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S u alma, su inteligencia, su corazón de usted eran para él una cosa totalmente desconocida. ¿P e r o cree usted que desde hace dos meses que vivimos juntos me ha visto siquiera ni me ha interrogado? ¿Ha tratado de saber si yo tenía corazón? N o no se esfuerce usted en consolarme. Rene, porque jamás se fijará en mí; ama á Susana T e r melle y á mí me aborrece. Rene estaba profundamente t u r b a d o Estaba tan hermosa en su desesperación, en medió de su o r gullo sublevado, con aquellos ojos negros y profundos fijos en él, que hubo un momento en que experimentó un sentimiento más profundo que el de la amistad, que el de la compasión y que el del interés que le inspiraba la joven. H u b o en él como u. i sobresalto de su conciencia que se r e belaba. Se levantó como tratando de sustraerse á la mirada de Juana y al fu ¿go de aquellos ojos que le abrasaban. Dio algunos pasos por la habitación, y un poco más calmado se volvió á sentar. Juana había observado su emoción; pero absorta en un pensamiento único, n o la concedió importancia alguna. Después de un momento de silencio reanudó la conversación. -S e preguntará usted tal vez- -dijo, -por qué le digo hoy todas estas cosas, y es porque temo que me falte el valor; me siento desesperada, y vengo á buscar á su lado ayuda y protección. Sabía ya la boda de M l l e Termelle: M a r í a me lo escri. fció y me anuncia también su llegada. Antes de verla quiero conocer á esa mujer cuyo pensamiei. to me tortura Sin cesar. D í game usted todo lo que sepa de ella, de su belleza, de su espírit u de su carácter. N o me oculte nada que la concierna, séame usted franco. -Y a sabía y o que era usted animosa. Siempre había tenido una alta idea de su modo de pensar; pero hasta ahora no sabía que valía usted tanto d o á entender por su actitud todo el placer que experimentaba al verle. -Ya estoy de vuelta, y mi primera visita, natui- almente, er para ustedes. -Muchísimas gracias. E s usted muy amable. ¿Y Ricardo? ¿Ha salido? -S í hoy es martes y ha tenido que ir á la Audiencia. ¡A h í es verdad; no había caído en ello. Rene, mientras tanto, se fijaba en la fisonomía de la joven y observaba los progresos que en ella iba haciendo la enfermedad. La fiebre coloreaba ligeramente sus mejillas y hacía resaltar aún más la blancura de tu tez; cuando había estrechado su mano, notó también cierto ardor febril. Acometido de una gran inquietud, se atrevió á preguntar ¿Q u é tal sigue usted de salud? -Divinamente. ¿H a seguido usted mis consejas? -Afortunadamente, no han sido necesarios. -E s o indica que no tiene usted confianza en mi. ¿Q u e no tengo confianza? Ya lo creo! absoluta. T e n g o confianza en usted como médico, y además, sé que es usted un buen amigo. Lo que ocurre es que no veo que son necesarias las medicinas. -E s que... -N o insista usted; se lo ruego- -añadió al observar el gesto suplícente del doctor. Después, y tratando de cambiar de conversación, repuso: ¿Qué le parece á usted mi salón? Creo que no lo había usted visto todavía terminado. -E s t á perfectamente- -contestó Rene algo contrariado. -Gracias al buen gusto de usted y al de M a r í a -Y al de usted también, que ya se ha convertido en una perfecta parisiense. Ese color o r o viejo la sienta admirablemente y contribuye á realzar su belleza. -Ay, mi belleza! -exclamó con un aire de melancolía, en cuyo fondo se dejaban adivinar todos sus sufrimientos. Después, y como si una nube hubiera atravesado su cerebro sin dar tiempo siquiera á Rene para contestar, añadió: