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fs? i ¿ss: s ms f s iwf: s: m fv if ¿is iv SUSCRIPCIÓN PAGO A N T I C I P A D O POR CADA MES PUBLICIDAD S O L I C Í T E N S E TARIFAS Anuncios económicos. Reclamos. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Admin ¡stración: 55, Serrano, 55, Madrid España, pts. i,5o. Portugal, pts. i Unión Postal, 2 francos. Adniinistración: 55, Serrano, 55, Madrid N. 159. M A D R I D 18 D E JUNIO D E 190! NÚMERO SUELTO, CINCO CÉNTIMOS EN TODA ESPAÑA OLE PEL n e n t Í N t a s oficial 20 años práctica, se ofrece; dentaduras, 4 pts. diente. Enseña aspirantes sistema sin paladar; composturas en el acto. Hortaleza, 63 y 65, frente Gravina SALES REFRESCANTES DE ESTRELLA MONTERA, 32. Teléfono 1.555 Tosi adero de café. Aroma concentrado, con Real Privilegio, premiado en cuanlas Exposiciones ha concurrido. S u c u r s a l e n 9 l n d r i l E S P O X Y m i N A 11. 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PRECIAROS, S 68 BIBLIOTECA DÉ Á B C CORAZONES HERIDOS 65 E n los días de lluvia, son siniestras en la gran capital de iierta las primeras horas de la mañana. Los primeros resplandores del día proyectaban una vaga claridad en las fachadas de las casas. Densos nubarrones, deslizándose pesadamente en aquel horizonte sombrío, producían en el joven el efecto de un inmenso sudario que amenazase envolver á su triste destino. Las mismas impresiones le aguardaban al llegar á la que fué la casa de sus padres. Anchos cartelones colocados la víspera cubrían sus m u r o s Antes de su partida había despedido á t o dos sus criados, con excepción de una antigua doncella, y él mismo abrió la puerta de entrada, valiéndose de una llave que siempre llevaba consigo. Al entrar en la habitación descorrió las persianas, y dirigiendo una mirada á todo aquel lujo que le rodeaba, se acordó de que dentro de muy pocos días todos aquellos objetos familiares, entre los cuales había crecido, iban á ser vendidos en pública subasta. ¡Cuántos recuerdos desvanecidos, qué de ilusiones marchitas y de esperanzas incumplidas! Su corazón no pudó menos de oprimirse. Encima de su mesa se encontró cort varías citaciones extendidas en papel sellado, y con algunas cartas. Estaba condenado á no abrir nunca el correo sin recibir una impresión dolorosa; siempre las mismas reclamaciones, apremiando para realizar la liquidación; algunos, en su temor de perder lo suyo, llegaban hasta la injuria, no respetando la memoria del difunto. Ricardo leyó aquellas cartas y aquellos papeles y lanzó un profundo suspiro. En uno de los sobres reconoció la letra de M r Termelle, y esto le ocasionó algún consuelo. A falta de parientes, le habían r o g a d o que formase parte del consejo de familia de M a r í a y el antiguo amigo aceptó, poniéndose p o r completo á la disposición de Ricardo. La carta era amable y cariñosa; pero Ricardo creyó notar en ella algunas reticencias que le produjeron una impresión más dolorosa de lo que él mismo se quería dar cuenta después. Se levantó de su asiento y se dirigió á la habitación de su madre. E n dicha estancia no se había tocado á nada desde la muerte de M a d Bremont. Ricardo se sentó en el sofá en que tantas veces había recibido sus besos y sus caricias, mezclados con sus tiernos consejos. -Tengo mucho interés p o r esa boda- -continuó su tía. Ricardo se detuvo. Había palidecido súbitamente y tenía hasta los labios blancos. -Siento mucho- -dijo- -no poder dar á usted esta satisfacción; pero yo no soy de los que se venden, y me juzga usted muy mal al creerlo. P u e d o sacrificar mi porvenir para salvar el h o n o r de mi apellido, renunciar á todas mis esperanzas de felicidad, pero á mi dignidad y á mis sentimientos, jamás; la señorita de la Rochemordau no será mi esposa. Sería completamente inútil insistir. ¡A h! ¿Con que sí? -exclamó la S r t a Bremont comenzand o á encolerizarse. -Yo no veo que tengas que perder tu dig nidad en este matrimonio. Los Rochemordau valen tanto como los Bremont, y esta alianza confieso que me halagaría sobrema ñera. E n cuanto á Juana... -A p e n a s conozco á Juana, y admito gustoso todos los méritos que reúne, según usted; pero amo á otra persona y esto es suficiente obstáculo. -E s o es; quieres casarte á tu manera y prescindir de mis consejos, como lo hizo tu p a d r e Pues bien, acuérdate de lo que te digo: ó te casas con Juana, ó ni tú ni tu hermana tendréis nada de mí. Ricardo estaba aterrado. -S i n embargo, lo que me dice usted es imposible- -exclamó, y permaneció silencioso. Viendo que su sobrino no respondía, la S r t a Bremont se levantó. -S o y muy testaruda, Ricardo. H e decidido ese matrimonio, he hablado ya con el padre, y estoy en que se haga. Ya conoces mis propósitos. Permaneció delante de Ricardo esperando su sumisión. Se sentía fuerte porque le consideraba arruinado. D e su fisonomía había desaparecido la expresión de dulzura y de bondad; á la entonación persuasiva de su acento, había sucedido algo anómalo y perverso. Ricardo no reconocía á su tía. Rodeada de aduladores, no acostumbraba á ser desairada, y para Ja nunca habían existido obstáculos. La resistencia de su sobrino avivaba é irritaba más sus deseos.