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-GRAN FAB ICA E HEELO PEOTIEDOBA DE LA BBAL CASA 8, SAMOOVAIi, S. -9I ADRID. -TBUEFOKO 2 2 0 3 Heseando esta casa corresponder á la confianza con que la honra su distinguida elienlela, y para que consten siempre la absoluta pureza y condiciones de salubridad del hielo que en ella se fabrica, ha mandado analizar éste, obteniendo el siguiente resultado, según certificación de 29 de Abril de 1905, que tenemos á disposición del público: Caracteres: Diáfano, inodoro y sin denunciar sabor extraño. Datos analíticos: No contiene bacterias patógenas. No contiene substancias nocivas. Calificación: Bueno. Se invita a l publico visite esta fábrica. Me sirve á domicilio desde 10 kilos en adelante, á 2 cents, kilo. 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Aquel lecho en el que su madre había exhalado el último suspiro, le recordaba su recomendación suprema: -Hijo mío, ante todo y sobre todo, sé honrado. Ten la pasión por el deber, que es la única que se debe consentir en el mundo. Al contemplar todo aquel pasado, el corazón de Ricardo se deshacía en inmenso dolor. ¿Cómo había podido consolarse de aquella pérdida? Es verdad que nunca había olvidado á su madre; pero antes de la úitima catástrofe había recobrado la alegría, otros afectos llenaban su corazón, y á pesar de aquel vacío inmenso, el porvenir le parecía risueño. Cuando pensaba en esto, se irritaba consigo mismo y se acusaba de ligereza y de ingratitud. ¿Es que no tendría corazón? Pero no; la había querido mucho, la quería aún, la querría y la lloraría siempre; es que la naturaleza humana es así por ley fatal é ineludible. ¿Sería llevadera la vida si el dolor no se atenuase, si no nos distrajésemos con el presente, y si cegados por todo lo que sucede á nuestro alrededor, no considerásemos el porvenir como uno de esos halagadores ensueños que nos seducen? Cuando Ricardo salió de la habitación de su madre, todos los amargos pensamientos que había traído de Boisrenaud se disiparon. Tan pronto como fue hora oportuna, y con esa impaciencia por hacer algo propia de los espíritus fuertes, Ricardo fue á buscar á M r Pierson. El resultado de su viaje estaba previsto y de éi habló con la mayor discreción. -No hay nada que esperar, -dijo. El antiguo notario trató todavía, aunque muy débilmente, de apartar á Ricardo de la determinación que había adoptado. -Las deudas contraídas por mi padre, son mis deudas- -res- pondió el joven. -Temo, sin embargo, que mis esfuerzos re sulten estériles; pero al menos habré cumplido con mi deber. En vista de la resolución eon que se expresaba, M r Pierson no se creyó en el deber de insistir. Se decidió la venta inmediata del hotel y de los demás inmuebles, así como la del mobiliario, no reservándose más que los retratos y los recuerdos de familia. Ricardo anunció su propósito de abandonar el hotel acto seguido y de debutar en el foro. M r Pierson le hizo algunas objeciones. -Mis gustos, mis aptitudes y mis estudios me llevan hacia esa carrera- -respondió Ricardo. -Ya sé que la persona que no tiene el sustento diario asegurado, no debe tener preferencias; pero el mundo de los negocios no parece hecho para mí; además, para entrar es necesario contar con algunos medios, y yo no los tengo. Soy abogado, y á fuerza de trabajo, de constancia y de energía, espero llegar. Cuento con amigos y quizá me protejan también en los comienzos. M r Pierson sonrió ante aquella hermosa confianza de la juventud, pensando en las desilusiones que esperaban á Ricardo, pero no trató de desalentarle. Después de treinta años de notariado y acostumbrado á tocar de cerca las miserias humanas, el heroísmo de aquel joven le conmovía. Ricardo se dirigió en seguida al Sagrado Corazón para cumplir con otro deber penoso. Ya no eran los tiempos en que iba allí con las manos y coa los bolsillos llenos de aquellas golosinas que constituían el encanto de los colegiales. ¡Qué de exclamaciones de alegría y de expresiones de júbilo acogían entonces su llegada! Todavía le parecía ver á su hermana, á su hermanita, según la llamaba él á pesar de sus diecisiete años, deshaciendo con sus finísimos dedos y con sus uñas nacaradas aquellos paquetes, azules ó de color de rosa, y los gritos de sorpresa y de contento con que probaba los bombones de chocolate, las frutas en dulce y las almendras, que era lo que más le gustaba. -Muyl ¡en- -solía decir entonces. -Hay que convenir en que me mimas demasiado. En aquella sala de visitas, llena de mujeres elegantes, blaso- TmrrtiTiiirinTTT- mm- uní ¡iiií línil