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Juana, en efecto, había visto alterarse su salud y aminorarse sus fuerzas sin siquiera procuparse de ello. Había permanecido sorda á las advertencias de Rene, rehusándose obstinadamente á consultar con ningún médico. El martirio que había sufrido durante toda su vida, la explicaba suficientemente las molestias que padecía; no creía posible ningún remedio, y si á veces venía á su imaginación la idea de la muerte, la acogía como una esperanza de salvación. E n vista de este estado de cosas, el joven marino sufría, con un sufrimiento de tal magnitud, que él mismo no se atrevía á confesárselo. E r a en vano que tratase de convencerse de que el interés que se tomaba por Juana era un interés puramente fraternal; su conciencia, sumamente estrecha y delicada, no aceptaba semejante explicación como buena. M u y á pesar suyo, no tenía más remedio que llamar á las cosas p o r su nombre: amaba á Juana mucho más de lo que hubiera querido amarla. Su decisión fué rápidamente tomada. N o había más que un remedio: alejarse. Rene no dudó un momento en ponerlo en práctica; pero antes de partir quería intentar salvarla. La idea de verla consumirse, morirse tal vez á consecuencia de su amor hacia Ricardo, le era insostenible. Resuelto á llegar al desenlace, toda la noche estuvo buscando los medios que pondría en práctica para ello. El papel que iba á desempeñar era muy delicado, pues temía herir la susceptibilidad de Ricardo; sin embargo, su interés p o r Juana le arrastraba. A las nueve de la mañana del día siguiente llamaba á la puerta de Ricardo. El joven abogado, sentado en su despacho, estaba rodeado de papelotes, pero echado hacia atrás en su sillón; con los oios generalizar y hablaron de lo triste que sería la vida de. Mn niño privado de las caricias maternales. Juana, á este propósito, r e firió cuan felices habían transcurrido en África sus primeros años al lado de su madre, á quien adoraba, su desesperación cuando la hubo perdido y su aislamiento posterior y su tristeza al verse sola y sin amparo en el m u n d o Ricardo habló también de su madre, del esmero con q u e había atendido á su educación, de su bondad y de su inteligencia nada común. Comprendía el dolor y los pesares de Juana y los comparaba con los que él había experimentado. Terminaron la comida, y sin dejar de hablar pasaron al salón nuevamente, tomando asiento al lado de uno de lor, balcones, p o r el que entraban los frescos efluvios de aquella hermosa n o che de otoño. E n la calle habían comenzado ya á encender los faroles, y en la bóveda celeste lucían las estrellas, prestando encanto aún á aquella apacible y serena noche. Habían dado las ocho y media y Ricardo se levantó. El tiempo había transcurrido sin que les pareciera largo, como de costumbre. El recuerdo de la visita de Susana y la decepción que había experimentado, se habían b o r r a d o casi p o r completo de su espíritu. Cuando volvió á pensar nuevamente en ella, fué para comparar la conversación seria que acababa de sostener con Juana con toda la serie de tonterías que Susana había estado d i ciendo aquella tarde; esta comparación le fué casi dolorosa. E n lugar de permanecer en su gabinete de trabajo sin ocuparse en otra cosa que en traer á su memoria toda la historia d e los sucesos pasados, cambió de parecer y se le ocurrió ofrecerse á Juana para salir con ella. P e r o acometido de una falsa idea de vergüenza, de una especie de timidez ante el temor de una negativa, entró en el salón con un fútil pretexto, el de recoger sus guantes que había dejado olvidados sobre un mueble, y adoptando un aire de marcada indiferencia, exclamó: -E n estas habitaciones hace un calor insoportable. ¿Quieres que salgamos á dar una vuelta? H a y ocasiones en que la cosa más insignificante nos hiere ó nos irrita.