás marineros, confusos, aterrados, no saben qué hacer. Este extraño y terrible estado de ánimo los domina varios días. Mastutchenko es el hombre del cuarto de hora y nada más. N o logra imponerse, no adquiere la influencia necesaria para hacerse con aquella turba alocada é ignorante. Una sospecha corre y se abulta después y aún subsiste. Este hombre fiero, resuelto, implacable, ¿será un japonés? Tal suposición no es disparatada. Europa entera está minada por los japoneses. Ningún pueblo, ni las maquiavélicas repúblicas y señorías italianas, tuvo jamás tan bien organizado el espionaje, tan sorda y cautelosamente preparada la corrupción. ¿Será un japonés Mastutchenko? Si lo fuera, ya teníamos ei peügio amarillo dentro de casa. ENE i AS PRIMERAS NOTICIAS En las últimas horas de la tarde de ayer comenzó á circular por Madrid la noticia de que en el Puente de Vallecas había ocurrido una catástrofe parecida á la de! tercer Depósito de las aguas y que había bastantes muertos y heridos. Se hablaba de un ciclón, del incendio de un lavadero y hasta de una explosión, pero nadie precisaba detalle alguno. En los centros oficiales se puntualizaron los rumores, confirmando que se trataba del hundimiento de un lavadero en el Puente de VaUecas. p L LAVADERO HUNDIDO El lavadero hundido está situado en el paseo de las Delicias, núm. 43 antiguo, próximo á la colonia Fr: tz y á los hoteles, y no muy distante de la fábrica de lámparas eléctritricas de los Sres. Arregui y Arruej. Ocupa el lavadero, llamado de Santa Ana ó del Puente, una extensión de JO. 000 pies, y es de la propiedad de doña Purificación Rodríguez, que reside actualmente en Zamora. La finca está arrendada. Forman el lavadero dos hileras de pilas d? portland, con cubierta de teja marseilesa, sos tenida por pies derechos, en los cuaies se apo ya la armazón de madera. Ocasionó el hundimiento una ráfaga de vien to huracanado, como lo prueba el detalle- de que en aquella inmediación el vendaval volcó momentos antes dos carros, de bueyes cargados de mieses. Cuando ocurrió el suceso se encontraban en el lavadero unas cincuenta a cincuenta y cinco mujeres y algunos niños. I A CATÁSTROFE Ocurrió la catástrofe á las seis y veinte minutos de la tarde de ayer. El cobertizo se hundió con gran estréoito, cogiendo debajo á cuantas mujeres iavdi- a. i en las pilas. El ruido fue seco y prolongado. Se oyó en toda la barriada, y esto hizo aire en seguida acudieran muchos vecinos y tiuutos pasaban por la calle del Pacífico. I OS PRflMEROS AUXILIOS El comandante del puesto de la GinrcHa civil del Puente de Vallecas, Bonifacio González, al oir el ruido desde la casa- cuanel, mAXchó precipitadamente al lugar del suceso acompañado de varios guardias. Una vez en el sitio del hundimiento, ro ó á unos transeúntes que fueran á pedir auxi o á los cuarteles próximos, y avisó por teléfono a la Capitanía general y al Gobierno civil. La primera disposición del señor gobernador fue pedir al alcalde que acudieran en seguida cuantos bomberos estuvieran de servicio, como así se verificó sin perder momento. De la Capitanía general se dio orden para que fuese también una brigada de Administración militar. Asimismo acudieron fuerzas del regimiento de infantería de Covadonga. Todos estos elementos, en unión de los vecinos del Puente de Vailecas, comenzaron á extraer heridos, que eran conducidos á la Casa