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El edificio, de construcción moderna y admirablemente situado, era de un aspecto atractivo, con su fachada blanca, sus grupos de flores y sus macizos de verdura. Detrás del castillo se extendía un vasto jardín dotado de anchas avenidas y de parajes cubiertos completamente de sombra. Esta morada constituía el punto de cita de toda la juventud de la comarca. Clotilde Bremont, de carácter vivo, fantástico, caprichoso, algo coqueta, había sido muy aficionada á frecuentar la sociedad. Aun en la época á que nos referimos, la soledad se le hacía antipática; tenía necesidad de ruido, de movimiento de Ueoadas y de despedidas. Gracias a l o robusto de su constitución, los años habían transcurrido sin que ella se hubiese dado cuenta de ello. A su alrededor, las generaciones se renovaban, pero sire aficiones no se cambiaban en lo más mínimo. T o d a aquella juventud, toda aquella alegría, le ocultaban lo que estaba muy obstinada en no ver, que era el término de su vida que se aproximaba. La muerte de su hermano le había herido en el corazón según decía; pero en honor á la verdad, había tardado poco en reponerse. Sin embai go, á raíz de la catástrofe y con objeto de evitar un ataque de nervios, 4 uvieron que hacerla resp rar un frasco de sales para que su sensibilidad no se alterase. D scposiíado sus pesares y sus lamentaciones en hvj haliín den- Cuando se cerró la puerta, Ricardo, con la conciencia tranquila, pero con el alma desolada, se dejó caer sobre un sillón. Ocultando el rostro entre sus manos, comenzó á sollozar. En realidad no sentía ¡o que había hecho; le parecía imposible obrar de otra manera; la idea de aquellas deudas sin pagar, le producía un sufrimiento ante el cual se borraba todo; los consejos de M r Pierson le sublevaban, y se avergonzaba al creer que el viejo notario le hubiera considerado capaz de realizar lo que le proponía, que él consideraba como una infamia. Ricardo era de aquellas personas que han nacido para llevar siempre la frente alta, y para quien todos los actos reñidos con la rectitud de conciencia le resultaban igualmente odiosos. P e r o era hombre al fin, tenía veinticinco años y amaba la vida. Poco á poco, su pensamiento le llevó á ocuparse de sí mismo, de Susana, de su amor y de todas sus esperanzas aniquiladas, y sentía que su corazón se revolvía y que toda su juventud se sobresaltaba ante la rigidez de su inflexible destino. Así permaneció algún tiempo, aniquilado bajo el peso de sus preocupaciones. De repente volvió á levantar la cabeza, y pasándose la mano por la frente como para apartar los pensamientos que le abrumaban, exclamó: ¡Animo! ¡Soy un cobarde! ¡Soy un egoísta! N o tengo derecho para ocuparme de mí ni para compadecerme de mi suerte. E s t o se ha acabado; entre mí y mi felicidad media el abismo del deber que debo realizar en la vida. Cogiendo los papeles que había dejado M r Pierson, los hojeó de nuevo y de nuevo se sintió desfallecido. ¿Como pagar aquellas enormes deudas? En su espíritu se arraigaba con una certeza desconsoladora la idea de lo imposible. Había jurado trabajar para pagar las deudas de su padre. ¡Trabajar, sí, trabajaría sin tregua! ¿pero dói ¡l -encontrar el trabajo productivo, el trabajo que conduce ala fortuna? ¿Qué hacer? ¿A quien dirigirse? Y un tropel de p r o yectos irrealizables é insensatos pasaban ante su imaginación, siendo rechazados inm ¿diatamente. Llegó la noche; un criado entró en la estancia á encender lat luces, y er. tregó una carta á Ricardo. En ella reconoció la letra de su hermana, y dijo para si: