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Ya sé que hago mal en decirte esto, y sobre t o d o en interrogarte; pero te aseguro que quiero saberlo y oírlo de tus propios labios. Respóndeme, p o r favor: ¿M e amas. ¿Quieres ser m ¡mujer? M a r í a escuchaba aquellas palabras como un eco de todos sus pensamientos desde que era muchacha. Y en vez de intimidarse y d e permanecer callada, tendió la mano á Rogelio con los ojos arrasados en lágrimas de alegría, y dijO: -Y o siempre he pensado en que sería tu mujer. Rogelio cogió sus manos y se las cubrió de besos. ¿M e quieres? -preguntó otra vez, menos p o r el deseo d e saberlo que p o r la alegría que experimentaría al oírselo decir. Una dulce presión de manos le respondió. -A contar desde hoy, somos novios; cuenta conmigo, como y o cuento contigo. ¿Que cuándo nos casaremos? L o ignoro; quizá tengamos muchas dificultades qne vencer, p e r o ahora ya p o d r é ser fuerte. M a r í a iba á preguntar algo, cuando se oyeron los pasos de Ricardo. -M a ñ a n a- -d i j o precipitadamente Rogelio- -hablaré con tu hermano. H o y me considero el más dichoso de los hombres; déjame que goce de mi dicha con tranquilidad. Ricardo entraba en aquel momento con un voluminoso legaj o debajo del brazo. -T o d a s las venturas á la vez- -dijo alcgi- cmenlc viendo á su amigo y estrechándole las manos. -Yo te creía p e r d i d o ¿Qué hx sido de, ti s) n dar señalís de vida en seis. meses? dad necesaria para ganar el favor de los demás y para aguantar á veces el mal humor ó los caprichos de los que, una -z en el pináculo, reparten entre los principiantes las causas adas p o r ellos; desconocía el arte de adular y, aunque 1 su epidermis era demasiado delicada para sufrir una palabra amarga ó injusta, y el mismo temor d e una negativa era lo que le impedía solicitar. Su labor durante el primer semestre se redujo á algunos asuntos ante los jueces de paz, demandas en los Tribunales de comercio y varias consultas, no produciéndole sino un miserable salario. Ricardo se inquietaba. ¿N o le obligaría esto á imponer nuevas privaciones á su hermana? D e su modesto hogar se había desterrado t o d o lujo y toda superfluidad; pero el buen gusto de Mai- ía, su ingenio y sus manos de hada, habían sabido imprimirle cierto sello de elegancia; algunas flores, siempre frescas y bien cuidadas, le alegraban, y gracias á la economía y al buen arreglo de su antigua criada, la mesa estaba bien provista. M a r í a no había tardado en aclimatarse; al lado de su hermano se consideraba dichosa, pero ya no abrigaba en su corazón la esperanza de un porvenir mejor. Amaba á Rogelio y se creía amada; respecto á este punto, Ricardo no le había hecho abrigar ninguna clase de t e m o r Su correspondencia con Susana había continuado, afectuosa y confiada p o r un lado, algo vaga y distraída p o r el o t r o p e r o llena siempre de noticias y de impresiones nuevas p o r ambas partes; una finca próxima á Ceucia había cambiado de propietario; hablábase de fiestas y de recepciones, y Susana estaba encantada. M r Termelle fué á visitar á los huérfanos. Como de costumbre, les demostró mucho interés y afecto; pero Ricardo le encontró algo retraído y hablándole muy poco de sus hijos. Rogelio era el único que no daba señales de vida. Los clientes de Ricardo eran poco numerosos, M s r í a trabajaba en el gabinete de su hermano, y á éste le agradaba, cuando levantaba la cabeza de sus papeles, cambiar con ella algunas palabras afectuosas. La apertura del Tribunal de Asises se acercaba; el joven abogado la espefab a con impaciencia, porque creia encontrar