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Intervenía en aquel proceso criminal para el que había sida nombrado de oficio, y por primera vez encontraba ocasión el joven abogado de dar á conocer su talento. Su informe fué muy elocuente, y con fría y severa lógica abordó los más graves problemas sociales y humanos. Durante dos horas mantuvo pendiente la atención de su auditorio, lleno de entusiasmo, y obtuvo el triunfo de que se reconociesen circunstancias atenuantes para su defendido. Había salvado una cabeza y había obtenido un éxito bnilantc En medio de los parabienes y de las felicitaciones de todos ios que le rodeaban, Kicardo olvidó p o r un momento sus pesadumbres y vislumbró nuevamente el porvenir en que había s o ñado. Al volver á su casa, repasando mentalmente los argumentos que había empleado, encontraba otros nuevos y se r e petía los mejores pasajes de su defensa. Contento de sí mismo, gozoso por el placer que había de p r o ducir en su hermana el haber ganado el asunto, su rostro estaba iluminado por una expresión de alegría que no era habitual en él hacía mucho tiempo. María lo notó en seguida. Después de haberle abrazado y felicitado, le dijo: -Se me olvidaba decirte que han traído una carta para t i En un sepundo se transformó la fisonomía de Ricardo y se puso intensamente pálido. ¡Ahí- -exclamó, reconociendo la letra de M r Arainthc. Volvía y revolvía la carta entre ¡os dedos, como si le causase cierto temor el abrirla. iQué es lo Gue habría en las misterio- E n los ojos de Ricardo brilló un relámpago de ira. D a n d o vuelta á ¡a mesa rechazó con un. movimiento brusco el sillón que ocupaba el conde pocos momentos antes y se apoyó en la chimenea. De este modo e! sobrino de la S r t a Brem. ont ocupaba el lugar que le correspondía. -L e estoy escuchando, caballero- -dijo. M r de! a Rochemordau se había q u e d a d o d e pie al lado opuesto; estaba irritado, pero considerándose fuerte con la esperanza de heredar, dejóse de cumplidos y exclamó levantando la cabeza: -E n ausencia de usted, mi antigua amistad con su señora. tía y la confianza con que me honraba, me han hecho ocuparme de todos los permenores que requieren de ordinario estos tristes acontecimientos. En unión del cura d e Vernay, he fijado ¡a hora y los detalles de las ceremonias, y con objeto de poner á salvo los derechos de los herederos naturales, hemos mandad o sellar los muebles y algunas de las puertas. Al hacer aquella alusión á los herederos naturales, M r de la Rochemordau bajó los ojos; d e no haberlo hecho así, Ricardo hubiera podido observar en su mirada toda la ironía que enceri aban aquellas palabras y la alegría que le causaba el tener la certeza de ser en breve plazo el dueño d e toda aquella fortuna. -E l primer deber de las personas que rodeaban á mi tía- -contestó Ricardo, era el de haber d a d o parte á la familia de su enfermedad. -S u tía no nos dijo nada. ¿Se hallaba acaso en estado de hacerlo? D e todas maneras, no se debía haber tomado ninguna determinación sin contar conmigo. París- no está lejos, y en último caso, el telégrafo es para las ocasiones. -Si fcs así como reconoce usted mis servicios, no me queda otra cosa que hacer sino retirarme. Ricardo se inclinó ligeramente en señal de asentimiento. El conde salió furioso, pero confiado en que la hora de t o iiar la revancha se hallaba cercana. Al día siguiente tuvieron lugar las ceremonias, siendo Ricard o el único pariente que presidía el duelo. En calidad de amigo más íntimo, M r de la Rochemordau tomó asiento al lado de