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NUMERO NICA 190. CRÓUN 3 VER- S ¿MADRID, 19 DE JULIO DE 1905. NUMERO TO, Ahora las cosas varían para mí. No sé lo que voy á hacer. Hace años que no tomaba en serio estas cosas. Así que Urzáiz me imponga de la marcha de los asuntos, cogeré los papeles y me iré á Marín. Así que Montero Río. s pase en San Sebastián el santo de la Reina, se irá también á Lourizán; allí nos veremos todos los días, hablaremos con calma y pondré mano á la obra de los presupuestos. Pensamientos sobre ellos todavía no tengo ninguno; lo que sí tengo resuelto es presentar, como primer proyecto de ley, el del catastro de la riqueza. Es cuestión de gran importancia, porque sobre catastro no existe nada hecho en España. El proyecto es de tiempo dd Gobierno Maura. El Senado me eligió presidente de la comisión, y la comisión, ponente. He hecho el dictamen, del cual estoy complacido. El Gobierno Azcárraga, no llegó á ponerle á discusión; el Gobierno Villaverde, no pudo. Yo conseguiré que este Gobierno lo haga suyo y que las Cortes lo discutan pronto. -Algo es algo- -le dije; -ya tiene usted proyecto. -Este algo es muy poco. Mi ministerio es de ¡os que exigen muchos muchos; por eso preferiría cualquier otro, incluso el de la Gobernación. ¿El de la Gobernación con elecciones? ¡Ya lo creo; con elecciones y todo! Me cruzaría de brazos- -dijo con espontáneo arranque democrático, -y dejaría que el cuerpo electoral hiciese lo que le viniese en gana. D. Eugenio no oyó estas frases. Estábamos en Alsasua, y como en Medina cuando por poco arde el vagón correo y como en Venta de Baños cuando ocurrió el choque, el jefe del Gobierno venía descansando serenamente, apaciblemente, magníficamente. ÁNGEL MARÍA C A S T E L L SUEL- SAL ILUSTRADA. HABLANDO CON ECHEGARAY POR TELÉFONO SAN SEBASTIÁN, I 9 3 W. T o n José Echegaray ha jurado el cargo de ministro esta tarde. Escribo en la madrugada del miércoles. Regresa á Madrid. No sé si después de la solemnidad en Palacio habrá empezado á darse cuenta de lo que ha hecho, porque hasta ayer á mediodía no acababa de dársela, y á cada paso exclamaba: -No sé, no sé lo que he hecho; no sé en lo que me he metido; no sé lo que voy á hacer. Y esto de no saber lo que ha hecho al aceptar la cartera y no saber lo que hará, como él dice, constituye en éi una obsesión. Le he acompañado un largo trayecto durante el viaje. Según me dijo, no durmió más de cuatro horas. El insomnio no fue producto del calor ni de los incidentes variados del viaje; fue el exceso de preocupación. Cuando le refería yo que en Medina habíamos estado detenidos una hora porque, efecto del mucho peso que traía el furgón de Correos, se habían recalentado los ejes, él me decía: -Para peso, el que me he echado encima aceptando la cartera. Cuando le decía que pudo haberse incendiado el tren, me replicaba: ¡Qué artículo se ha perdido usted! Porque hubiera sido un verdadero cuadro ver arder un tren y dentro de él á un presídeme del Consejo y á un presunto ministro de Hacienda. Créame usted- -agregaba; -tal vez habría sido para mí una solución. Después, cuando me contaba que estará pocos días en Madrid, los suficientes para hacerse cargo del ministerio, descansará un poco y tomará el tren para Marín, en donde estudiará y redactará el presupuesto, decíale yo que él es el que en Madrid puede tener menos miedo al calor, porque el edificio de su departamento, por cuyos muros no puede pasar el sol, es lo más fresco. -Sí, en aquella casa hay fresco; pero para frescura, la mía aceptando la cartera. Y brindo el chiste- -añadió- -á los autores del género chico. En Vitoria, después de despedir á las autoridades que subieron á saludarle (el presidente iba descansando desde Avila y no se dio cuenta del conato de incendio en Medina ni del choque del tren con un vagón en Venta de Baños) le decía á su hijo: -Búscame la gorra por ahí, que he debido perderla; todo lo que es de la cabeza lo he perdido desde que he aceptado el ministerio. -Pero, ¿por qué desconfía usted tarto de sí mismo? -le preguntaba yo. -Porque la carga es enorme y estoy muy gastado. -El que ha resistido las emociones del homenaje, puede resistir la del ministerio. -N o aquellas emociones tenían un poco de negativo y otro poco de positivo; eran de desgaste y de reparación á la vez. Además, la Hacienda y la Nación se regeneran fáci imente sobre la mesa del comedor. En el Ateneo hemos regenerado á España una porción de veces, cuatro amigos, en una hora, y la dejábamos como nueva, enteramente europeizada. nunca á Dulcinea, y éste fue su mayor mérito: porque con el corazón puesto en la dama á quien no conocía, acometió á los leones y emprendió las demás peligrosas hazañas. En el acometer y en el luchar, lo que importa es la bravura y nobleza del corazón, aunque el resultado no se vea patente. Vale más caminar á la ventura que estarse quieto. Y ahora, digamos otra cosa cruel. Si el partido nuevo ha de seguir alentando esperanzas y entusiasmos como los descubiertos hoy, valdrán más los villaverdistas sin Villaverde que con él. El Redentor era... el Redentor y murió á los treinta y tres años, legando ajos discípulos el trabajo de conquistar el mundo y de, hacer germinar la simiente que él arrojó. Si los nuevos caballeros del Santo Sepulcro han de ser algo, sepan ser un poco apóstoles y un mucho Quijotes; sufrir los palos y el martirio de hoy... y esperar la gloria de mañana. ENE OTA DEL DÍA. STOESSEL PROCESADO La leyenda, la gesta del gigante blanco ha quedado destruida, y es lástima. Los medios actuales de información podrán poner en claro las verdades, documentar la historia, convertirla de algo artístico en algo definido, compulsado, cierto. Pero la poesía es más generosa que la verdad, y, aunque malas lenguas dicen que la poesía para nada hace falta, con buena gana nos hemos quedado los europeos de que los rusos nos labraran una epopeya. Y la prueba es que, ya que los rusos nos han dado chasco, están hoy todos los periódicos del mundo escribiendo rapsodias para formar el nuevo poema cíclico amarillo, la epopeya del Japón, y no faltará algún homéride que la escriba. Los rusos han tenido la culpa de que tal cosa suceda; porque la majestuosa figura de Stoessel en Puerto Arturo, rodeado de cañones, intrépido, inconmovible, rescatador un día de lo perdido el anterior, destacábase épica y solemne, como una representación digna de Rusia. Se hizo de Stoessel, no un héroe ocasional, un temerario ganoso de fama, que arremete ciego con el enemigo, sino un hombre firme, impasible, dominador, un héroe moral de la contextura de alma de aquel D. Mariano Alvarez que mantuvo, por la fuerza radiosa de su espíritu heroico, á miles de esqueletos galvanizados, en lucha insostenible contra un enemigo superior y bien nutrido. Y aun después de haber caído Puerto Arturo en poder de los japoneses, se agrandó ¡a figura del general ruso. El anhelo humanísimo de crear grandes caracteres hizo que Stoessel, rendido, pareciese todavía más digno, más no ble, más épico, como el Napoleón vencido que imaginó Víctor Hugo ó como el Cid del Romancero desgarrándose de su patria. Y toda esta hermosa creación poética del gigante blanco, de Stoessel, se ha derrumbado por culpa de los mismos que debieron afirmarla. El héroe legendario está procesado. Se le acusa de haber falseado la verdad, de decir que tenía pocos hombres dispuestos oara batirse, EL NUEVO SANTO SEPULCRO Ci no tuviéramos otras mil razones para enorgullecemos por haber nacido en España, bastaría la consideración de que en este bendito y privilegiado país, la muerte no mata sino que da vida. -Vivimos de la muerte- -dijo Claudio Bernard, refiriéndose á la vida orgánica. -Vivimos de la muerte- -pudieron decir mucho antes nuestros místicos y nuestros ascéticos, aludiendo á la vida espiritual. De la muerte de Cánovas vivió aquel primer partido político llamado del Santo Sepulcro; de la muerte de Villaverde sale este nuevo partido bellamente, noblemente quijotesco, guerrilla suelta ó mesnada sin paladín, pero donde se descubre un simpático movimiento de fe y de entusiasmo y una valerosa independencia, verdaderamente digna de ser apreciada en nuestra vida política tan achicada y corrompida por los instintos pecuarios. Brindemos al maestro Cavia este caso característico y consolador de Españolería andante. Los nuevos caballeros del Santo Sepulcro, hoy por hoy, quizá no saben adonde irán. Don Quijote no vio