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A las nueve y media: Ei perro chico. -A las diez y media: El alma del pueblo. -A las once y media: El porro chico. ÓMICO. -A LAS DIEZ: El bateo. -A las ooce: Academia modelo. A las once y tres cuartos: La r e i n a d e l cou plet. A las cinco y media: La camarona. -Academia modelo. -La reina del couplet. LAVADORAS AVADORAS MECÁNICAS á 86 pesetas, a pagar en 12 meses, á 3 pesetas mensuales. Hijos Grases. Fueacarral, 8, Atocha, 16. Z L y T. Dominico. De venta; en la librería Paz, 6, Madrid. SASTRERÍAS dos por Rog; aterín, Relatnpaguíto y Chiquito de Bebona. P LAZA DE TCVROS. -ALAS cinco: Corrida de novillos. Seis de Castellones, estoquea K PUNTO ARA GÉNEROS DE PTJNto los almacenes de calle y plaza de Pontejos, 1. Eugenio González Sudóu. Especialidad en camisetas, medias y calcetines calados. Precios sin competencia. S POSTALES MODELOS 4 f f f J Precios al por J J nuevos semanales (verdad) ASTRERÍA DE JOSÉ DT 3 Lucas. Inmenso surtido en novedades. Se admite el genero del cliente. 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Pero, Ricardo! ¿Y el recuerdo de tu madre, y el de tu hermana á quien tanto quieres? -Sí; comprendo que es cobarde, es absurdo, si quieres, y te respondo de que á sangre fría no cometeré nunca semejante acción; pero hay momentos en que uno mismo no sabe lo que hace. Ricardo se detuvo y después añadió: -En fin, te he abierto mi corazón, te he dicho todo lo que sentía y parece que estoy más aliviado. Sin embargo, aunque mi confianza en ti no tenga limites, hubiera hecho mucho mejor en callarme, pues hay cosas que no se pueden decir á nadie. -Ya lo comprendo; pero hay ocasiones en que el dolor se desborda, y ya sabes que no hay para contigo nadie que te estime tanto como yo. Un caluroso apretón de manos confirmó las palabras de Rene. Los dos amigos permanecieron silenciosos varios momentos, absortos en tristes pensamientos. R né se levantó al cabo de un rato. -Anda, Ricardo, ve con tu mujer y piensa que todo! o que hagas por ella y todcs los buenos ratos que ¡a procures redundarán en beneficio tuyo. Buenas noches y buen ánimo. Se separaron á la puerta d i la biblioteca y Ricardo volvió á recoger su sombrero y sus guantes, que había dejado olvidados encima de la mesa. En el momento mismo en que se volvía, vio á Juana separando con la mano el tapiz que la había ocultado á sus ojos. Hallábase de pie en el quicio de la puerta, vestida con el traje de novia v pálida como la cera. Ricardo, sin saber qué pensar, se figuró que soñaba. ¿De dónde saldría así? ¿Sabría algo? Una angustia horrible le oprimía? Transcurrieron algunos segundos, que á cada uno de ellos le parecieron siglos, sin pronunciar una sola palabra. Juana fue la primera que rompió el silencio y exclamó con voz casi desfallecida: -He estado ahí; lo he oído todo. ¡Dios mío! -exclamó Ricardo desesperado. ¿De manera que lo sabes? ¡Esto es horrible! ¡Sí... es horriblel- -No has debido escuchar; has hecho mal. ¿Cómo curarte de la herida que esta indiscreción te causará para siempre? -El mal no consiste en la indiscreción; su origen viene de más lejos- -contestó Juana suspirando y notándose en su voz el desaliento y la fatiga. -Es verdad- -murmuró Ricardo; -e! culpable, el único culpable soy yo, y debía haber tenido el valor de sepultar en el fondo de mi corazón el fatal secreto- -No, no- -replicó vivamente Juana, -vale más que yo lo sepa, vale mucho más... para los dos. -Pero así sufrirás. ¿Y crees que no hubiera sufrido de la otra manera? ¿Crees que no me hubieras hecho padecer horriblemente con tu frial dad y con tu conducta? De ese modo nv s tarde ó más temprano habría notado tu tristeza é inmediatamente me hubiera dedicado á buscar la causa. Tengo la seguridad de que no me hubieras engañado. Aparentar sentimientos de que se carece, sería indigno de ti y de mí. Ahora ya lo sé, y es mucho mejor así... sí, es mucho mejor. No tenía fuerzas para proseguir; ocultó su rostro entre las manos; en todo su cuerpo experimentaba una sacudida nerviosa; sus piernas se dob aban, y Ricardo, creyendo que se iba á caer, acudió para sostenerla; pero á su contacto, a joven se estremeció. -No me toques- -exclamó. Adelantando algunos pasos, se dejó caer sobre la silla en que había estado Rene pocos momentos anees.