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E n la parte baja de la colina, el r í o tranquilo y bruñido como un espejo, se deslizaba sobre un lecho de guijarros, corriendo á lo largo de las praderas y perdiéndose detrás de un repliegue del terreno, volviendo á reaparecer más tarde, bordeando los diques de Cháteau- Goutier. A! o lejos y dando frente al castillo, la ciudad se mostraba en anfiteatro, con sus jardines, sus h o teles, destacándose en el espacio las siluetas de piedra de los campanarios de San Remigio y la t o r r e de San Juan, que d o minaba el conjunto. Ricardo, preocupado únicamente con el objeto de su viaje, n o hizo más que lanzar una mirada sobre aquel conjunto pintoresco. T o d a su atención estaba concentrada en su tía. Clotilde Bremont tenía sesenta años, pero apenas representaba cincuenta. Regordeta, con el semblante vivo, conservaba todavía un resto de frescura. Sus cabellos blancos, ligeramente empolvados, estaban echados hacia atrás, y su boca, hábilmente amueblada por un dentista de fama, prestaba cierta gracia á su sonrisa. Hubiérase dicho de ella que era una viejecita arrancada de los pasteles de La T o u r Ricardo, que juzgaba á su tía por lo que había sido su padre, esperaba haberse encontrado con una señora muy vieja, de aspecto encopetado, muy seria, muy venerable, quizá muy devota, pero por lo menos buena cristiana, conociendo la vida y los deberes que ésta supone, algo desengañada en cuanto á la dicha que procura, pero llevando con orgullo el apellido Bremont y dispuesta al sacrificio si el honor lo exigía. Su sorpresa fué g r a n d e pero su desconcierto no fué todavía menor. -K i j o mío- -exclamó la Srta. Bremont cuando se sentó á la mesa enfrente de su sobrino, -no sabes cuánta alegría he tenido al verte- (y así era en efecto) Si supieses qué triste es vivir sola) Yo no lo estoy mucho, porque tengo amigos que me quieren y me lo demuestran; pero el celibato es una cosa horrible. Yo me he debido casar, y he hecho mal en no hacerlo, porqiTé reunía í o i o lo necesario para hacer á un marido dichoso. N o sabes tú, Ricardo, Qué seductora era vo á los veinte personas que estaban á su alrededor, y al día siguiente escribió á su sobrino, haciendo lo posible por expresar todo su sentimiento en la carta, y le invitaba, lo mismo que á su hermana, á que fuesen á verla. E r a esto una especie de reparación al olvido en que les había tenido hasta entonces. Cuando la carta había ya salido, creyó que había hecho mal en ceder á aquel primer impulso, que en la mayoría de los casos suele ser gener o s o pero del que el egoísmo se arrepiente á veces. Si aceptaban, no la traerían más que unas caras muy tristes, y esto iba á ser para ella muy penoso. La Srta. Bremont se hacía la justicia de reconocer que, teniendo un corazón muy tierno y muy compasivo, le era completamente imposible soportar el dolor ajeno. Avisadas todas sus relaciones, acudieron á visitarla, dándola pruebas de una gran simpatía; su salón no había estado nunca tan frecuentado. M a n d ó hacerse un luto acomodado á las circunstancias, no demasiado severo, porque no serviría de nada, decía ella, para su pobre hermano, y tenía la suficiente tristeza en su alma para no llevar siempre encima aquella fúnebre indumentaria; además, y en situación semejante, ¿no lo constituyen todo los sentimientos? Las gentes que estaban á su alrededor aprobaron con toda sinceridad aquella conducta; cada cual procuró distraerla, y antes de que transcurriesen los quince días de la muerte de M r Bremont, Boisrenaud había recobrado su aspecto habitual. La carta de Ricardo anunciando su llegada no causó una verdadera satisfacción en el ánimo de su tía; sin embargo, con su costumbre de considerar todas las cosas bajo su aspecto más favorable, se convenció de que el tiempo transcurrido desde la muerte de su hermano sería suficiente para calmar todos los pesares de su sobrino, y á duras penas logró convencerse de que este acontecimiento, que le parecía tan lejano, no se remon taba más que á tres semanas. En fin, como ya no había manera de retroceder y Ricardo llegab. á Boisrenaud aquella misma noche, dio orden á su cochero para que fuese á buscarle á la estación, y preparó el cuarto que le había destinado. Volviendo á seguir sus ideas su camino habitual, pensó nuevamente en el proyecto de enlace de que