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N o estando ya cohibido por nada ni por nadie, su fisonomía se mostró en Consonancia con toda su triste situación, y la son ¡rísa n lancóüca que desde p o r la mañana habla revestido se transformó en una expresión horrible de dolor; de su pecho se icscapó un profundo suspiro, y con ambos codos apoyados sobre la mesa, dejó caer la cabeza entre su; 5 manos con un gesto de supremo desconsuelo. Así permaneció durante algunos minutos, que á Juana se le antojaron siglos. ¿En qué pensaría? ¿Cuál sería la causa de su tristeza? Una rangustia indecible hacía palpitar el corazón de la joveí que permanecía inmóvil conteniendo á duras penas la respiración para no delatar su presencia. U n r u m o r de voces en el vestíbulo sacó á Ricardo de su meditación, pero no se estremeció lo más mínimo. Había r e conocido p o r ellas á Rene y á Rogelio, y aguardó á que se alejasen. Los dos jóvenes se detuvieron delante áz la biblioteca. ¿D ó n d e están los recién casados? -preguntó Rene. f -S e conoce que se han despedido á la francesa- -contestó Rogelio, echándose á r e í r -D e b e n haberse marchado ya á su cuarto. -Probablemente; p e r o yo te dejo, p o r q u e M a d de la R o ¡chemordau me ha dicho que encontraría en la biblioteca todo lo necesario para escribir una carta. Rogelio se alejó, en efecto, y Rene e n t r ó ¡Cómo! ¿Tú aquí solo? -exclamó al encontrarse con Ricardo. t- -Me dolía un poco la cabeza y tenía necesidad de algo de fíreposo- -contestó el joven con aire un tanto embarazado. Rene le miró detenidamente, como si hubiera tratado de leer ún el fondo de su alma. ¡Pobre muchacho! -añadió en tono de afectuosa conmi íeración. i de sus secretos más íntimos, había llegado del Senegal en el irromento mismo de verificarse el casamiento. Ricardo no le esperaba. E n cualquier otra ocasión aquella sorpresa hubiera constituido una verdadera alegría para él; pero ahora ñadí le podía ser agradable; de tal modo le parecía doloroso el sacrificio que iba á realizar. E n el vasto salón de Vernay, con sus paredes sombrías y desnudas, transcurrió la jornada, larga y monótona, dejando esa penosa impresión de las bodas en la que una desgracia de familia reciente aleja todo estímulo de regocijo y de alegría. M a r í a cariñosa y amable como siempre, había hecho transcurrir agradablemente algunas horas, gracias á sus indiscutibles talentos de pianista. Rogelio y Rene, p o r su parte, habían hecho todo lo posible p o r animar y distraer á la reunión; pero cada cual veía llegar, como una especie de consuelo, el momento de separarse. Algunos de los invitados se habían retirado; Juana abandonó también el salón. Fatigada por la languidez de aquellas horas; enervada p o r las atenciones que había estado obligada á recibir, dado su carácter de recién casada; impresionada por la tristeza de aquel día sombrío, de lluvia pertinaz; inquieta ante la marcada frialdad de Ricardo, la joven, por más que aparentaba no darse cuenta de ello, experimentaba en su espíritu una especie de aprensión confusa, pero tenaz, y arraigada como un presentimiento funesto. Desde p o r la mañana, desde que era su marido ante Dios y ante los hombres, no había encontrado en Ricardo ninguna expresión de cariño, ni un halago, ni una mirada tierna, nada, en fin, con que pudiera expresar que era dichoso; no había tratado de buscar un momento de intimidad; en cambio, siempre cortés y correcto en demasía, no la había dejando sola, deshaciéndose en estériles esfuerzos por mantener viva una conversación indiferente y trivial. Acometida de un deseo vehemente de recogerse, de desprenderse en la soledad de aquel peso que agobiaba su alma, Juana se retiró á su habitación. Esta era una estancia muy pequeña, sencilla, modesta, adornada con blancas cortinas, y con un