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A B C LUNES 19 DEJUNJO DE i 9 o5. PAG. 5 y por si aquello era poco, media docena de estudiantes aficionados a la métrica fueron apareciendo uno tras otro en el escenario y endilgándonos al público y á mí unas composiciones que no se acababan nunca, en que me comparaban con Calderón y con todos los genios de ¡a dramaturgia muertos y recién nacidos. En resumidas cuentas: que la brorra pcabó á las dos de la madrugada, cosa que no se pudo impedir, porque no se había publicado aún el reglamento de espectáculos vigente; que el público no h zo cstensib esu aburrimiento, por el sagrado papel que estaba representando; que yo, eníre las enhorabuenas, la emoción y los beses d H cjlona, no pude conciliar el guíente, mientras yo dormía como un tronco: Con la fresca y á la hora precisa de entrar en las primeras clases, había sahdo á la calle el periódico La Opinión con su crítica correspondiente. Una crítica despiadada, cruel, en que se me sacudía el polvo con fiereza insólita, y que remataba con la siguiente aleluya: Sufno el arte mil zozobras con estas pextmas ebras. Así lo había escrito el crítico, con equis, para dar mayor fuerza á la expresión y para convencer mejor á la gente ds que las obras eran incapaces de sacramentos. Aquella equis y aquellos piropos se le tación había engrosado considerablemente con los transeúntes desocupados que había ido recogiendo en el camino; los gritos eran ensordecedores, y ya nadie sabía lo que gritaba. Cundió la alarma, cerráronse las tiendas, y un pelotón de guardias, sable en mano, avanzó resueltamente desde la Plaza Mayor á cortar el paso á la muchedumbre y á salvar á la víctima de las garras de aquellos energúmenos. Pero ni los guardias de Valladolid estaban tan acostumbrados como los de la Corte á repartir cintarazos por un quítame allá esas pajas, ni los estudiantes de allá estaban hechos á semejantes trotes; así que las masas, sin encomendarse á vüf 11 Í 4 MADRID. REPARTO DE PREMIOS VERIFICADO AYER EN EL COLEGIO MUNICIPAL DE SAN ¡LDEFONSO tal ABC sueño hasta que el sol cubría la estepa castellana y que á las dos de la tarde del día siguiente dormiría aún, á no haberme despertado un guardia ceñudo y hosco, que me ordenaba seguirle al Gobierno civil, en calidad de detenido, sin excusa ni pretexto alguno... P o m o habrán podido comprender los que me atendieren, el drama era rematadamente malo, y la interpretación tuvo que ser detestable, dicho sea sin ofender a mis condiscípulos; pero como los delitos de esa clase no tienen todavía sanción penal, no era por eso por lo que me llevaban más que de prisa al antiguo convento de San Gregorio, donde tenia su residencia oficial el señor gobernador civil de la provincia. Por lo que me llevaban, según supe después, era porque había pasado lo si- subieron á la cabeza al cuerpo escolar, y ardiendo en santa indignación zamoranos y montañeses, los de Ríoseco y los de Peñafiel, como si á todos á un tiempo les hubiese picado la misma víbora, acordaron no acudir á las cátedras, sino á las oficinas de la estación del Norte, donde el director del periódico tenía un empleo, y de las cuales había de salir á las once en punto. Salió efectivamente- ¡nunca lo hubiera hecho! -y los mil y tantos manifestantes le sorprendieron con la silba más descomunal que oyeron los siglos. Siguiéronle después, vejándole y martirizándole con maldiciones, burlas y chanzonetas de todos géneros por todo el Campo grande, que fue para el verdadera calle de la Amarguia. Al entrar en la de Santiago, la manifes- Dios ni al diablo, se lanzaren impetuosamente sobre los representantes de la autoridad, desarmaron á unos, destrozaron la ropa á los demás y los hicieron huir á todos. Y la algarada estudiantil, triunfadora y dueña absoluta de la población, siguió creciendo alegremente, olvidada ya de su primer objeto. Wro estaban aún sosegados los ánimos ni perdido el recuerdo délas revueltas que precedieron al advenimiento de Alfonso XII; lo que empezó por broma de chicos podría traer consecuencias graves, y el gobernador decidió proceder con energía para atajar el incendio... Por eso estábamos allí, en un aposento de San Gregorio, tristes y mustios, el autor y los intérpretes de La cruz del puñal, pobres inocentes que no sabíamos