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Su d o lor supremo hubiera consistido en vivir alejada del que amaba en no verle, en no ser nada para él. A pesar d e t o d o y sin sos pecharlo quizá, conservaba un resto de esperanza. ¿Pero cuál sería la disposición en que encontraría á Ricardo? ¿Qué habría decidido? Dominando todo lo que le fué posible su dolor, empezó á ponerse un traje más sencillo y más obscuro. Así creía estar ya á una inmensa distancia de la víspera, de aquella hora en q u e había visto aparecer la aurora del día que debía ser el más hermoso de su vida. ¡Qué dichosa fué al ponerse aquellas galas nupciales y con qué alegría palpitaba su corazón! Y después, al bajar llena d e emoción y con el rostro r u b o r o s o á las habitaciones inferiores, ¡cómo había admirado á su prometido! Considerábale no sólo elegante y distinguido, sino h e r m o s o A pesar de su timidez sin límites, no le quitaba ojo y sentíase orgullosa al pensar que p o cas horas después sería su esposa... sí, su esposa. Un siglo había transcurrido desde entonces; todas sus ilusiones se habían desvanecido y sus esperanzas vacían muertas, a a i guüadas, deshechas para siempre... E n la habitación de al lado, juana sufría también cruelmente. Apenas hubo cerrado la puerta, cuando decayó toda su energía, se sentó junto al lecho y ocultando la cabeza entre las sábanas y mordiendo con los dientes un pañuelo, empezó á sollozar. Sus sueños, sus sueños de ventura, ¿cómo se habían deshecho y aniquilado en un solo momento! Así permaneció mucho tiempo, arrasada en llanto y como aniquilada jor e! dolor. Ante aquel desmoronamiento súbito d e todas sus esperanzas, se sentía desfallecer. E r a su mujer y no seria amada nunca p o r él. Las palabras d e Ricardo estaban impresas en su oído: Carece de. gracia y d e belleza E n nn arrebato de cólera, de soberbia contra el que tanto la hacía sufrir, se levantó con la frente sudorosa y jadeante, se secó los ojos, y queriendo contener los latidos de su corazón exclamó: ¿Y por qué he de amarle y o? N o y mil veces no; de nía guna manera. Le aborreceré también, aunque no tenga más re medio que m o r i r ¡Ah! N o quiere mi ternura, ni mi amor, ní mi desprendimiento, y me encuentra fea y t o n t a ¡T o n t a tonta! Ya lo creo que ¡o he sido al creerme digna de ser amad a ¡Y era y o tan felizl... ¡Qué hermosa me hubiera parecido la vida á su lado! Sofocada de nuevo p o r los sollozos, se dejó caer otra vez s o bre el sillón. E n efecto, la joven le amaba. E n vano trataba de negarlo, pues se mentía á sí misma; le había dado t o d o su corazón y comprendía q u e sería ya imposible volverse atrás; le amaría siempre, á pesar de su voluntad y á pesar de su orgullo. Sí, era muy cobarde; hacía muy mal en amarle, cuando él mismo confesaba que la aborrecía y que amaba á otra, á aquella Susana á quien suponía hefmosa y dotada de todos los encantos que á ella le faltaban, Y la desdichada, al pensar así, se sentía celosa, atrozmente celosa. E n medio de una tortura horrible luchaba en vanó entre la idea de su orgullo lastimado y la certeza de su amor. E n el aturdimiento de que era presa su espíritu, estaba como paralizada, y aquellos vestidos de novia parecíanle férrea cora