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A P C. LUNES 10 PE UUO DE igoí PAC 6 BANQUETE CELEBRADO POR EL CIRCULO DE BELLAS ARTES EN HONOR DE SU PRESIDENTE D EDUARDO VINCENTi 1 Ot A li C CON MOTIVO DE SU NOMBRAMIENTO DE ALCALDE DE MADRID muy conocido, que acababa de regresar aquella misma tarde de una brillante excursión por provincias Llegaba el hombre ansioso de contar sus triunfos, y... fui yo la primera persona conocida que halló á mano. El ignoraba mi situación en aquel momento; yo no me atrevía á hacerle callar, porque no ío tomase á descortesía, y en éstas y las otras no podía enterarme bien de lo que ocurría un poco más lejos, y que tanto me interesaba. -Mire usted- -decía el respetable anciano: -en Burgos, el negocio puede decirse que no fue tal negocio... ¡Ya sabe usted lo que es Burgos en esta época! No va nadie al teatro! Pero a los pocos que iban les gustamos mucho... ¡Nos han salido Los soldados de plomo como nunca! Desde allí pasamos á Pamplona, ¡ya sabe usted lo que es Pamplona! Una población levítica, refractaria á las comedias, donde todo el mundo odia á los comediantes... Y por ahí seguía mi hombre. Por un oído me entraba el relato de su correría artística, y por el otro la voz del ac or Sr. Ripoll, que hacía en mi obra el papel de autor silbado y decía junto á la CG. Icha, por mi cuenta y riesgo: rEl vulgo tiene instintiva predilección por lo chabacano, por lo grosero, por lo adocenado, por el arte de baja estofa. Seguirle en su mal gusto es una garantía de buen éxito, contrariar su afición es exponerse á la derrota. Pero el autor áz veras, debe poner su arte sobre todas las cosas. Debe plantarse ahí arriba bravamente, y fustigar al público en sus vicios, y zaherirle por su ignorancia, y enseñarle los buenos derroteros, como se enseñan esas cosas á las muchedumbres, ¡á latigazos, si hace falta! Y si el monstruo se aburre, porque no lo entiende, o se enfurruña, porque lo entiende demasiado; si airado se arroja sobre la obra y sobre el autor, y los atropella, pisotea, magulla y despedaza, no hay sino aguantar el envite, dejar que pase el turbión, limpiarse la ropa, curarse ios cardenales y levantarse en cuanto se pueda para volver á manejar briosamente el látigo. Porque no hay término medio: ó dejarse amarrar como un esclavo á la noria de la necedad, ó empuñar osadamente las riendas y dirigir con energía el carro de combate... Al llegar aquí, cuando mi interlocutor iba á entrar en Logroño, le suspendió el viaje un estruendo infernal de bastoneo y voces que estalló en la sala. ¿Qué es eso? -me preguntó un poco asustado. -Nada, que estoy estrenando y me gritan. -Siga usted. ¡Por Dios! habérmelo dicho... ¡En qué ocasión se me ha ocurrido... Dejo á usted en seguida. -No, hombre, no; ya ¿para qué? La obra se ha hundido, y no tiene remedie. Continúe usted contando lo que ie pasó en la Rioja. Qin embargo, allá al final, un aplauso prolongado y unánime vino á sacarme de la modorra del desaliento. Era que Emilio Mesejo había intervenido en ¡a lucha con todo el brío de su alma de artista, y al quitar el ramo á la vendedora, al plantarse gallardamente ante el senador que venía á robarle la mujer amada, y al apartar á ésta de las filas del coro, había hecho vibrar las almas de los espectadores en un arranque de pasión verdadera y grande. Pero aquel triunfo era del actor exclusivamente, y la obra, después de aletear en el cartel algunos días, vino á caer herida de muerte en el foso, donde duerme el sueño de los justos. Sin embargo de lo cual, yo creí entonces, y sigo creyendo ahora, que aquello estaba bien. N o era una maravilla artística, ¡eso no! pero estaba bien. Si me hubiera salido la cuenta, el público habría comprendido el excelente propósito que me guiaba, y el éxito hubiera cambiado tal vez el rumbo del teatro por horas, atiborrado de majaderías mías y de los otros. Pero siempre que se me antoja dar un golpe de esos, soy yo el que cae de bruces. Y para remate de fiesta, el discursi ío de La zarzuela nueva zumba desde entonces en los oídos del público, aue so