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flí wB 3 É: ¡w r- í g 5 K. SUSCRIPCIÓN PAGO A N T I C I P A D O POR CADA M E S PUBLICIDAD SOLICÍTENSE TARIFAS Anuncios económicos. Reclamos. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid España, pts. j 5 o Portugal, pts. 2. Unión Postal, J francos. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid N. 146. M A D R I D 5 D E J U N I O D E 1905 NÚMERO SUELTO, CINCO CÉNTIMOS EN TODA ESPAÑA LO MAS SELECTO Y COCHES 1 Ocasión, de todas clases. I Hay familiares nueros y i usados y jardiiiercis. I GSAÍÍDES ALMAOBÍÍES DE ALIOISO MUÑOZ Sin rival en b n e n gusto, c a l i d a d e s fornsas y p r e c i o s P a r a caballeros, sefioras, señoritas, n i ñ a s y niños. (le! liarpés del Hcal Tesoro P í d a s e e n l o s pH incip a l e s esstablceiuiientos MUEBLES Se alquila. compran, Tcnden y ca, mbian. Hortaleza, 39,1. Llevar un sombrero MUÑOZ es acreditarse de elegante y distinguido. 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A g o b i a d o p o r las emociones y p o r el dolor, no podía aún reflexionar ni pensar en las consecuencias de la catástrofe que le amenazaba, pero sentía con una horrible desesperación que todo se había conmovido y desmoronado en torno suyo. Ricardo profesaba una especie de culto hacia su p a d r e M r Brémont había constituido á los ojos de su hijo el p r o t o tipo del honor y del hombre que sabía a g r a d a r Ricardo estaba orgulloso de su padre, y se sentía satisfecho cuando oía decir: E s el hijo de M r B r é m o n t Su mayor ambición la constituía el hacerse digno de su p a d r e Sin embargo, este afecto no se parecía en nada á la ternura exaltada que experimentaba p o r su madre. E n t r e el padre y el hijo no habían sido posibles ninguna intimidad ni ninguna expansión. M r Brémont amaría á los suyos, pero lo demostraba muy p o c o E n sus relaciones con Ricardo había algo de dcsderioso que desalentaba al joven; no tomaba en serio ni sus ambiciones ni sus esperanzas, y no tenía más que una sonrisa para sus puros y generosos entusiasmos. Ricardo se resignaba; p e r o gracias al prestigio que M r Brémont gozaba entre los que le rodeaban, y también al respeto que le había enseñado su madre, no se atrevía á juzgar ni á censurar su conducta; á sus ojos pertenecía á una jerarquía superior y tenía p o r bueno t o d o lo que hacía. Ahora su ídolo había caído p o r los suelos; su padre culpable, su padre deshonrado; esta idea le punzaba más que ninguna otra, sobreponiéndose a su dolor, á sus pesares y á su manera de ser. La llegada de M r Termelle, de Susana y de Ricardo, de aquellos amigos de las horas felices y de las adversas no fué bastante para distraerle. IV Ricardo y M a r í a no tenían más parientes que su tía Clotilde, hermana mayor de su p a d r e y algunos primos ya lejanos. E s l: í iii. kir: i anonadado y moría, dejando á sus hijos la cruel tarea de reparar sus locuras; jno solamente les legaba la ruina, sino tal vez la deshonra! E n su semblante convulso de moribundo se leían todos los pesares de una vida mal empleada y todos los i- emordimientos de las faltas cometidas. Ricardo le escuchaba con el corazón destrozado, permanecía aterrorizado y mudo, bajo el choque violento de aquellas revelaciones, y gruesas lágrimas caían lentamente p o r sus mejillas, sin que tratase de enjugarlas. A su dolor uníase una compasión que, al remontarse del hijo al padre, tenía algo de aterrador. Comprendía cuáles serían los remordimientos y cuál la tortura que atormentarían á aquel hombre tan orgulloso y tan altanero, que se había creído super i o r durante tanto tiempo, cuando ahora se acusaba y se humillaba, implorando el perdón de su propio hijo. Varias veces había tratado de poner un termino á aquellas dolorosas confidencias; hubiese querido no oir, no saber aquello, no sintiéndose con valor ni con derecho bastante para juzg a r á su p a d r e P e r o todos sus esfuerzos resultaron vanos; el enfermo quería apurar la copa hasta las heces, queriendo encontrar en ello una especie de expiación. Falto ya de fuerzas, se detuvo. M á s tarde y después de una congoja que le duró algunos segundos, continuó: -T u tía... mi hermana Clotilde... no nos ha querido nunca m u c h o pero está orgullosa del apellido de los Brémont, hasta ahora sin tacha, y csíoy seguro de que hará sacrificios p o r mantener el honor de la familia. Ve á buscarla... la rogarás, la suplicarás, si es preciso, la dirás que ella es mi última esperanz a ¡Ay! -exclamó con una especie de grito de d o l o r -m í h o n o r sepultado... mi nombre a r r a s t r a d o -Cálmese usted, padre- -interrumpió Ricardo, asustado de aquella exaltación; -está usted perjudicándose. Cuente usted conmigo, que si Dios me da vida, nadie tendrá derecho para acusar á usted. ¡J ú r a l o júralo, hijo m í o que tú lo sacrificarás t o d o todo! -replicó M r Brémont con voz ronca. -Incluso mi felicidad, padre mió, mi vida entera; yo se lo