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María, después de haberse quitado el sombrero y el vestido, se puso á trabajar al lado de su hermano. Este tenía delante d e sí una causa criminal; pero la hojeaba distraídamente, porque su espíritu no estaba allí, y miraba á su hermana á hurtadillas. María, por el contrario, le creía absorto en su trabajo y no trataba de ocultar su tristeza; su pobre corazón estaba henchido de pesadumbre y ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas, yendo á caer gota á gota sobre su costura. Ricardo se sentía afligido ante aquel dolor silencioso; veía además tan pálida y tan temblorosa á María, que fué asaltado de un vago temor, y levantándose át su asiento, se fué á colocar á su lado. La pobre joven apenas tuvo tiempo de enjugar sus lágrimas y se puso encarnada. -Estás llorando- -dijo él. -N o te engañas- -balbució, tratando de ocultárselo. Pues sí, es verdad- -añadió, sintiéndose incapaz de negarl o ¡H a (ido tan grande la decepción! ¡Si y o supiera que R o gelio no estaba muy apenado, estaría más tranquila! -S í lo está, realmente; pero confía en que todo se podrá arreglar. ¿Lo creéi tú? -S i n duda algúiiSí. Después de un instante de silencio, añadió: ¿Eres valiente, hija mía? -No, mucho- -respondió esforzándose por sonreír. -Tengo miedo á las balas. ¿y á la mala acogida de la tía Clotilde? ¿Quieres enviarme á Boisrenaud? -Si. Y o cometí la imprudencia de disgustar á nuestra tía y espero que tú serás más hábil. Con una voz más grave y más triste todavía, añadió: -Ella es nuestra última esperanza. Al decir esto se levantó, y dirigiéndose á la ventana, permaneció algunos instantes con la vista fija en el vacío; después volvió otra vez al lugar en que estaba María. -E s preciso que me ayudes- -dijo. -H a r é todo lo que tú quieras. -Saldrás mañana por la mañana y me escribirás diciéndome cuáles son las disposiciones de la tía respecto á mí, y si es preciso iré y o también; Juana te acompañará. Después de hacerle otras indicaciones volvió á emprender su trabajo y permaneció algún tiempo esforzándose por abstraerse en él. Un violento campanillazo le interrumpió. María se apresuró á recoger su labor, pronta á marcharse si se presentaba algún cliente. Juana entró trayendo en la mano un telegrama. Ricardo lo r a s g ó c o n presteza y leyó: Clotilde Bremont, fallecida. Funerales miércoles once raa ana. La T ochemordau. n Ricardo había palidecido y su mano temblaba cuando entregó el papel á su hermana. -M i r a esto- -dijo al dárselo. ¡A y Dios mío! ¡Pobre tía! -exclamó María sobrecogida 1 saber la noticia Diciendo estas palabras comenzó á llorar, expresando el mayor sentimiento por aquella persona, muerta la misma víspera del día en que iba á conocerla. Después permaneció inmóvil y con los ojos llenos de lágrimas. Ricardo también estaba callado, con los codos apoyados sobre la mesa y con la cabeza entre las manos. Diversos incidentes de su viaje á Boisrenaud volvían á su mente como una visión rápida. Le parecía que estaba viendo á su tía con su rostro sonrosado, en medio de una aureola de cabellos blancos, ocultando bajo sus extraños visajes y su voz llena de ternura una voluntad tenaz y una profunda indiferencia hacia todo lo que no fuera su propia persona; pensaba en aquellos falsos halagos con que le había destrozado 1 corazón y en los rudos combates aue