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Estaba enferma, era desgraciada, y él se inquietaba p o r su salud y sentía sus tristezas; el caso n o podía ser más natural. ¿Pero p o r q u é se había turbado en su presencia durante aquella visita q u e acababa de hacer? T r a t ó de sondear su corazón, p e r o todos sus esfuerzos r e sultaron inútiles. -Vamos- -dijo para sí, -decididamente me he preocupado demasiado de esa mujer; mi amistad p o r Ricardo, mi compasión p o r Juana, la singularidad de esta situación, toda esta novela conyugal me ha interesado de tal modo, que poco á poco me h e ido dejando llevar suavemente p o r este afecto y p o r esta intimidad. Inquieto á pesar de t o d o se formó el propósito de tener más cuidado en lo sucesivo; vería con menos frecuencia á la joven, y si no se consideraba más razonable, suspendería sus visitas en absoluto. El pensamiento de no verla más causó una profunda tristeza en su espíritu. Si no la veía más, ¿para qué quedarse en París? Comprendía q u e excepto ella, no había ninguna otra cosa que le pudiera interesar. ¿Qué había sido de aquella alegría, de aquella regocijada despreocupación y de aquel buen humor que le animaba á su vuelta á París, en ocasión de la boda de Ricardo? Nada, absolutamente nada, u amigo era desgraciado, es verdad, le compadecía sinceramente; pero experimentaba en el cambio que veía á su alrededor algo más íntimo que la desgracia de su amigo, una decepción personal, como si de repente el camino que seguía se hubiese cerrado ante él. ¿Cuál era el papel que representaba ante los ojos de Juana? Al hacer esta pregunta se sintió mortificado en su vanidad de hombre. Juana adoraba á su marido, amaba á Ricardo hasta la S e detuvo un instante y después prosiguió: -T i e n e usted razón. E s preciso ver el peligro cara á cara y combatirlo. P e r o tranquilícese, es quizá menos grande de lo que se figura. El matrimonio de M l l e Termelle, su venida á París y las largas temporadas que pasará seguramente aquí, no son motivos para q u e se preocupe, sino para obtener un resultado completamente distinto. E s bueno que Ricardo vea á u s tedes la una al lado de la otra, para que pueda comparar á la mujer frivola, trivial é insignificante, que no se fija más que en los trapos y en las superficialidades; la mujer que gusta de e x hibirse y que ignora los grandes deberes d e que está llena la vida, con la mujer formal, inteligente y capaz de comprender y de completar á aquel á quien ama; la mujer que asiduamente se dedica á las tareas que reclama el hogar, y cuya presencia consuela y fortifica; en una palabra: lo que es usted, y entonces estimará su dicha y sabrá apreciar su tesoro. Rene se había animado, arrastrado p o r su entusiasmo hacia Juana. La joven le miró sorprendida. -P e r o amigo mío- -exclamó, -usted es infinitamente bueno é infinitamente amable para mí. M e juzga usted con excesiva benevolencia. ¡Ay, si Ricardo me mirase con los ojos de ustedl Rene bajó la cabeza; después replicó: -R i c a r d o no ha visto en Susana más q u e una niña graciosa y encantadora, y p o r eso ha tenido para ella todo género de indulgencias. La ha amado como se ama á los veinte años, con ceguera y p o r el placer de amar. P e r o eso no ocurrirá ya, cuand o la encuentre como es hoy y como será después de su matrimonio, y sobre t o d o cuando sepa con q u é ligereza ha sabido sacrificarse á un título y á un apellido ilustre; porque es preciso que lo sepa usted t o d o aun sin el testamento de M l l e B r e mont, es muy probable que Ricardo no se hubiera casado con Susana, porque tal vez ésta hubiera preferido al conde Octavio d é Baumartín. ¿Es eso posible? ¿Y Ricardo lo ignora? -Y o lo creo así. P e r o ya conocerá la verdad, porque es preciso que la conozca y p o r el bien de usted- -iñadio amargamente; -yo me encargaré de hacérsela saber. ¡P o b r e Ricardol ¡Va á sufrir atrozíaentel