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Va no puedo hacer nada por tu ventura; pero ya que no pueda brindarte con una vida feliz, todos mis esfuerzos se encaminarán á hacértela todo lo más brillante y tranquila posible. Juana, que estaba ligeramente apoyada en el respaldo de su sillón, con los ojos fijos en el suelo, permaneció callada. Su corazón, en cambio, palpitaba con violencia. Después de una pausa, Ricardo prosiguió: -Por el momento no puedo ofrecerte más que mi trabajo, recurso bastante eventual todavía, pero sobre el cual fundo mi porvenir. Boisrenáud te pertenece... Juana quiso protestar, pero Ricardo la detuvo. -Boisrenáud te pertenece por contrato de matrimonio, y todo cuanto gane te pertenecerá igualmente. No tengo más que un solo deseo, y este es el de darte para vivir todo lo que pueda. Quisiera devolverte hasta el último maravedí de esta fortuna, á la que no debía siquiera haber tocado. Ricardo se había animado y, muy á pesar suyo, traslucíase en sus palabras toda la aspereza que inundaba su corazón. Juana, herida en su delicadeza y en su desinterés, levantó la cabeza vivamente. ¿Devolverme esa fortuna que no me pertenece? ¿Crees, sin duda, que yo tengo apego al dinero? N o sé quién te ha dado motivo para que pienses de ese modo. -Tienes razón, perdóname. Por lo demás- todo eso que te he dicho acerca del producto de mi trabaje, puede que no sea más que un sueño irrealizable. Por ahora- -agregó con una sonrisa dolorosa, -tienes que circunscribirte á las rentas de Boisrenaud, es decir, á tus rentas, que espero duplicar desde este año. Obra, pues, con arreglo á eso; escoge una habitación, amuéblala, arréglala como quieras, yuconque te guste á ti, tengo yo bastante. v Ante esta condescendencia, Juana no vio más que la indiferencia de su marido, y no le contestó. Ricardo prosiguió: -No interpretes raal mis intenciones; mi mayor pesar sería el de hacerte desgraciada. Quiero que seas libre, independiente, y que dispongas las co sas con arreglo á tus gustos, sin preocuparte de lo que se refiere á mí. Espero trabajar mucho y evitarte todo lo que sea posible lo molesto de una compañía que no puede menos de serte penosa. Mi hermana se quedará á vivir algún tiempo en París y te podrá ayudar en la mudanza y en todo lo que pueda hacerte falta. Juana seguía cada vez más herida en su amor propio. Por lo visto, todo lo que su marido creía deberla, consistía exclusivamente en el dinero y en la independencia. Iban, pues, á vivir juntos, sin interés común y sin que sus existencias se mezclasen para nada. Con el pecho angustiado y las lágrimas casi asomándole á los ojos, escuchaba á su esposo, haciendo esfuerzos inauditos para no revelar su dolor. Se levantó, y con aquel aspecto de altanera frialdad con que estaba acostumbrada á sufrir las humillaciones de Vernay, exclamó: ¿Es eso todo lo que tenías que decirme? -Sí; pero te repito que cifraré toda mi dicha en procurar que seas feliz. Si quieres salir, estoy dispuesto á acompañarte, á no ser que prefieras esperar á mi hermana, que ya no puede tardar mucho en venir; y si quieres, puedes mientras tanto ir ordenando algo las habitaciones. -No, muchas gracias, esperaré á María. Abandonó la estancia de Ricardo completamente desesperanzada con aquella entrevista, y preguntándose á sí misma si no había sido candida en exceso al confiar demasiado en sus propias fuerzas para aceptar aquel género de vida. Ricardo estaba muy lejos de presumir lo que pensaba Juana respecto á él. Una sola razón le parecía que había obligado á Juana á seguirle: el deseo de marcharse de Vernay, de huir de Mad. de la Rochemordau y de la vida insostenible que debía hacer al lado de su madrastra. Por este motivo, al hablarla en la forma que lo había hecho, creía que había sido bien acogido por su mujer. Se equivocaba; sólo había logrado molestarla en lo más delicado de sus inclinaciones v de sus sentimientos