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A B C D- QM 1 NG 0 18 DE JUNIO DE 190 S. PAG. 4 El Sr. M O N T E R O RÍOS: Ahí tiene su señoría el ejemplo de Francia, donde aconteció lo mismo. El señor conde de E S T E B A N COLLANT E S El Sr. Villaverde no se ha enterado de este detalle porque no ha acompañado al Rey en su viaje á Francia. (Risas. El Sr. ALfVAREZ GUIJARRO dice que no creará, por ahora, dificultades al Gobierno. El señor conde de E S T E B A N COLLANTES: Voy á dirigir una pregunta al Sr. Villaverde: ¿Qué medios ó qué recursos tiene dispuestos el Sr. Villaverde para no crear un conflicto constitucional, si en 31 de Diciembre no están aprobados los presupuestos para 1906? Dice el Sr. Alvarez, continúa el orador, que no creará dificultad alguna al Gobierno, por ahora; pero, ¿es que el tiempo no apremia ya lo bastante? El Sr. VILLAVERDE: En eso tiene su señoría razón. El señor conde de ESTEBAN COLLANT E S Como en todo. Prosigue su discurso el señor conde de Esteban Coliantes, siendo llamado varias veces al orden por el señor presidente. El Sr. VILLA VERDE cree tener tiempo suficiente para esta labor parlamentaria. Dice que el Poder no se abandona por desconfianza ni por amargura; se deja sólo cuando se pierde una votación nominal. Afirma que para aprobar los presupuestos no tiene más medios ni más garantías que los que pudiera tener otro hombre de gobierno cualquiera; que está dispuesto á dedicar todo el tiempo que sea necesario para esta labor. Habla de los recursos que da el Reglamento de las Cámaras y asegura que hay que aclarar la situación presente. El Sr. ESTEBAN COLLANTES rectifica. El Sr. RODRÍGUEZ SAN PEDRO ruega al Sr. Villaverde le diga si en sus palabras va más allá de lo que manifiesta el señor presidente del Senado respecto á la cuestión que se discute. El Sr. VILLAVERDE afirma que su conducta es igual á la que ha seguido siempre, y termina diciendo que si el Sr. Rodríguez San Pedro abriga dudas, debe provocar la votación. El Sr. RODRÍGUEZ SAN PEDRO asegura que no ha habido provocación de su parte; que sólo preguntaba si el estado de la cuestión era para el Sr. Villaverde el mismo que ha manifestado el señor presidente, y que de las palabras de aquél se deduce que acepta el ofrecimiento del presidente de que quedaría sobre la mesa el dictamen de que se trata. Se concede la palabra al Sr. Gullón; éste ruega al presidente le reserve su uso para el lunes, en vista de la fatiga que comienza á sentir la Cámara y si para ese día promete su asistencia el Sr. Villaverde. Después de una breve discusión entre ambos, así se acuerda. Los senadores abandonan sus asientos. Se formulan algunas preguntas. Se vota definitivamente el proyecto de ley sobre concesión de transferencias de varios créditos del ministerio de Agricultura y se levanta la sesión á las seis. labras; luego el Sr. Garnica y Echevarría ha comenzado á leer el acta. Leer el acta no es una misión que carece de empeño y trascendencia; comienzan á entrar los señores diputados; se charla; se cruzan saludos de una parte á otra. Y este señor secretario, que se halla con el papel en la mano en la diminuta tribuna, ha de tener discieción y tacto suficiente para que su voz no sea tan alta, que parezca una impertinencia á los que están charlando, ni tan opaca que se le antoje una infracción del precepto reglamentario al señor presidente de la Cámara. No necesitaré decir que todos estos secretarios son modelos de discreción y cortesía, y que no es posible tachar nada en la obra cuotidiana ni del señor marqués de jGrigny, ni del señor barón de la Torre, ni del Sr. Garnica, ni del Sr. Castell. Pero ya los escaños se han ido poblando de diputados; llegan al banco azul el Sr. Ugarte y el Sr. Cortezo, en la presidencia, el Sr. Zulueta- -melancólico, compungido- -se inclina sobre el pecho del Sr. Romero Robledo y le enseña unos papeles que éste no se digna mirar. En las tribunas hay bellas damas que suscitan nuestra simpatía repentina; una voz, entre el bullicio délas charlas y délas toses, se deja oír á intervalos. No sabemos quién es; estos oradores parcos y tímidos que aprovechan estos momentos primeros de confusión para soltar á cencerros tapados unas palabras, son dignos del mayor interés; no causan nuestra molestia; no logramos saber lo que dicen; no lo queremos saber tampoco. Y sin embargo, estas dulces y tímidas palabras que ellos pronuncian, ¡cómo se comentarán en la farmacia de tal vetusta ciudad manchega ó castellana, ó en la tienda de D Nicasio, ó en la de D. Andrés, ó en la de D Leandro, que está á mano derecha, antes de llegar á la catedral, bajando por la calle del Gobernador Viejo, esquina á la de las Angustias! Yo no sé quién ha hablado esta tarde á primera hora, en la hora de la benevolencia; tengo la vaga idea de que han sido el Sr. Pérez del Toro y el Sr. Aura Boronat. ¿Qué concepto os formáis vosotros de un hombre cuyos apellidos oís á menudo ó los leéis en los periódicos y que, sin embargo, no habéis visto jamás ni sabéis nada de ellos? Si á mí me pidieran mi opinión sobre el Sr. Pérez del Toro ó sobre el Sr. Aura Boronat, me vería terriblemente comprometido. ¿Es el Sr. Pérez delToro un señor alto, con una barba un poco gris; un señor que lleva un reloj de oro con tapa; un señor que tiene sobre la mesa de su despacho los tomos de Medina y Marañen; un señor que os dice bondadosamente: sí, sí cuando comenzáis á decirle una cosa, antes de saber lo que queréis significarle; un señor que se queja un poco de sus achaques, con u, n sordo y dulce ronroneo, cuando está en casa? Yo no podré afirmarlo. Yo tampoco diré cómo es el señor Aura Boronat; no lo he visto yo nunca; tengo una vaga aprensión de que el Sr. Aura Boronat ha escrito algunos artículos no sé dónde, hace mucho tiempo, y de que ha viajado, no sé cuándo ni con qué motivo, por la provincia de Alicante. Esto es bien poca cosa; no queráis obligarme á que sobre- elfo forme yo un juicio exacto... Y después de estos señores han pronunciado también unas palabras los Sres. Soriano, Llorens, Nougués y Pi Arsuaga. El Sr. Ugarte ha contestado á estos señores. Las animadas y rumorosas charlas continuaban en el salón; se veía en los antepechos de las tribunas el rápido aletear de los abanicos femeninos. Reina un momento de placidez y sosiego en la Cámara; nos olvidamos de los tráfagos y de las luchas parlamentarias; nuestras miradas van hacia las bellas espectadoras. Y de pronto una recia voz nos sobrecoge; damos un respingo en nuestros asientos; nos volvemos á inspeccionar el hemiciclo. Y vemos que un señor melancólico puesto de pie ante el banco azul, nos dice que se levanta á contestar con aquella tranquilidad de ánimo que presta el cumplimiento del deber Es el señor marqués del Vadillo que se indigna un poco con el Sr. Llorens. Pero el Sr. Llorens, aunque denuncia unos abusos considerables, no tiene propósito de ofender al señor marqués. Este lo reconoce así, y el incidente se da por terminado. Comienzan en este instante asonar furiosamente todos los timbres de la Cámara; un hujier ha traído con cuidado una caja misteriosa y la ha puesto sobre la mesa presidencial, junto al Sr. Romero Robledo. El Sr. Romero Robledo echa sobre ella una vaga mirada y exclama: ¡Orden del día: se va á proceder á la elección de dos vicepresidentes! Los diputados descienden de sus escaños y cuchichean en compacto grupo alrededor de la mesa de los taquígrafos; después, uno por uno van subiendo por la escalerilla de ante la presidencia, entregan un diminuto papel al Sr. Romero Robledo y este señor lo hace entrar en la caja enigmática. No contaré yo todos los detalles de esta delicada operación, porque el espacio me falta. Bien pronto al Sr. Romero Robledo ha sucedido en la presidencia el Sr. Aparicio; no hay un hombre más discreto, más culto y más mundano en toda la Cámara que el señor Aparicio. El Sr. Romero Robledo cogía las papeletas que le ofrecían con un gesto de laxitud y tedio; el Sr. Aparicio sonreía á cada momento y hacía con la mano un rápido movimiento como dando las gracias... Y ha salido triunfante, glorioso, de esta votación el Sr. Espada. ¿Queréis que acabe esta crónica confesándoos mi profunda ignorancia de todo lo que se relaciona con el Sr. Espada? La vida es harto breve; apenas disponemos de tiempo para conocer una mínima parte de lo que hay en el mundo; hombres que serían excelentes amigos nuestros, caminan junto á nosotros sin que nosotros nos demos cuenta; tesoros de buena fe y de bondad son así torpemente perdidos para nosotros. ¿No tendrán estos tesoros el Sr. Pérez del Toro, el señor Aura Boronat y el Sr. Espada? AZORÍN LA CUESTIÓN DE MARRUECOS LONDRES, 1 7 1 í M. IMPRESIONES PARLAMENTAR! AS r ELICADAS OPERACIONES. Las sesiones de la Cámara popular está dispuesto que comiencen á las dos en punto de la tarde; pero por un ligero error- -fácilmente disculpable- -comienzan á las tres y media ó cuatro menos cuarto. Hoy hemos realizado en el Parlamento algunas delicadas y pintorescas operaciones. Ante todo, el Sr. Romero Robledo ha abierto la sesión con unas vetustas pa- r. Lansdowne ha comunicado al Gobierno francés que Inglaterra se atendrá escrupulosamente al espíritu y á la letra del Tratado anglo- francés de IÍ) O4 relativo á Marruecos. La diplomacia inglesa en Europa y en los Estados Unidos apoyará á la diplomacia francesa. Esto es consecuencia de las conferencias entre el embajador inglés en Berlín y Lansdowne. Después de la audiencia con el Rey y la entrevista de M r Cambon con el ministro de Negocios inglés, se cree que la cuestión ha mejorado de aspecto. También ha celebrado una conferencia con Lansdowne el embajador americano Withelaw. Se desmiente categóricamente que los Estados Unidos hubieran aceptado la invitación para asistir á la conferencia. La Gaceta del líoss estima que el fracaso de dicha conferencia no lastima á Alemania, sino al Sultán, que fue quien la convocó. Alemania, dice ese periódido, no considera la cuestión de Marruecos como un, casus belli. y OS PRESUPUESTOS Y EL CAMBIO Cada vez que el cambio internacional se eleva, los periódicos claman, el Tesoro vende entonces algunos francos, el movimiento ascensional se para momentáneamente, y enmudece la Prensa. Lo natural sería prever el peligro, hablar de i imi Itnil HillHIII UBI