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Juana, bajo la impresión de aquella escena y de aquellas demostraciones, persuadida de que las r i dicuíeces de su madrastra aumentaban aún la antipatía que inspiraban á Ricardo, permanecía sumergida en uno de los rincones del carfUaje sumamente pálida y con los ojos e n t o r n a d o s M i r a b a sin verlos, los árboles y los campos que desaparecían á ambos lados del camino. Dos lágrimas se deslizaban tranquilamente p o r sus mejillas, lágrimas muy amargas en las que se resumían sus desilusiones ante el porvenir y sus tristezas del pasado. Ricardo veía aquellas lágrimas y comprendía todo el sufrimiento de la joven. j Q u é podía hacer él para consolarla? Queriendo poner un término á aquel silencio tan penoso, p r e g u n t ó -Sientes cariño p o r Vernay; te dejas sin duda amigas á quienes quieres, ¿verdad? -N o yo aquí no echo nada de menos. Ricardo prosiguió: -T e prometo esforzarme t o d o lo posible p o r hacerte la vida agradable en lo futuro. -M u c h a s gracias- -respondió Juana sencillamente. Había en su voz un d -jo tan marcado de amargura, que Ri- cardo no se atrevió á añadir una palabra. Rogelio y María habían llegado antes á la estación. Rene no tardó en unirse con ellos. Al verle, Juana se ruborizó. Se acordaba de las confidencias que había sorprendido, y se sentía reconocida hacia aquel que? e había erigido en su defensor. Instintivamente le tendió la mano, y en su mirada había una expresión de agradecimiento que el joven no acertó á comprender. Mientras tanto. Rene la miraba y la estudiaba como no había tenido ocasión de hacerlo todavía. La víspera, deseoso de conocer á ¡a que iba á compartir la vida de su amigo, se acercó varias veces á la joven y habló con ella. P r o n t o se comprendier o n y se vieron unidos en su afecto común por Ricardo, y Jua n a mostrábase sorprendida de si misma al ver que no ex. per Al verlos, le pareció á Juana que pasaba delante de sus ojos una nube de tristeza. De buena gana hubiera querido huir ó haberse ocultado avergozada, antes que colocar su sufrimiento enfrente de su feliciclad. M a r í a se adelantó con presteza y la abrazó. Ricardo notó también la radiante expresión que iluminaba el rostro de su hermana y se sintió lleno de compasión al pensar en Juana. M a r í a dirigiéndose á su hermano, exclamó: ¡Ya verás qué buenas amigas somos! Ante t o d o te advierto que adoro á mi hermano y que si le haces dichoso Xz q u e r r é doblemente. Juana palideció ligeramente y Rogelio p r e g u n t ó ¿Cuando os marcháis? -A las dos- -respondió Ricardo, -y supongo que con vosotros. Rogelio y María miraron á los recién casados. Aquella determinación les sorprendía. Remontándose á algunos meses ya transcurridos, recordaban lo felices que habían sido al marcharse solos el día de su matrimonio, no consagrándose más que exclusivamente el uno al o t r o Sin embargo, Rogelio respondió: -E s t a m o s también citados con Rene en la estación; así es que el viaje será delicioso. Juana se alejó para dar comienzo á sus preparativos. Cuando se marchó, Ricardo dijo á su hermana: -S é buena para eila, M a r í a Es muy tímida- -añadió vacilando, -y hasta ahora la vida ha sido muy ingrata para ella. El tono de su voz sorprendió á M a r í a -N o tengas cuidado, es tu mujer, y esto es suficiente para que yo la quiera y la aprecie como d e b o La primera impresión que Juana produjo á su cuñada, no fué muy favorable. Al llegar á Vernay, M a r í a había sufrido también una decepción. Disgustada por el aspecto de M a d de la Rochemordau y p o r el extraño marco en que Juana se le aparecía, encontraba quel casamiento cada vez más inexplicable. A pesar de su cariño hacia su hermano y de su bondad nativa, le costaba trabajo perdonar aquella alianza. vfei