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A B C LUNESaóDEJUNlp N o comprendo que una porción de caballeros en su sano juicio y de señoras discretas, congregados en una sala de espectáculos, vean aparecer en escena á un actor que dice: D E igoS. P A G 7 convino en que la compañía del segundo teatro estrenara ¡a obra én el primero, por un favor especialísimo á los beneficiados y contando con que el público dejaría pasar carros y carretas en noche tan solemne. Así se hizo, y empezó la representación con un lleno envidiable. Valverde y Chueca, con sendas levitas flamantes, se colocaron tras el telón del fondo, dispuestos á salir á recibir dos, tres ó cuatro ovaciones entusiastas. Pasó el coro de introducción sin pena ni gloria, y en la primera escena hablada, cuando el actor que iba á hacer de cicerone colocó el cesto en su sitio, explicando el papel que representaba, el auditorio entero rugió de ira, creyendo que aquello era una burla de mal género. ¡Santo Dios! ¿qué le habré yo hecho al respetable senado para que siempre crea que me burlo? Al ver perdida la batalla me retiré al foro, exclamando cariacontecido: -D. Federico, ¡cuánto siento que. sí haya usted molestado en ponerse una! eV ta tan hermosa! -Espérese usté, hombre de Dios- -contestó Chueca, -que no hemos empezado todavía. -Pues por eso lo digo, porque en cuanto empecemos se va á venir el teatro abajo. Y, efectivamente, la concurrencia. llevó el compás de los números de música, gri ó en todas las escenas, destrozó cuantos ar- pimientos morrones, un diálogo entre una bacalada y un bote de conservas, un mo nólogo del terrón de azúcar, que recitaba el propio Carreras con la rapidez del rayo... ¡qué sé yo cuántos disparates por el estilo! Y para que no cupiera duda de Soy el catre d e tijera q u e se da á la cocinera que se trataba de una sátira, en vez de pa q u e d u e r m a poco y mal, los dos personajes anodinos que suelen ¡voto á tal! colocarse junto á la primera caja de basy se queden tan frescos, como si aquello tidores para presenciar los acontecimienfuera la cosa más natural del mundo. Y tos, yo no sacaba más que uno. no me ha podido caber en la cabeza que El otro era un cesto de mimbre. Puesel coro de señoras se adelante á la bate- to que, según es uso y costumbre, el uno ría cantando: es el que explica las cosas y el otro no Somos las tejas hace más que oir y callar, para esta senr o t a s y viejas cilla operación con un cesto basta. que se aproximan al canalón- En mi revista, el actor de carne y huejPom so le decía al de mimbres: ¿Ve usted esos garbanzos? Son los y no empiecen á tirar piedras al tejado demócratas. ¿Ve usted esos pimientos? ios espectadores. Que un personaje represente un avaro, Son los republicanos. ¿Ve usted ese teuna coqueta, un entrometido, un celoso... rrón de azúcar? ¡Es Castelar! Y así sucesivamente, con el mismo inbien; pero que un hombre hecho y derecho venga á decirnos que él es el pestillo genio y la misma pxardía quemis antecede una n s. ssí de noche, y que una mucha- sores. ¡Me parece que estaba transparencha guapa asegure que es la Deuda per- te el símbolo! Pues sin embargo... petua interior, ó la República, ó un puro de quince céntimos, son bromas que no p l último día de la temporada de verano en el teatro Felipe se celebraba se pueden aguantar aunque lo juren frailes el beneficio de los autores de la obra De descalzos. Bueno; pues abundando en estas mis- Madrid á París, y, por consiguiente, de mas ideas, yo quise que La tienda de co- Chueca y Valverde, mis colaboradores mestibles fuese una especie de El café, de en La revista nueva. Para dar mayor Moratín, proponiéndome hacer resaltar atractivo á la función y de acuerdo con la parte absurda y ridicula del género. la empresa de la Alhambra, que había de Puse allí un coro de garbanzos, otro de inaugurar las suyas al día siguiente, se EXCURSIÓN A LA DEHESA DE LA VILLA Y EL PARQUE DEL OESTE, ORGANIZADA POR EL SEÑOK CONDE DE MEJORADA