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SIAÑO TRES. NUMERO NICA 169. CROUNIYER- H MADRID, 28 DE JUNIO DE i 9 o 5 NUMERO SUELTO, 5 CENTS. capacitados para servir de órgano principal y continuamente activo del Poder público en las provincias, abundan como los espinos en nuestros campos. Espinosísima es también la seleccón. Con los frecuentes abusos de resonantes y coruscantes programas, el cumplimiento de los mismos y las repetidas y larg s experiencias de lo que significan los nombramientos de gobernadores, la gente española se ha acostumbrado á leer los programas en los hechos. Y en la Gaceta de estos días hay un programa. MANUEL TROYANO SAL ILUSTRADA. Está terminada la tarea más difícil de un Gol ierno nuevo: el nombramiento de gobernadores. El Ministerio actual parece haberlo llevado á cabo con relativa felicidad, á pesar de que la labor viene á ser cada vez más delicada y compleja. Porque en ello, como en tantos otros asuntos de la vida pública, la opinión va moviéndose lentamente, premiosamente; pero, ¡se mueve al fin! Se ha cismado tanto, en Madrid y prov; c- onrra los goberna- ores civiles; se hs perito lasirc, en el nv. -r. to sentido, por los periódicos; s? ha perorado tanto sobre el propio tema, en e! Parlamento, aun por nuestros grandes oradores, que, al fin, ¡a piedra ha sido horadada. Quien conozca un poco el personal, compare el que ha regido las provincias durante ía última situación consetvadora, con el que las dirigía en aquellas situaciones de! a Restauración, en que se ha: ¡aba ai frente del ministerio de la Gobernación el señor Romero Robledo, y podrá medir el terreno adelantado. Y compare, igualmente, el personal análogo de las primeras situaciones liberales con el que ss designa ahora, y tendrá base para calcular lo que se ha ganado ó lo que se ha perdido. Ciertamente, repetimos, es ardua la tarea. Porque el personaje del partido imperante preterido en el reparto de carteras, ó no satisfecho con el de puestos elevados, exige, por lo menos, la entrega de una provincia ó de varias, y á tanto equivale la aceptación de sus candidatos para el Gobierno civil de las mismas. En la presentación de esas candidaturas, para muy poco ó nada entran las aptitudes administiativas de los agraciados, sus verdaderas dotes de mando, sus altas condiciones de carácter, sino su flexibilidad ante los deseos del personaje, y su inteligencia en serví le. Y suele ser raro que estas cuaüdades y aquéllas anden bien avenidas. Las combinaciones á que se han de entregar los Gobiernos, á fin de que el interés genera! y público se compadezca eon el del primate, cuyo dominio- eñorisl habrá de tener por principal instrumento al gobernador, son de lo más abrumador y delicado. Hay necesidad de efectuar una de pesos y repesos, equ librios y ponderaciones bastantes á dejar estenuado el cerebro más poderoso. Motivo de eüo es también la abundancia de aspirantes á los Gobiernos civiles. Entre los cesan es del cargo y los que reúnen condiciones para él, por ser ó haber sido diputados á Cortes ó haber prestado ciertos servicios- -algún nombre hemos de darles- -en las Diputaciones, los U N PROGRAMA DE HECHO Por esta vez el Sr. Moret ha vencido al Sr. Maura como artista. El mar Jónico está mucho más allá de las islas Baleares. Y cuando no se trata de cazar liebres ó conejos, á la larga, vale más que apuntar certero, apuntar alto. ENE BELLA ACTITUD Nadie ncra, nadie debe olvidar que el Sr. Alore t es ante todo, un adorador de la for na. Su caira de ayer á D. Alberto Aguilera y á todos sus correligionarios los llamados morehstas le coloca en una actitud estatuaria, erguido y arrogante el busto, extendida la mano, los ojos en la lontananza del porvenir, poco ó nada atentos á las bajezas de la realidad. Quien considere y estime la estética de la vida como lo que es, como un reflejo de la ética; quien piense, como es lógico pensar, que la anchura del ademán y la nobleza de Sa actitud son naturales frutos de ¡a generosidad del corazón, no podrá me: os de aplaudir al Sr. Moret. Los que hemos trabajado por la resurrección de Don Quijote vemos en este valiente paso dado hacia el ideal ía más inmediata recompensa de nuestros esfuerzos. Don Quijote renace, Don Quijote revive, como el gran poeta Rubén Darío lo pidió hace poco, con la adarga al brazo, toda fantasía, con la lanza en ristre, todo corazón... G No sé lo que pensarán de esto Sansón Carrasco y sus secuaces, las medianías aprovechadas. No sé ¡o que rezongará Sancho, ahito ó próximo á ahitarse, espumando los pucheros de estas bodas de Camacho que suelen iiamarse crisis. Ni lo sé ni me impoira. Esos políticos incapaces de estimar ¡a poesía en el vivir sólo desprecio merecen. A los poetas, una actitud como ésta nos satisface, nos basta. N o otra hubiera sido en caso semejante la actitud de nuestro señor Don Quijote, que, si pensó en ganar imperios, jamás asistió á rebatiñas. Este amplio gesto helénico ¡nótenlo algunos artistas que habían tomado al señor Maura por un griego de veras! contrasta notablemente con la actitud agresiva, con el ademán de hondero mallorquín (que tira la piedra y acaso esconde la mano) que va notábamos en el señor Maura. nando? No, no; vosotros no conocéis á D. Fernando. Ya estamos en verano; esta es la época del año en que don Fernando respira. Vive él en una diminuta y clara ciudad levantina; enfrente de su casa hay un herrero que todo e! día da con e! recio martillo sobre e! yunque y hace unos sones joviales y agudos. Cuando D. Fernando oye los primeros tintineos de la herrería, se levanta y abre el balcón. Son las seis de la mañana; el cielo se muestra de un azul pilido; comienzan á tocar las campanítas lejana. de bs igles a -Buenos días, Antonio- -le dice D. Fernando á su amigo el herrero, dando unos ligeros golpes con e! bastón en el suelo. -Buenos días, D. Fernando- -contesta Antonio. Y D. Fernando echa á an íar hacia abajo, á lo largo de las callejuelas blancas y silenciosas; por encima de los tapiales de los huertos asoma el ramaje corvo, sombroso, de los frutales; las palmeras se elevan solitarias, rígidas, en el ambiente sosegado. Esta es la hora en que don Fernando va á dar unos breves paseos por el jardín del Cas no. Tampoco vosotros conocéis este pequeño y fértil jardín. Hay en él sopho ras, pauionias, plátanos con sus anchas hojas, eucaliptos olorosos. -Azorín- -me dice D. Fernando, -pise usted esto. Yo miro un poco peralejo unas semillas que aparecen en el paseo entre la menuda arena, y las chafo. -fisto- -añade D. Fernando- -son cápsulas de eucaliptos; ya verá usted cómo se embalsama ahora el aire. Y seguimos paseando en silencio. Sobre los rosales revuelan las abejas, ronroneantes, pesadas, embriagadas; de cuando en cuando cruza raudo por el aire un dorado y petulante estonio, que lanza un ronco zumbido. El pálido azul del cielo be va tornando poco á poco radiante, intenso. -Adiós, A z V n hasta la tarde- -me dice D. Fernando al cabo de una hora de pasear callado. -Hasta la tarde, D. Fernando- -le digo yo. D. Fernando se aleja por las callejuelas, ya llenas de sol reverberante, con unas sombras azules bajo los aleros, y se marcha á hablar coa Antonio. Yo me pongo á leer en una cámara con vigas retorcidas en el fecho unos pequeños y viejos libros. Cuando ya la tarde va promediando, D. Fernando comienza á salir lentamente del pueblo. Se descubre, desde que se dejan las últimas casas de la ciudad, una perspectiva de colinas redondas, finas, cubiertas de pámpanos, que forman hondos barrancos, en cuyos senos rojizos se esponjan las higueras pomposas. El camino asciende serpenteando hasta la falda de la montaña lejana. LOS MIRTOS DE HOrtACiO ¿Conocéis á D. Fer-