Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
SUSCRIIPCIÓN PAGO ANTICIPADO POR CADA M E S España, pts. i,5o. Portugal, pts. i Unión Postal, 2 francos. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid NÚMERO SUELTO, CINCO CÉNTIMOS EN TODA ESPAÑA K y ABC N. 160. M A D R I D 19 D E JUNIO D E 1905 ATOCHA 127 P U B LJI C l D A D SOLICÍTENSE TARIFAS Anuncios económicos. Reclamos. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid PETRÓLEO GAL P EL PELO m SOMBREROS DE PAJA GEANDES ALMACENES DE ALFONSO MUÑOZ Sin rival en bneu gusto, calidades, formas y precios. P a r a caballeros, señoras, seiloritas, niñas y niños. JOYERÍA DE J. SUGRIIÑES ARENAL, 16 Medallas, P e n d e n t i f s Pulseras y sortijas de petición, etc. Únicos talleres premiados en la Exposición de Bellas Artes. Llevar un sombrero MUÑOZ es acreditarse de elegante y distinguido. Sombreros l e g í t i m o s i n g l e s e s armados y flexibles; selectos y de copa. Gorras japonesas, cchauffeur cicles, auto, para sport casa y vjaje. Casa en San Sebastián: AVENIDA, 3 8 H e n t i s t a s oficial 20 años práctica, se ofrece; dentaduras, 4 pts. diente. Enseña aspirantes sistema sin paladar; composturas en el acto. Hortaleza, 63 y 65, frente Gravina LO MAS SELECTO ATÍ JHA 3 4 FUENCARRAL, 3 4 ¿Quiere Vd. verse libre de moscas, mosquitos, chinches, correderas, pulgas y polilla? Pida Vd. el insecticida LEYER. Es infalible. De venta en todas las perfumerías y droguerías. MAQUINAS DE COSER De las covachas del Carmen se han trasladado al n. o 23. Compra, venta y compostura; vendo de Singer desde 30 ptas. Garantía, un año. C a r m e n 2 3 DINERO TODO SU VAIiOR por alhajas y papeletas del Monte I. A CASA QUE MENOS COBRA PRINCIPE, 6 JEREZ COGNAC del Marqués del Real Tesoro P í d a s e en l o s principales establecimientos 1 íAQftA s e v e n d e VelázJVIUUIJU quez, 52, carpintería ABANICOS, SOMBRILAS Y PARAGUAS 72 BIBLlOTc DE (A B C M. DE DIEGO P U E R T A DEL. SOIi, 1 CORAZONES HERIDOS nadas en su mayoría, se les consideraba con cierta admiración a los dos hermanos, y hasta alguien decía á media voz: -S o n los hijos de M r Bremont, el opulento capitalista. Y las aficionadas á concertar casamientos, añadían: -S o n encantadores y además excelentes partidos. E n la ocasión presente, y con objeto de evitar comentarios importunos, había escogido la hora en que la sala de visitas estaba vacía; tuvo necesidad de pasar su tarjeta á la Superiora y de solicitar un permiso especial para ver á su hermana. L o que llevaba era el anuncio de la ruina, de la pobreza, de la miseria quizá, y la dulce sonrisa con la que seguramente sería recibido, se trocaría en lágrimas, en sollozos y en desesperación tal vez. Esperaba en la vasta pieza silenciosa, sufriendo de antemano p o r el dolor que iba á producir, muy contento, sin embargo, con la esperanza de ver y de abrazar á su hermana. ¿No iba á constituir ella la única alegría y el único afecto de toda su triste vida? Cuando t o d o es dicha en t o r n o nuestro, no se sabe á punto fijo cuánto se ama á Jas personas queridas. M a r í a no tardó en llegar. Alta, muy delgada, dotada de un aire de distinción poco común, era más bien hermosa que bonita. Una abundante cabellera de pelo castaño coronaba su frente, severa á pesar de la gracia de su r o s t r o sus ojos se parecían bastante á los de su hermano, p e r o su mirada profunda estaba dotada de una dulzura infinita, y su boca, menudita y graciosa, dejaba ver cuando se sonreía unos dientes de una blancura extraordinaria. Se arrojó al cuello de su hermano, reprochándole cariñosamente el haber estado tanto tiempo sin ir á verla. Después le p r e g u n t ó con impaciencia: ¿Vienes á buscarme, verdad? -N o hija mía, eso es imposiblel- ¡Imposible! ¿Por qué? -Nuevas tristezas... ¿Nuevas tristezas? -H u b i e r a preferido que las ignorases. Y en pocas palabras, Ricardo explicó á su hermana lo que comprendió que debía saber acerca de su situación. Desde el principio, M a r í a se había puesto muy pálida y muy La butaca en la que la enfermedad había clavado á una mujer tan enérgica y tan activa, seguía en el mismo sitio, así cerno la silla baja en la que el joven acostumbraba á sentarse desde su más tierna infancia. Allí, con la cabeza apoyada en las rodillas de su madre, se dejaba mimar, y con palabras de ternura lograba atraer una sonrisa á aquel semblante siempre triste. T o davía le parecía sentir las caricias de aquella mano tan dulce, y aquel acento de orgullo maternal con que le decía: Todav a le parec a sentir las caricias de aquella mano...