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Juana estaba muy pálida; no era necesario ser muy lince para notar los esfuerzos que hacía para disimular sus impresiones; pero la atención general estaba puesta en Susana y en su mavido. La joven, sin embargo, intervino con una calma enorme cu apariencia, diciendo: -El señor, Mad. Termelle y Mr. de Beaumartin, piensan permanecer varios días en París; les he rogado que nos hagan el honor de venir á comer mañana con nosotros y han teñid la amabilidad de aceptar. Ricardo, muy sorprendido, miró á Juana. ¿Cómo es que había tomado ia iniciativa de aquella invitación? Pero como, por lo demás, s ¿trataba de una cosa obligada, encontró que había obrado bien y, muy á pesar suyo, afirmó á sus invitados que tenía mucho gusto en que la comida se celebrase. La visita se prolongó todavía algunos instantes. M r de Beaumartin, elegante, triunfador, algo vanidoso, manejando e! monóculo á la perfección, hablaba como hacen los pedantes, diciendo frases de salón, conocidas todas, repetidas hasta la saciedad y dichoso ante la idea de que era admirado y aun envidiado por los demás. De corta estatura y construcción débil, con el rostro algo aniñado, tenía los ojos saltones, pareciendo que estaban á punto de salírsele de las órbitas. Ya algo calvo, á pesar de sus pocos años, muy pálido, tenía esa cara especial propia de los trasnochadores; pero su bigote rubio, rizado y lleno de cosmético, con sus dos guías en punía, le daban cierto aspecto de conquistador, y hasta el mismo se sentía engrandecido á sus propios ojos. Era uno de esos hombres que sabdn vestir, jugar al tennis, apostar, montar á caballo y hablar de asuntos de sport. Esta clase de individuos no han acabado nunca sus estudios, no han aprendido nada de nada, y si algunas veces pretenden hablar de asuntos serios, lo hacen únicamente valiéndose de lugares comunes y de generalidades. Si profesan alguna religión es por imitar á los demás, aunque en realidad no profesan más culto ni más adoración que la de su propia persona. Su única ambición consiste en ser elegantes y en aparecer como tales. Ricardo le juzgó de esta manera desde el primer momento en que habló con él. M r Termeile parecía entristecido y algo disgustado; en realidad, sentía que Ricardo no hubiese sido su yerno. Leíase en su aspecto y en toda su persona una gran resignación; pero en último extremo, era inocente de la elección que había hecho su hija y no hacía más que acaar los hechos consumados. Susana, en medio de su alegría por ser condesa, por poseer un hotel en París, un castillo en Anjou, coches y caballos, refería que había ido á la capital para comprar el írousseau, y hablaba de las joyas que poseía la familia, de los encajes de Mad. de Beaumartin y de las armas del conde, que haría grabar en sus cortinajes y en sus muebles. Su prometido la oía con cierta delectación, la miraba y se interesaba por todos aqudlos detalles que le hacían quedar en tan buen lugar. Parecía encantado; S isana también, y ni el uno ni el otro notaban el embarazo de M r Ternulle, la frialdad de Ricardo y los esfuerzos que hacía Juana para seguir la conversación. La atención que ponía la joven en escuchar todas aquellas frivolidades que no le interesaban lo más mínimo, contribuyó á que ganase desde luego las simpatías de Susana. Cuando Ricardo hubo acompañado á las visstas hasta la puerta, entró en su gabinete y se dejó caer sobre un sillón, incapaz para darse cuenta dz la sensación que ex- erim ritaba. ¿Era despecho? ¿Era cólera? ¿Era des éa? El mismo no lo sabía siquiera, ni se encontraba en estado de pod. -rlo averiguar. No se acordaba de sus antiguos pesares y no sentía tampoco celos por aquel estúpido y mentecato peda- te En realidad, no merecía la pena de que se preocupasen de él.