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Al decir esto, la atrajo hacia su pecho, abrazándola varias veces. ¡N o sabes lo que deseo verte dichosa, hermana mía! M a r í a tenía apoyada la cabeza en el hombro de su hermano para ocultar á éste las lágrimas que, á pesar suyo, se deslizaban p o r sus mejillas. Sob eponiéndose á su dolor, le devolvió á su vez las caricias, murmurando: -P e r d ó n a m e hermano; sé que no hago más que aumentar tus sufrimientos, teniendo ya tantos como tienes. Si supi- rras qué penoso es para mí que M r Termelle nos rechace porque somos pobres! -N o le acuses; ten la seguridad de que él sufre también como nosotros. -Y o no lo entiendo asi; si él quisiera, seríamos dichosos. Pobre Rogelio! Soy su prometida, y si no me caso con él no ne casaré con nadie. IX Después del almuerzo, Ricardo y M a r í a bajaron á los jardines del Luxemburgo, según lo tenían por costumbre todos los días. El tiempo, aunque frío y desapacible, era hermoso, y el sol, un sol pálido del mes de E n e r o daba una nota alegre en las anchas avenidas cuajadas de árboles desnudos. Los dos hermanos caminaban de prisa, el ejercicio les sentaba bien y hablaban de cosas indiferentes, tratando, sin conseguirlo, de distraer de su pensamiento sus inquietudes y sus tristezas. Dos niñas que iban al colegio atravesaban en aquel momento el jardín, acompañadas de su institutriz. A este propósito se suscitó entre ellos una discusión acerca de las ventajas y de los inconvenientes de la educación familiar. María, acordándose de cuan dichosa y bien guiada había estado en vida de su madre, aseguraba que este Drocedimiento era el que le parecía mejor, y Ricardo se es- -D e todos mis pesares, ese sería el mayor; pero O no puedo hacer nada en ello- -respondió tristemente Ricardo. -Consiente, y mañana mismo recibirá mi padre el primer requerimiento. ¡C ó m o Rogelio! ¿Pero piensas dirigir requerimientos á tu padre? ¡Eso sería indigno de til- -S i me niegas tu hermana, me embarcaré y correré á hacet fortuna á otra parte. -E s t á s loco, hombre. Reflexiona un poco. -Ya están hechas todas las reflexiones. Rogelio era testarudo, como todas las personas que no ejer citan con frecuencia su voluntad. Ricardo trató en vano de disuadirle, y tropezaba siempre con una resolución que parecía aún más arraigada, p o r el mero hecho de verse contrariada Comprendiéndolo así, se limitó á decir simplemente: -P u e s mira, puesto á hacer locuras, no te apresures, porque siempre hay tiempo. N o coloques entre mi hermana y tú una barrera infranqueable; aguarda, más bien, y es posible que el porvenir sea mejor de lo que tú te figuras. Rogelio interrumpió vivamente: ¿Qué quieres decir? -N a d a cierto; pero te aconsejo que regreses á Ceucia. 1 quieres trabajar, tu padre será el primero en ayudarte, y t o d o se podrá arreglar. Rogelio trató de interrogar, pero Ricardo se negó á dar más explicaciones. -T e n paciencia, créeme- -repitió, -y no te desesperes nunca Las prórrogas, las dilaciones satisfacen siempre á los espíri tus débiles, constituyen una especie de compromiso con ellos mismos, y mientras duran, no se cede, pero no se obra. Rogelio, empujado por un sentimiento poderoso, había dejado de ser lo que era, y hubiese llegado hasta el final sin reflexionar y sin mirar detrás de él. Sin embargo, sus propias amenazas le asustaban, y el pensamiento de alejarse de ellas, ó por lo menos de su ejecución, le servían de lenitivo. Prometió, pues, regresar á Ceucia y esperar. Esta entrevista había hecho mella en el ánimo de Ricardo. Desde hacía algún tiempo sus inquietudes acerca de su herma-