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TRFS. NUMERO 149. CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA. 5 MADRID, 8 DE JUNIO DE J 9 0 5 NUMERO SUELTO. 5 CENTS. que completa el retrato, cuando se pone de pie ó cuando se halla sentada, sus dos manos reposan juntas con gesto de simplicidad y de candor. Pero la ceremonia de la entrega del Mensaje al Monarca, ha terminado. Todos los invitados pasan al salón donde las mesas están dispuestas. Si queréis tener una idea de este salón, figuraos la nave de una vieja y ennegrecida iglesia gótica. Del techo pend n grandes arañas en que brillan luces eléctricas. A un lado está la mesa regía, con tres monumentales sillones áureos. En dos elevados pulpitos, dos venerables varones, vestidos de blanco, esgrimen gigantescos cuchillos y van cortando con ellos trozos enormes de carne. Parece esto un espectáculo medioeval. Las trompetas suenan atronadoras. El Rey acaba de entrar en el salón con su cortejo; lentamente va dando la vuelta á la sala, mientras le aclaman y cuando llega á su sitial se produce un silencio profundo. Una voz grita algo que no se entiende; suenan las trompetas que están en un lado del salón; responden 1 s que están en el otro y da principio la comida. N o contaré el mjnú Casi todos los platos son platos fríos que los sirvientes dejan encima de la mes- y que los comensales devoran mezclándolos y entremezclándolos. A los postres, los clarines se dejan oir de nuevo. Los brindis van á comenzar. Yo he pírdido la cuenta de los papeles que se han leído en este acto y de las veces que hnn tocado las tremendas y pertinaces trompetas. La concurrencia, pussta de pie, aplaudía, gritaba. El señor de las barbas blancas, colocado junto al Rey, hacía á cada momento un gesto rítmico co n los brazos, para pedir silencio, á fin de que los brindis continuasen. El Rey ha leído al cabo su discurso con una perfecta y recia entonación. La muchedumbre le ha aclamado y luego, cuando ha levantado su copa para brindar por el alcalde, el entusiasmo ha llegado al colmo; todos serios, graves, enrojecidos, automáticos, lanzaban con un ímpetu formidable los tres ¡Jiurrab! de ritual. El Rey ha abandonado la sala y entonces ha ocurrido una escena que yo quiero contaros y que muestra lo in? enuo que en el fondo es este pueblo admirable. Cuando ya los comensales dejaban la sala, tropeles de señoras se acercaban á la mesa donde el Rey ha comido. Aquí examinaban los platos, los cubiertos, las copas, y, como realizando una operación mágica que ha de traerles felicidad, ó tal vez por poder contar lal cosa á las amigas, todas se sentaban un momento en el sillón en que el Rey de España ha estado sentado. AZORÍN EL REY EN LONDRES OCTAVA CRÓNICA TE- Hoy se ha LEGRÁFICA TRANS- verificado MIT 1 DA DESDE LON- el acto inDRES A LAS NUEVE d u d a b l e DE LA NOCHE mente más importante del viaje regio. Aludo a! banquete que el Ayuntamiento de Londres ha ofrecido al Monarca de España. Ha sido un espectáculo fantástico, formidable, maravilloso. A las once y media han comenzado á lleger a! Guild- Hall los invitados. Todos penetraban en la biblioteca del Ayuntamiento. Todos llevaban uniformes rojos, azules, amarillos, morados, con cordones recios de plata, con cadenas de oro, con espadines, con bordados, con condecoraciones refulgentes. El alcalde esperaba en el fondo, revestido con amplio manto de armiño, tocado con enorme montera negra con caireles. A su lado la alcaldesa. Un venerab e señor de largas barbas anuncia con recia voz al recién llegado. Este se adelanta, se inclina y estrecha la mano del alcaide y la de la alcaldesa con ademán rápido. Poco á poco se llena el ancho salón. D e pronto se oye una estruendosa música de trompetas. Un sordo murmullo se entiende por toda la concurrencia y van entrando lentamente los personajes del Real cortejo. En él forma el d ique de Connaught con su uniforme de rojo intenso. Después aparece, del brazo del señor Villaurrutia, la princesa Victoria Patií- ia. Una inmensa aclamación saluda su paso. Ella baja los ojos tímidamente ruborosa. Luego la Marcha Real suena y entra Alfonso XI andando despacio, un poco echado hacia delante, sonriendo, Vestido con uniforme de general inglés. Yo no podría detallar ¡os breves discursos, las aclamaciones, las idas y venidas que en este momento han tenido lugar. H e creído ver que nuestro Rey presenciaba todo este complicado ceremonial un poco asombrado, perplejo. La saia está repleta de uniformes, mantos, pelucas, bordados, bandas, lujosos trajes femeninos. Y á dos pasos del Rey, silenciosa, ingenua, se halla esta encantadora Victoria Patricia. Lleva un sencillo traje de color celeste. De sus hombros pende un boa de píuma. Su sombrero es modesto, con ñores. Es alta, delgada, esbelta. Sus grandes ojos miran con afabilidad. Y como rasgo QOMPAS DE ESPERA. Jamás se ha podido decir con tanta exactitud como ahora que la diplomacia es un juego de envite. No ha querido Francia arrostrar el del emperador Guillermo, y ha perdido Delcassé. Este había deseado ir demasiado aprisa, y en esas marchas tan rápidas cualquier obstáculo origina un vuelco. El Kaiser había calculado bien el efecto de su presencia en Tánger. Ofrecía, al parecer, un punto de apoyo al Gobierno marroquí para las dilaciones de su política de resistencia, y el Sultán lo ha aorovechado. Por lo que se puede apreciar desde fuera, es dable percibir que en semejantes asuntos, el toque está en presentar un horizonte preñado de graves riesgos y mortales peligros, y dejar todas las responsabilidades á quien se lance hacia él. Cada día son más temidas las guerras, por la suma enorme de intereses á los cuales amenazan. Con razón se ha dicho que el derecho internacional privado, mejor que el público, será quien aleje la probabilidad de los cruentos conflictos. El desarrollo y extensión del comercio ha án por la solidez de la paz mucho más q e conferencias como las de la Haya. El tejido de relaciones de orden privado entre los pueblos, constituirá el cimiento de toda duradera obra de pacificación. Hoy ese tejido humano va siendo muy extenso y muy fuerte. Por eso la responsabilidad indicada se hace más abrumadora para Gobiernos que del fondo social toman sa autoridad y su vigor. En una república democrática y parlamentaria cual la francesa, la sombra del conflicto espanta al gobernante, que ha de aparecer COTIO provocador temerario. El Kaiser ha podido envidar con la certidumbre de que su envite no sería aceptado. Ha ganado, pues. La retirada de Delcassé no resuelve, sin embargo, el problema. Implica una rectificación, pero el Gobierno de la República qjeda en situación difícil frente ai M tghzen. Tampoco es llana la d Gobierno español, por más que, con un poco de prudencia, 1 o sea imposible de sortear. En eüa no arriesgamos gran cosa de nuestro prestí io ni de nuestros intereses, planteado como está el asunto. Porque todo e ¡mundo ha caído en cuenta de que si el primer tratado, el anglo- francés, se anula por la nueva actitud del Sultán y la aquiescencia de los contratantes, el nuestro, que en aquél se apoya, no habrá de prevalecer. En último extremo, Inglaterra habrá de decidir. La cuestión lleva trazas de convertirse e i largo compás de espera, durante el que podremos tal vez reconstituir mejor nuestras energías nacionales para cuando ica