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Si la boda no se verificase pasados los seis meses de mi fallecimiento, m ¡sobrino obrará como si hubiese encontrado entre mis papeles el testamento adjunto, que lleva fecha posterior, y p o r el cual dejo mi fortuna entera á la S r t a de la Rochemordáu, sin reservar lo más mínimo para mis sobrinos Ricardo y M a r í a Esta es mi voluntad, y tengo la suficiente confianza en la lealtad y en la honradez de mi sobrino para estar segura de que mis intenciones serán respetadas. El segundo testamento á que se refería el escrito, ológrafo como el primero, llevaba la fecha del día mismo en que Ricard o había salido de Boisrenaud, negándose á aceptar las p r o p o siciones de su tía. Ricardo estaba consternado; casi maquinalmente, no queriend o entender, negándose á rendirse á la evidencia, leía y releía aquellos papeles que tenía entre sus manos, buscando á las palabras un sentido oculto, una significación distinta, tratando, sin duda, de encontrar entre líneas una desautorización á aquellas fatales disposiciones. Las letras bailaban delante de su vista y permanecía extítico y aniquilado ante ellas. Bien p r o n t o una violenta agitación sucedió á su abatimiento. P o r lo visto su tía, aquella vieja maniática, persistía en amargarle la existencia aun después de la tumba. ¿Con qué derecho podía imponerle aquel matrimonio? Le podía desheredar, ¿pero disponer de su porvenir? ¿Obligarle á casarse con Juana de la Rochemordau? E s o de ninguna manera. P e r o la cruel solterona sabía que estaba arruinado, desesper a d o y dispuesto á hacer t o d o género de sacrificios con tal de salvar la honra de su padre, y p o r eso le presentaba esta cruel alternativa: ó permanecer agobiado durante toda su existencia bajo el peso de aquellas deudas, ó aceptar las condiciones que le imponía, costase lo que costase. jY qué ironía del destino! ¡Obrar de modo que pudiera complacer á la Srta. de la Rochemordau! Complacerla; hacerse amar, sin duda. ¿Y á él que le importaba que le amase ó que le aborreciese? ¡Y todavía se atrevía á hablar de la felicidad de su sobrino como si se tratase de un deber sagradol rOh colmo de la hipocresía! edades de su vida, nada más le pareció á Rícai- do que padiera merecer los honores de un recuerdo. Sin embargo, apartó una porción de objetos menudos, tales como bibelots, miniaturas, álbums, etc. E n t r e éstos había algunos que tenían v e r d i d e r o valor artístico, y se entretuvo en examinarlos, escogiendo algunos que pensaba llevar á su prometida y á su hermana. E n la alcoba de la Srta. Bremont, colocado sobre el estantito de un secretaire de palo rosa, reparó en un precioso cofrecito de marfil que estimó ser de verdadero mérito; lo cogió con objeto de verlo mejor y quiso abrirlo. La cerradurita de o r o no tenía llave, y Ricardo trató, en vano, de abrirlo; pero al volverlo á colocar encima del mueble apoyó, sin duda, el dedo sobre algún resorte oculto, y se levantó la tapa. Apenas miró Ricardo á su interior, palideció horriblemente. D e n t r o del cofrecito hallábase encerrado un sobre con la siguiente inscripción: Este es mi testamento Ricardo permaneció mudo, inmóvil y como petrificado. Con los ojos desmesuradamente abiertos, miraba estupefacto aquellas letras misteriosas, llenas de amenazas, y no se atrevía á tocar el papel. Le zumbaban los oídos y parecíale que de una sien á otra le atravesaban con un hierro candente. ¿Qué contendría aquel testamento? ¿El desvanecimiento de todas las esperanzas que había acariciado desde hacía un mes? ¿Iría á caer en un abismo más profundo aún que aquel del que creía haber salido? N o tardó, sin embargo, en hacer por tranquilizarse. Un nuevo testamento, cuando ya estaba todo arreglado, resul taba inadmisible. Además, aquella fortuna pertenecía á los acreedores de su padre y servii- ía para asegurar la felicidad de su hermana. Y sin rasgar siquiera aquel sobre, por el temor inconsciente de saber lo que contenía, con un movimiento brusco, mezcla de cólera y de ansiedad, Ricardo cerró el cofre. La conciencia le remordía; sin embargo, ¿con qué derecho iba á apoderarse de aquella fortuna, si es que su tía había ya dispuesto de ella? D e pronto se detuvo. -Vamos- -dijo, -estoy loco; veamos primero lo que dice el