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El conde Raúl Mertry de la Rochemordau había pedido, en otro tiempo, la mano de Clotilde Bremont, y si no hubiese consistido más que en ella, seguramente la hubiera obtenido. Buen mozo, galante, hábil en el baile, derrochador de su escaso patrimonio en las carreras de caballos, Raúl de Rochemordau, con su título de conde, constituía el tipo soñado para marido por Clotilde. La oposición formal de Mad. Bremont, y su negativa de conceder su hija á un hombre cuya reputación era más que dudosa, era lo que había impedido la celebración de aquel matrimonioPoco tiempo después, M r de la Rochemordau, completamente arruinado, marchó con un destino á África, y allí se casó. Viudo, y con una hija de catorce años, contrajo en segundas nupcias una unión muy singular. Este matrimonio, con capital suficiente, había llegado á comprometer su situación. Pagadas sus deudas, presentó su dimisión y se retiró á vivir modestamente en las cercanías de Cháteau- Goutier. De vuelta á su país, volvió á tratar á la Srta. Bremont, la visitó á menudo, llevando consigo una ó dos veces á su hija, cuyo carácter no simpatizaba con el de su madrastra; pero no presentó á su mujer y procuró hablar de ella lo menos posible. Clotilde Bremont experimentó una verdadera alegría al ver nuevamente al que fue su adorador. El antiguo conquistador, con su galantería algo rancia, con sus cumplidos y con sus amaneramientos risibles, no tuvo que hacer grandes esfuerzos para hacerla creer que aún conservaba en su corazón algunos rescoldos del antiguo amor. La vanidad de la solterona veíase halagada ante tales protestas. Bien pronto logró hacerse confidente del conde y conoció sus inquietudes con respecto á su hija y sus deseos de casarla. Deseosa de serle agradable, Clotilde Bremont pejjsó en seguida en su sobrino. Habló de él á M r de la Rochemordau, quien aceptó ia idea con tanto mayor entusiasmo, cuanto que le había dejado adivinar que ella se encargaría de dotar á Juana. La Srta. Bremont no había encontrado nunca dificultades para satisfacer sus caprichos. Arregló aquel matrimonio come si hubiera estado segura de! consentimiento de Ricardo, y este proyecto adquirió á sus ojos una importancia capital. Con este motivo escribió á su hermano, y es posible que dicha carta inspirase á M r Bremont algunas de las recomendaciones que había hecho á su hijo. Tan pronto como llegó Ricardo, envió un recado á M r de la Rochemordau para que fuese con su hija á pasar algunos días en Boisrenaud. Esta visita, que venía á calmar todos sus anhelos, la preocupaba ahora sobremanera. Recibió á Juana sin entusiasmo, y los cumplidos de aquel conde de! antiguo régimen le eran completamente indiferentes. Cuando, después de haber besado el extremo de los dedos á la señora de la casa, le ofreció el brazo para ayudarla á subir al vestíbulo, notó, no sin sorpresa, en la fisonomía sonriente de ordinario de su antigua amiga, una expresión completamente desusada. Sin embargo, gracias á la ligereza de su carácter, las ideas tristes que le habían torturado desaparecieron bien pronto. Habló de su sobrino con menos entusiasmo de lo que lo hubiera hecho- en otras circunstancias, y se refirió algo á su frialdad, ocasionada por la tristeza que le producía la muerte de su padre. El conde, que consideraba al sobrino de su amiga como un pretendiente formal á la mano de su hija, se mostró dispuesto á apreciarlo todo bajo su mejor aspecto. Cuando algunos momentos más tarde Ricardo, avisado poi la campana que anunciaba el almuerzo, entraba en el salón, encontró allí á su tía, quien le presentó á sus huéspedes, y se extrañó algo del caluroso recibimiento que le dispensó M r de la Rochemordau Después de haberle estrechado las manos como si le conociese después de bastante tiempo, le manifestó con almibaradas frases toda la participación que tomaba en el duelo de los Bremont.