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P r e c i a d o s 9 í V I a d r i d 128 BIBLIOTECA D E A B C CORAZONES HERIDOS 1 25 SU mano estrechó la d e aquella mujer que ya era su prometida, una contracción apretó sus labios; pero Juana bajó los ojos mientras que un vivo carmín teñía sus mejillas y una sensación mjly agradable hacía latir su corazón. L a s entrevistas de los novios fueron t o d o lo menos frecuentes que era posible. Al cabo d e un mes se conocían casi Ío mismo que el primer día. Cuando Juana estaba al lado de él, su altanera reserva se trans r m a b a en una timidez inconcebible; tal era el temor que experimentaba p o r disgustarle; su garganta se oprimía hasta el p n n t ó d e que n o acertaba á decir palabra, y cuanto más conciencia tenía de su torpeza y de su apocamiento, tanto más d i fícil se le hacía dominar su emoción. P o r lo que hace á Ricardo, operábase en él el fenómeno contirario. Mortificado p o r el espectáculo que le rodeaba, no se tomaba siquiera la molestia de mirar á su prometida ni de juzgí rla; encontraba más cómodo negar en redondo su inteligencia y su cprazón que tratar de descubrirlos, como si se complaciese en hacer sangrar más la herida que le torturaba. Juana, á pesar de todo, era dichosa. Aguardaba las raras visitas de su prometido lo mismo que se aguarda un rayo de calor y de alegría. N o se inquietaba de la frialdad de Ricardo. Se la explicaba p o r razones y motivos que estarían justificados, sin necesidad d e entretenerse en excusas que su acendrado amor se hubiera encargado de suministrar. t: Así llegaron hasta el día de la boda: ella en medio de aquella alegría íntima que nada podía desvirtuar p o r el momento, y él preguntándose aún si tendría el valor suficiente para llegar hasta el fin. A h o r a ya estaban casados. A consecuencia de la reciente muerte de M r de la Rochemordau, los invitados fueron poco numerosos. Ricardo tenía á su lado á M r Termelle, que había querido darles esta p r u e ba de consideración y afecto á Rogelio y á Susana. V U n médico de la Armada, joven como él. Rene Verneuil, su fmigq predilecto, antiguo camarada de estudios y el confidept un hombre digno de ser amado. Las gentes que frecuentaban la casa d e M a d de la Rochemordau eran de una medianía desconsoladora; en aquel medio, la joven experimentaba una especie de aislamiento moral y se sentía disilusionada y privada d e toda esperanza de felicidad y de ventura. D e repente, Ricardo se le aparecía con el doble prestigio del sufrimiento y de la inteligencia y con ese encanto que prestan á la juventud las pruebas valientemente soportadas. En aquel corazón virginal, exento de t o d o afecto, aquellos dos sentimientos, piedad y admiración, d e bían producir una huella profunda. Ricardo no tardó en ser el héroe de sus sueños; se interesó por él y se exaltó ante la idea de consolar una tristeza cuyo secreto no le había revelado nadie; poco á poco se aferró á su quimera, y su corazón seguía á su cerebro. E n su soledad, con la necesidad de amar que experimentaba su pecho, adoró á su ídolo. Juana, á pesar de t o d o no se confiaba demasiado. Jamás p o día creer q u e el sobrino de la S r t a Bremont era el marido que le estaba destinado, y no tenía esperanza siquiera de que tal sueño pudiera realizarse. Cuando M r Aminthe transmitió á la joven la petición de mano de Rica vdo, creyó irrealizable semejante dicha. Empezó p o r turbarse y vacilar; á sus ojos, Ricardo le parecía d e tal modo superior, que se consideraba muy poca cosa y muy humilde á su lado; Juana era tímida, sabía que era algo huraña, ignorante del mundo, y el pensamiento d e tener que enrojecer ante la persona q u e amaba, le asustaba. Sin embargo, tenía conciencia de su valor moral, y no poseyendo ninguna deesas cualidades exteriores capaces de halagar á un pretendiente, trató de persuadirse de que Ricardo experimentaba por ella el mismo sentimiento que le atraía hacia él, y el pensar en aquella simpatía recíproca, le era muy dulce. Desde entonces, todo le pareció cambiado á su alrededor. E l porvenir se aparecía risueño ante aquel espíritu resignado que esperaba tan poco d e la vida. Ser la esposa de Ricardo, ¡qué felicidadl M a d de la Rochemordau, muy halagada p o r la idea de aquella alianza, tuvo para su hijastra frases de afecto y consideraciones que no tenía costumbre de prodigar.