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t Uif -mp ZPí W l- i am i mftf fm m ji SUSCRIPCIÓN PAGO A N T I C I P A D O PCR CADA M E S España, pts. i,5o. Portugal, pts. 2 Unión Postal, 2 francos. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid N Ú M E R O S U E L T O C I N C O C É N T I M O S EN T O D A E S P A Ñ A i ABC N. 154. M A D R I D 13 D E JITMIO D E 1905 PUBLICIDAD S O L I C Í T E N S E TARIFAS Anuncios económicos. Reclamos. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid Tomados al acostarse producen una deposición natural diari: i, combatiendo el E S T R l i j S í S i í I l B T O y sus funestas consecuencias. 1 peseta pomo. F a r m a c i a s y G A Y O S O ARlEiVAIi, 2 P o r m a y o r cassías d e c o s t i i m l f r e TRES CONFITES á m LO MAS SELECTO Agua de A Z A H A R diíl Mai ipiés dül leallesoro P í d a s e eu l o s p r i n c i pales establecimientos Marca LA GIRALDA, Sevilla L. a m e j o r A G U A D E A Z A H A R y e l m s i s e f i c a z m e d i c a m e n t o p a r a l a CHraci n s e g u r a y el alivio I n m e d i a t o d e l o s p a d e c i m i e n t o s nerviosos y d e l corazón. Léase el interesante prospecto que acoiilpaíia á las botell 4 T O I 0 S U VALíOR p o r allí aj a s y p apeletasi d e l IVIonte 1. A Í A S A QUE viENOS OBRA PKIXCirE. 000 arrobas vino tinto, ven ta. Hermosilla, 20, pl. 2 á 4 CABALLOS se v e n d e n baratos. Razón: Infantas, 34, pral. d, de 9 á 1 a Primera calidad: 2,50 pts. botella. Sepíida: 1,50 ESPONJAS cepillos I peines. Para comprarlos buenos, de duración y precios muy barato? única casa, droguería y perfumería de Alorcno. M A Y 0 5 5 3 5 De v e n t a e n las principales farmacias, perfumerías y d r o g u e r í a s d e t o d a España. PETRÓLEO GAL 52 BIBLIOTECA D E A B C CORAZONES HERIDOS 49 -N o puede usted hacer nada en la ruina de su hermano, ya lo sé, pero lleva usted un apellido glorioso, muy honrado hasta aquí, y del que ha podido estar orgullosa con motivo. Cuando mi padre se dedicaba á la política, sus enemigos no han podido nunca encontrar la más leve tacha en la familia y hoy, á consecuencia de desgracias y de falsas especulaciones, podrá decirse que un Bremont no ha pagado sus deudas y que ha faltado á sus compromisos. ¿Sabe usted cuál fué la última recomendación que me hizo mi padre? Pues me dijo: Ve á ver á mi hermana, ruégala, suplícala que salve mi honor, el suyo, el t u y o el de toda la familia. Le dirás que ella ha sido mí última esperanza, y no dejará de atenderte. S í tía, sí usted quiere, nadiz tendrá el derecho de maldecir la memoria de su hermano. ¡D i o s mío! ¡Qué triste es todo eso! Estoy mala, te asegur o que me he puesto mala. T e ruego que no hablemos más de ello; no sé lo que quieres, no he entendido nada; tengo la cabeza trastornada. -Siento mucho haber causado á usted ese pesar, y la pido perdón; ha sido necesario que existiese una necesidad absoluta para obligarme á dar el paso este. -P e r o ¿qué es lo que yo puedo hacer? Vamos á ver, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que mz pidss? -Y o pido á usted... M e j o r dicho, mi padre es el que lo pide p o r mi boca, un sacrificio enorme, quizá la mitad de su fortuna, para ayudar á pagar á los acreedores. La Srta. Bremont miró á su sobrino con extrañeza. ¿Habría perdido la razón? ¡L a mitad de mi fortuna! -repitió, como si buscase el sentido de aquellas palabras. -Ricardo, tú estás loco, ó yo no comprendo lo que dices. Su semblante, que había palidecido al enterarse de la catástrofe, se había pitesto encarnado como una amapola, sus ojos cenlcileaban y todo su ser se animó de cólera. N o era producid o este fenómeno por la ruina de su hermano, sino por la indian? c ón. ¿Cómo hacer á ella res onsahlc de las Faltas de los dcni ¿s? Esto equivalía á arruinarla también, imponiéndola p r i vacion -s; introducirá su edad un catnbio radical en sus costumbres y reducirla tal vez á la miseria. ¿Cómo aíreverce á exigir- estrellado; no se fijaba siquiera en el río que corría á través de las praderas; su pensamiento estaba lejos, muy lejos, y su o r gullo estaba siempre en contradicción con aquello que constituía su deber supremo. ¡Su orgullo! Al acordarse de él, una triste sonrisa se marcaba en sus labios. Cuando se es pobre, ¿se tiene el derecho d e ser orgulloso? ¡Qué empequeñecido se encontraba en aquella casa, á la que había acudido para rogar! Al día siguiente, poco dispuesto para celebrar la anunciada entrevista, Ricardo salió muy tempiano, después de haberse ente ado p o r la doncella del estado de su tía. F i g u r á n d o s e que el día se le haría largo de todas maneras, paseó p o r los campos hasta la hora del almuerzo. Si el sobrino había quedado poco satisfecho de su primera noche, su tía no lo estaba menos. Los proyectos que Clotilde B r e m o n t había concebido con i especto á él, habían adquirido en el ánimo de la anciana la tenacidad de una idea fija. N o tenía duda de que había encontrado á su sobrino frío, demasiado serio y poco comunicativo; pero esto no importaba: estaba dispuesta á perdonárselo todo, con tal de casarle. La confidencia de R i cardo no se le aparecía más que como una nueva dificultad que vencer, y ya tenía impaciencia p o r acabar cuanto antes. A d e más, el tiempo apremiaba. Desde que llegó su sobrino había adoptado todas las precauciones para provocar un encuentro. E n el momento en qué Ricardo llegaba al castillo, divisó á su tía en la terraza; parecía impaciente y buscaba por todas partes algo con la vista. Al ver á Ricardo, le hizo señas con los brazos, con aire de satisfacción, y salió á su encuentro. -P e r o hombre, ¿dónde te habías metido? -H e aprovechado la ocasión de que todavía no se había usted levantado, para visitar los alrededores de Boisrenaud. ¿Qué tal se encuentra usted hoy? -M e j o r mucho mejor; pero tengo que hablarte. E s p e r o á algunos amigos y todavía tenemos tiempo para liablar. Ricardo creyó encontrar la ocasión que esperaba. Descendieron al parque, y la Srta. Bremont comenzó en seguida: -A y e r me dijiste que no tenías ideas en contra del matrimonio, ¿no es verdad?