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Bocángel. 13, Madrid 144 Reliaros, 18, TASADOR AUrOKiZAOO BIBLIOTECA DÉ A B C CORAZONES HERIDOS 14 Al principio permaneció como aplastado bajo ei peso de su d o l o r Después fué acometido de una especie de rabia contra sí mismo. ¿P o r qué hab a aceptado aquella boda? ¿P o r qué se había vendido? ¡V e n d i d o l sí, vendido. Y ninguna de las ra zones que se había dado anteriormente para justificarse, volvían á su espíritu; se acusaba, se desesperaba, se trataba de miserable y d e insensato. Encontrábase en una de esas horas funestas en que el hombre n o tiene dominio sobre sí mismo y en que la locura se halla á p u n t o d e traspasar los linderos d e la razón. E n su exaltación creciente veíase acometido de alucinaciones, y de t o d o aquel caos no se destacaba más que una idea imperiosa, pujante: el deseo de desaparecer. Desaparecer, romper aquel vínculo fatal, aquella cadena horrible que ligaría para siempre las dos existencias en un mismo suplicio y en una misma t o r t u r a L i b e r tarla, no verla sufrir más, no ser su v e r d u g o Y como un homb r e que todavía se revuelve en la agonía del naufragio, se afer r a b a denodadamente á aquella esperanza de salvación, la única que le parecía posible. -S í- -s e decía, -esa es la única solución; en ella está el h o n o r y el deber. ¡El deber, cruel enigmal... Al casarme con Juana creía haberlo realizado, y a h o r a Después, y p o r una de aquellas rápidas transiciones de su espíritu, m u r m u r ó -M a d r e mía, ya ves mis angustias y mis torturas, perdóname. P e r o al acordarse de su madre, Ricardo recobró algo más de serenidad y su detuvo asustado p o r lo que intentaba hacer. ¿Qué era el suicidio? U n crimen ó una cobardía. Qué agradable hubiera sido, sin embargo, dejar de sufrir y no hacer sufrir á los demás! H a y momentos en que la muerte se apetece. P e r o no, era preciso renunciar á aquella esperanza suprema; la conciencia de Ricardo se oponía á ello. Ante aquella barrera infranqueable, ante la certidumbre de que nada podía desprenderle de su pesado fardo, Ricardo permaneció mudo y absorto. A su estado de violencia anterior sucedió una postración inmensa, y comprendió que no tenía luás remedio que resignarse. Ricardo bajó la cabeza y Juana prosiguió: ¿Despreciarte yo? N o de ninguna manera, porque te na dejado guiar p o r tu conciencia. ¿Pero quieres saber lo que y o hubiera hecho en tu lugar? -T ú dirás... -T ú no tenías ningún derecho para decidir acerca de una cuestión de la que dependía el porvenir de dos existencias. Y o hubiera acudido franca y lealmente á consultar á la otra parte interesada, y entonces, sin ocwltar nada, le hubiera hecho una confesión en términos semejantes á la que la casualidad me hn hecho oir, y le hubiera preguntado además si se prestaba á ayudarme para cumplir mis juramentos. -N i n g u n a mujer hubiera consentido un marido en esas condiciones- -exclamó Ricardo. -E s verdad; ¿pero crees que al rechazar el marido hubiese aceptado la herencia? Después de una pausa, prosiguió: -M e has juzgado muy mal y me has tomado p o r una mu- chacha sin seso; yo misma reconozco que mi timidez me haca aparecer asi; pero las contrariedades me han servido de cnsc- ñanza poderosa. H a y seres para ios cuales no existe ni puede existir la felicidad en este mundo, y yo soy uno d e ellos- agregó con un acento de profunda melancolía. Ricardo estsba abrumado. Se sentía dominado p o r aquella mujer que desconocía aún, y á la que había engañado. Callábase humillado y se arrepentía como si hubiera sido culpable de una mala acción. Juana, encontrándose más fuerte al ver que había sido herida en su legitimo orgullo y desesperada por haber dado su corazón á quien no la quería, estaba casi tranquila. Al cabo de un rato ai iadió: -A h o r a ya está todo aclarado entre nosotros; por una y p o r otra parte el sacrificio está realizado; no nos queda más que aceptarlo con valor, puesto que no tenemos más remedio que vivir bajo un mismo techo. Ricardo, á quien cada palabra torturaba de una manera h o r r i ble, exclamó: -P e r o es que la situación ya no es la misma. Si tú la hubic-