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ABC. señal de duelo, sino á asta entera en señal de gloria, en un edificio, inmenso que se levanta á la derecha para lidiar en su interior reses bravas ante el entusiasmo delirante del pueblo, espectáculo que anunciaba la bandera nacional izándose y tremolando gallarda y sonriente, cuando marchaba camino del Este el entierro de aquellos sabios, honor de la Ciencia y de España, que se llamaron Sánz del Río y Castro. Pocas horas más tarde corrían el mismo camino los tres mil coches del segundo desfile. Nada en él era negro. Era todo estrépito, delirio, alegría, derroche de flores, plétora de entusiasmo, orgía de colores, vértigo de placer, vitalidad potente de un pueblo que enloquece ante la lidia de un toro y se duerme ante el sepelio de dos glorias nacionales. Por la mañana, el desfile negro; por la tarde, e! desfile iris. A la Ciencia, apoteosis de última clase. A los toros, de gran gala. jDe cuál de estas dos categorías será la apoteosis que reserve el porvenir á un pueblo que as! muestra su potencia moral? LUNES 19 DE JUNIO DE i 9 o5. PAG. 4 llermo II. La única persona de la familia imperial que escapa á sus censuras, es la hija menor de los Soberanos, Victoria Luisa, que cuenta doce años de edad, y de la cual dicen que tiene el don de Tiacerse amar de sus subditos, y sobre todo de los criados mal tratados por el Emperador, y mal alimentados y peor pagados por la Emperatriz. No dejan tampoco de censurar la educación demasiado burguesa que se da á la joven, á la cual su padre no pide nunca que toque una bella sonata de Beethoven, pero no deja en cambio de hacer admirar á todos un encaje hecho por ella ó un plato confeccionado por sus imperiales manecitas. Y véase cómo de esta cuestión de trapos se van elevando, hasta asegurar que la Emperatriz, educada por una madre librepensadora, estaba desprovista de toda reÁNGEL M. a CASTELL ligión hasta que su espíritu débil se dejó dominar por los pastores, que la convirtieron en un juguete, un instrumento dócil de sus ambiciones. 1 a enemistad de Francia y Alemania Merced á ella, el reverendo Srcecker, busca sóio un momento propicio para Myrbach influye en la política y en el manifestarse; ahora, con motivo de la ánimo del Emperador, deseando constiboda del Kronprinz, la ha hecho surgir tuir en Prusia una Iglesia y un Estauna cuestión de trapos; es decir, de los do autócratas, imitando el sistema ruso. trajes y efectos que componen la canasti- StceckerMyrbach, secundado por Auguslla de novia de la nueva Kronprinzessin. ta Victoria, sueña con ser una especie de Es sabido que la madre de la princesa Pobjedonostzew prusiano. Cecilia, la Gran duquesa Anastasia, ha ¡A todo esto da origen una cuestión de vivido en Francia la mayor parte del tiem- trapos! po transcurrido desde su viudedad, danCARMEN DE BURGOS SEGUÍ do á su hija una educación muy francesa. La moda ha hecho que este recelo de I TEATRO. CAPÍTULO 1 los buenos alemanes tome caracteres de mayor gravedad. A pesar de la oposición LA CRUZ DEL PUÑAL. Toda su historia fue aquella de la emperatriz Augusta Victoria, reforsubida de la escalera, en mezada con la de Guillermo 11 en persona, dio de la tristeza gris de la mañana. el trousseau de la Princesa fue encargado DAUDET. -SAFO. á París. La corte alemana ha tenido que capituYo, el que suscribe, mayor de edad, lar hasta en sus trincheras menos destruc- escritor público, con cédula personal nútibles; los Emperadores pidieron ala sue- mero tantos que exhibo y recojo, declaro gra de su hijo que el traje de corte se hi- haber estudiado sexto año de Medicina y ciera en Alemania; pero lo único que pu- primero de Derecho en la Universidad dieron obtener de la Gran duquesa fue de Valladolid, durante el curso de 1878 que los bordados (que representan un va- á 1879 á principios del cual se les oculor de 3 j. 5oo francos) se ejecutasen en rrió á unos cuantos compañeros de la clase Berlín. de clínica quirúrgica la caritativa y noble Esta exigencia despertó el enojo de idea de costear á Escobar el título de los franceses, y varios periódicos de la médico. vecina República se ocupan del asunto, Este Escobar, de cuyo nombre no puereprochando á la emperatriz Victoria do acordarme por más que hago, era un Augusta ser la soberana de Europa que muchacho muy simpático, que tenía una peor sabe vestirse. novia como cada quisque, y que había Según ellos, el sentimiento estético no hecho la carrera á trancas y barrancas y está desarrollado en la Emperatriz, y su con grandes apuros. Su afán era obtener la reválida, casarespíritu de economía raya en la avaricia. Antes de mandarse hacer un traje la es- se inmediatamente, no sólo por cumplir posa de Guillermo 11, hace arreglar sus su palabra, sino porque los médicos solvestidos antiguos dos ó tres veces á sus teros tienen poca salida, y pretender la criados, dándoles ella misma instruc- titular de un pueblo para ganarse el pan honradamente y vivir en paz con su mujer ciones. Educada con pobreza en su infancia y y los hijos que Dios se sirviese enviarle. El obstáculo para la realización de este viviendo difícilmente cuando joven, conserva sus hábitos de sencillez, que le son plan, ó sea la falta del dinero necesario ahora reprochados, como también se le para pagar el título, era el que pretencensura su gusto por los colores vivos, dían allanar, con la mejor intención del que forman contraste con su intransigente mundo, los compañeros de clínica quirúrgica. Desechada la idea déla suscripción, piedad. Puestos á investigar las intimidades de porque en toda la clase, bien rebañada, la Corte, los franceses hablan con bastante no se encontraría ni la mitad de lo preJJOCO resrjeto de las hermanas de Gu ¡7 ciso, y la de la becerrada, por el temor Cuestión de trapos de que los ingresos fuesen menores que los gastos, quedó como único recurso la función teatral. El teatro era entonces, es ahora, y supongo que será siempre, el paño de lágrimas de todos los desventurados y el clavo ardiendo á que se agarran cuantos se proponen remediar desdichas colectivas ó individuales. Y como entonces no había en Valladolid compañía alguna, ni esperanzas de que la hubiese, y como yo andaba por aquella fecha escribiendo quintillas en las paredes de las aulas y dirigiendo epigramas dulces y punzantes á los profesores fastidiosos y á los cadetes de Caballería, enemigos naturales del cuerpo escolar pinciano, los señores de la comisión encargada de salvar á Escobar acordaron dos cosas: primera, que se diera una función en el teatro de Lope; y segunda, que yo aprovechara las vacaciones de Navidad para escribir un drama en los actos que quisiere, con tal que no bajaran de tres, y un fin de fiesta que hiciera desternillar de risa, para quitar el amargor de la boca... pensado y hecho. El día 7 de Enero volvía yo de mi lugar con los dos ejemplares, y ocho días después ensayaban ambas obras los estudiantes mismos con una fe y un entusiasmo dignos de mejor causa. Titulábase el drama La cruz del puñal. Con el título basta y sobra para supo ier que aquello era un conjunto de asolaciones y fieros males, diluidos y especificados en largas tiradas de endecasílabos robustos y redondillas de ¡vaya usté con Dios! De la tesis que pretendí desarrollar no me acuerdo, y es lástima. De lo que sí estoy seguro es de que la reputaron por trascendental y honda el barbero, el veterinario y el maestro de escuela de mi pueblo, que aguantaron la lectura sin pestañear varias veces. El háiito del romanticismo y el ronco gemir de Jas pasiones desbordadas turbaron entonces, y ya nunca más, el sepulcral silencio de aquella tristísima aldea de Castilla, siempre tranquila y quieta. Y el fallo de aquel tribunal campesino, dormido por dentro, se confirmó en el estreno y única representación, verificada en uno de los primeros días de Febrero, con pronunciamientos mucho más favorables. Presidió la fiesta el rector, y asistieron á ella el claustro universitario en pleno y los estudiantes de todas las Facultades en masa, con lo cual se llenó eJ teatro hasta los topes, y Escobar pudo hacerse la cuenta de que tenía el título en el bolsillo. El éxito fue enorme, colosal, increíble. Lanzáronme á la escena un par de coronas de laurel como ruedas de carro, con dedicatorias en las cintas y todo, coronas que habían estado expuestas desde el día antes en una sombrerería de la Plaza Mayor, para que no se pudiera dudar de que la ovación iba ser espontánea; tiraron desde el paraíso millares de papelitos de colores con versos en que se saludaba al poeta, que surgía en la estepa castellana como el suave fulgor de la mañana. i m n nnm rrrainnrnri nni mniiimilflllTniTrTlirnUinniíniínrminiinnilinilfl III