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Ya sabes qué porvenir tan brillante y tan digno de envidia se abría ante mis ojos. A pesar de la muerte de mi madre, á pesar de todas mis tri bulaciones, que el tiempo no ha podido bon- ar, la vida se me aparecía hermosa, todo me sonreía. Criado al lado de Susana, la adoraba, y desde nuestra infancia, sin que ninguna palabra, sin que ninguna confesión se hubiese cambiado entre nosotros, parecía haberme comprendido y tenía la certeza de que compartía mis sentimientos. Esta unión, que nuestros corazones juveniles anhelaban, constituía la única aspiración de nuestras familias; casarme con Susana, unir á Rogelio y á M a r í a era t o d o su deseo. Después, lo mismo que un torbellino que arrastra, derriba, asóla y destruye cuanto encuentra al paso, entró la desgracia en nuestra casa: mi padre murió. Y entonces, en una expansión dolorosa, Ricardo refirió la muerte de su padre, sus recomendaciones postreras, los juramentos qire le había hecho para tranquilizar los últimos instantes dz su vida, sus infructuosas tentativas cerca de su tía y las exigencias de ésta, su negativa y después la muerte de la vieja solterona, su toma de posesión de aquella herencia inesperada, y últimamente, un mes más tarde, el testamento encontrado p o r él. Después d e esto, sus luchas, sus escrúpulos, su conciencia torturada, y al cabo de otro mes de aquella vida de martirios su aceptación, el doloroso sacrificio que se había impuesto y el alejamiento rayano con el odio hacia aquella mujer, q u e era ya la suya, víctima también del inexplicable y postumo caoicho de u tía. Ricardo volvió la cabeza y no dijo una palabra. El aspecto de melancolía de Ricardo n o había pasado inadvertido para el joven marino. E n vano trataba de hacerle llegar á una confidencia que le hubiese dado medios para consolarle. Ricardo se encerró en una reserva inexplicable que hacía dafio á la amistad de Rene. Sin embargo, el cuidado con que procuraba evitar la conversación de su matrimonio, la especie de impaciencia nerviosa con la que respondía á las preguntas que le hacía acerca de la que ya era su mujer, habían hecho adivinar á Rene que en aquello mismo precisamente estaba la causa de su sufrimiento. Últimamente estaba ya casi seguro de ello. Se acercó á Ricardo aún más de lo que estaba, y colocándole una mano encima del h o m b r o le dijo: -E n otro tiempo tenías en mí más confianza que ahora. Al oir aquellas palabras, Ricardo ocultó la frente entre sus manos. Rene prosiguió: -T e conozco demasiado y te esforzarás en vano si pretendes burlar mi antigua amistad. Desde el momento de mi llegada, te observo, te estudio sin cesar y abrigo la triste convicción de que no eres dichoso. ¡Q u é importa eso! -murmuró dolorosamente Ricardo. H u b o un instante de silencio. Rene parecía aguardar u n a confidencia, pero viendo que su amigo se callaba, continuó: -Respeto todos tus secretos, así es que no insisto sobre ese particular; pero conste que me hallo verdaderamente afligido al ver que eres desgraciado y que no puedo dirigirte una sola palabra de consuelo. Ricardo hizo un movimiento de impaciencia. -Tienes unas ideas muy raras esta noche- -dijo. ¿Por qué he de ser yo desgraciado como dices? i- -Es que lo presiento; pero si me equivoco, lo celebraré infinito. Tendiendo la mano Rene, añadió: -Buenas noches y perdóname si te he ofendido. Ricardo estrechó vivamente aquella mano que le ofrecía, diciendo al mismo tiempo: