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Por la alteración de sus facciones y la palidez de su semblante, le adivinaba tan desgraciado, que olvidando sus torturas y su propio dolor, se hubiera reprochado á sí misma el ser la causante del martirio de Ricardo. Una de las veces que se alejó por una de las avenidas laterales, el jardín le pareció sumido en el mayor vacío, y experimentó una sensación tan grande de soledad, que entonces fue cuando se hizo cargo del lugar que ocupaba en su corazón. Se retiró á su cuarto y esperó. ¿Por qué no trataría él de dirigirse adonde ella estaba para hablarla? La mañana avanzaba y era preciso zanjar de una vez la cuestión de su separación. En la situación en que se encontraban no podían prolongar su estancia en casa de Mad. de la Rochemordau, pues nadie debía conocer el cruel abismo que los separaba. Dieron las once; el tiempo apremiaba. Juana descendió resueltamente. No se reconocía á sí misma; en toda su persona se había operado una metamorfosis completa, como si en el espacio de algunas horas hubieran transcurrido años enteros. Al verla Ricardo hizo un movimiento involuntario para retroceder, su rostro se contrajo, pero en seguida, sin tratar siquiera de disipar las nubes que lo empañaban, se adelantó y aludo resueltamente. -Muy buenos días... Juana- -dijo vacilando. Juana se hizo cargo en un momento de la situación. Con el corazón mortalmente oprimido, pero animosa á pesar de todo, le tendió la mano sin emoción aparente, aunque sintiendo un ligero temblor que á duras penas trataba de dominar. -Buenos días- -le contestó. Aguardó varios instantes, creyendo que Ricardo rompería eí silencio, pero viendo que éste no hablaba una palabra, replicó: -Te buscaba para saber... á qué hora nos marchamos. Dijo estas palabras ingenuamente, lo mismo que si fuera una cosa natural como si nada hubiese ocurrido entre ellos. Ricardo la miró sin comprender apenas, eomo si se tratase de una pregunta por demás rara é inusitada. Casi inconscientemente respondió: -Pues iremos cuando quieras. -Ya sabes que no podemos permanecer aquí- -düo Juana. No podemos había dicho, es decir, se refería á elía y á él. De este modo daba á entender que le seguiría, que compartiría su vida, cpie todo sería común entre ellos. Ricardo lo comprendió así también y tuvo un ligero estremecimiento. Desde que, se había decidido su matrimonio, no había preparado ni proyectado nada; había ido dejando pasar el tiempo con la esperanza de que la hora fatal no llegaría nunca. Y ante la pregunta de Juana, pregunta sencilla en apariencia, se encontraba completamente desarmado. ¿Adonde se dirigirían? ¿Irían á su modesta habitación déla calle de Vaugirad? Habían dado ya algunos pasos juntos, rozándose casi, por lo estrecho de la avenida, tare cerca y tan lejos al mismo tiempo y pensando en todo lo que los separaba. En torno suyo, aquella hermosa mañana del mes de Agosto, después de la lluvia de la víspera, ofreck un cuadro de hermosura admirable. Las gotas de agua brillaban como perlas sobre las flores, mientras que una deliciosa frescura se evaporaba bajo los cálidos rayos del sol del mediodía; pero paseaban indiferentes en medio de todas aquellas galas de la naturalezaAquel silencio no podía prolongarse, sin embargo. -Nos marcharemos, si te parece, después de almorzar- -di ¡o por fin Ricardo. -El tren pasa por aquí á las dos. -Perfectamente; estaré dispuesta.