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NGO 4 O ÍIT o. aventura, paro s pagar E- CÍÜZ JÜ az ü un modo irreprochable, pr sí? ido a! percal efectos de sed? muy fejtieruna s errspre, si la halláis en los Italianos y os imagináis en seguida de un figurín de modas. Y nadie que haya estado consecutivamente en París y en Londres deja de acordarse al regreso de esa mujer que pasa, el alma de esas dos poblaciones, y de preguntarse perplejo, sin saber á quién dar la preferencia en el atractivo: ¿Cuál? 1 J i 9 o5. F era de to de co pr. t r ro ¡az A íilcb. 1 1 ICIO a y e, d tille se ¡nica c ¡i z u, ta CJ T. ¡Ó I ALFONSO P É R E Z N I E V A CUARTA CRÓNICA ESCRITA EN PARÍS Y TRANSMITIDA POR TELÉFONO Y TELÉGRAFO E L REY ANTE EL EJÉRCITO. La gran revista militar va á verificarse en este instante. Son las diez de la mañana, hace un tiempo esplendido, el cielo no es de azul intenso, radiante, bravio como en España. Muéstrase suave, claro, con una ligera veladura en la lejanía, y bajo esta bóveda de añil tenue se extiende por todas partes una arboleda tupida, sombría, jugosa que forma anchas bóvedas sobre los caminos, que se apelotina en apretados macizos que bordea las aguas glaucas y sosegadas de arroyos y diminutos lagos. Estamos en el bosque de Vincennes. A lo largo de una interminable alameda, cerrada por dos vallas, corren apretujados, topándose, entre gritos de los conductores, centenares y centenares de coches y automóviles. Al otro lado de la cerca de la izquierda se descubre una multitud enorme, negra, hormigueante, matizada por las manchas rojas, blancas, azules de las sombrillas. Luego, más arriba, en un inmenso claro, sobre un tapiz fino de césped, los regimientos marchan arriba, abajo; evolucionan, giran matemáticamente, geométricamente, como diminutas y movibles fichas negras. Y todavía más arriba, en la remota lontananza, una empinada cortina de verdura corta la vista, y sobre ella emergen las chimeneas de cuatro, seis, ocho fábricas que lanzan vellones de negro humo lentamente sobre el cielo suave. De pronto, se produce un enorme murmullo en la muchedumbre. Es algo así como el ronroneo de una colmena. Todas las cabezas se ladean hacia la izquierda. Las notas rojas y blancas de las sombrillas se estremecen un instante. Es el Rey que llega. Y el cortejo pasa rápido, pintoresco, entre una nube de polvo que vela el irradiar fulgurador de las corazas y de ios cascos. La revista ha comenzado, ya se oyen los sonidos de músicas lejanas, estruendos de tambores, trompeteos de clarines vibrantes. Sobie el césped inmenso cruzan en un fragor sordo y formidable, aureolados por el polvo, la ligera caballería, luego los infantes con sus pantalones rojos, después la artillería con sus estrepitosos armones. Sobre los grandes breaks, sobre las cubiertas de los automóviles, desde las anchas tribunas, la muchedumbre contempla el espectáculo. De tarde en tarde rompe el silencio un griterío confuso. Es una aclamación al Rey ó á la marcialidad de un regimie ito. Y las lejanas chimeneas misteriosas, impasibles van lanzando su humo negro, negro sobre el azul amable. Asi ha transcurrido una hora. De pronto el mar enorme de los automóviles y de los coches comienza á removerse. Suenan roncas las p E! Rey h? aparecido ya cor. su cortejo; ceede una bocacalle de París, yo contemplo SJ paso. Dos largas y compactas filas de pol cía ornan las aceres. Viene, ante todo, un coche lando veloz. En él va sentado Lepine, el prefecto de policía. Lcpine es un hombre delgado, seco, quijotesco, con una ancha y larga pera rojiza; Lepine cruza en su coche mirando, nervioso, febril, terrible, á un lado y otro. Pasado este coche se hace una pausa. Se oye el estrépito de la caballería. Aparecen los famosos coraceros de la escolta, con sus corazas plateadas, en sus recios y potentes caballos. La muchedumbre grita: ¡Viva el Rey, viva el Rey! y entre el refulgir denlos cascos y délos bordados, en tanto que los cascos de los caballos chocan con ruido atronador en toda la caüe, aparece el Monarca sentado en un lando, sonriendo, saludando á una banda y otra, un poco pálido, con los ojos cercados por imperceptibles sombras que las andanzas múltiples y formidables de estos días han puesto en ellos. La visión dura un segundo. Ya el tropel de los caballeros ha pasado. Allá abajo, en la calle, se pierde entre una nube de polvo. Y otra vez los coches, los tranvías, los viandantes, los carromatos detenidos durante un minuto, se mezclan y estremecen en sus idas y venidas cotidianas en la ancha vía. oi objeConducic o Va l ní a dican x z. áo y careado con el duiño, esle ha cconocido 1 leije visto ya en compañía de un ¡individuo cayab señas correspoTden á l? s de Farras. Entretanto, Vallina ha declarado: No es ai Rey á quien queremos mal, sino á h monarquía, al Gobierno y á los obispos. El anarquista Vallina empezó en España sus estudios de Medicina, y vino á proseguirlos á París. Se confiesa partidario de ¡a violencia; pero niega que haya intervenido en el atentado. La policía no ha descubierto todavía la pista de Farras. Se sabe que trabajó aquí como sastre, y que luego fue vendedor ambulante de bisutería. Desde el 25 de Mayo, después de la reunión anarquista en la Bolsa del trabajo, no se le ha vuelto á ver por parte alguna. Le visitaban un anciano y un joven á quienes busca la policía. -Calzado. San Sebastián, 4, á la 1 horas. Al llegar anoche á Hendaya el tren núm. 9 fue detenido por los gendarmes un joven de veintidós años, español, que llegaba procedente de París, llevando á la mano una maleta. Las señas de este sujeto coinciden con las de Farras. Fue conducido á la Comisaría. AZORJN EL REY EN PARÍS París, 3, d tas 17 eoras. JP N VINCENNES. Fue á las nueve de la mañana de hoy M r Loubet en bufea del Rey al Quai d Orsay, y, tras breve conversación en la sala de embajadores, tomaron coche París, 3, á las 12 horas. daumont, tirado por ocho caballos de la arti oméntase con extrañeza el aviso publicado llería. Vestía el Rey uniforme de coronel de por la Prefectura fijando el itinerario que húsares, con casco, y llevaba al pecho el gran deben seguir las personas que asistan esta no- cordón de la Legión de Honor; el Presidente lucía el Toisón. En el mismo coche iban che á la función de gala de la Opera. A pesar de las reservas de la policía, sábese M r Bertaux y general Dubois. que el juez M r Leydet que instruye el sumaEn otros landos formaban el séquito los serio del atentado, estuvo ayer en Versalles con ñores Villaurrutia y Sotomayor, Milans del objeto de buscar otras bombas que, según Va- Bosch y teniente coronel Echagüe. llina, fueron ocultadas en dicho lugar. Rodean los vehículos dos escuadrones de coSegún parece, Vallina ha indicado también raceros. Durante el camino fueron continuaque él, en unión de Farras, acudieron al sitio mente ovacionados, hasta llegar al sitio en que indicado llevando cuatro bombas, que pesarían se verificó la revista. aproximadamente kilo y medio cada una. En Ocupa un inmenso gentío las tribunas, y dicho lugar se encontraron algunos periódicos toda la extensión enorme del bosque de Vinespañoles, que sirvieron seguramente para en- cennes. El Rey monta á caballo, el Presidente volver las bombas. continúa en el coche con M r Bertaux. El envío debió hacerse de Barcelona á CerLa revista comienza por el ala derecha de vera, y después á París, á casa de Caussanel; las tropas; tocan las músicas la Marcha Real y según la declaración de éste y la de su mujer la Marsellesa; resuenan las salvas de la artilley de su criada, obró de buena fe, pues acos- ría, y después de pasar revista á cuatro líneas tumbraba á recibir la correspondencia política de la tropa formada, regresa el Rey con su de Malaxo, no siendo más que un intermedia- comitiva á la tribuna, entre las aclamaciones rio inconsciente. También parece, según ha ma- frenéticas de la muchedumbre. nifestado en el sumario, que ignoraba la índoEmocionado, saluda el Rey á derecha é izle del envío, y que recibió dos bolas, en su sen- quierda, y luego de tomar asiento, comienza tir, de hierro fundido, que no siendo reclama- el desfile, que da principio á las diez y veinte das por nadie, las arrojó al foso de las fortifi- minutos, por el siguiente orden: caciones. Vallina desmiente esta versión. Cuerpos de bomberos, Escuela politécnica En la casa de Malato encontró! a policía va- Saint Cyr, que marcha con gallardía sujesííva rios artículos contra! a España inquisitorial, y arranca aplausos; cazadores de infantería de escritos en sentido altamente libertario, y acon- línea y artillería; cierra la caballería, que pasa sejando el asesinato del Rey Alfonso X 3I3. á galope, produciendo magnífico efecto. jC 1 juez instructor, monsieur Leydet, acoraCada vez que pasa una bandera, D. Alfonso panado por el anarquista Vallina, detenido se levanta y saluda. desde hace vanos días, ha estado esta mañaFinaliza el acto con el simulacro de una carna en el bosque de Viroflay con objeto de bus- ga de caballería; pasan los jinetes, sable en macar las bombas, que, según dijeron ¡os anar- -no, parándose en seco á toque de corneta. quistas detenidos, habían sido escondidas allí. Al regresar, por todo el trayecto, hace hoPero en el punto señalado y después de remo- nores la caballería y la artillería PuüJico innuver el suelo, sólo han sido encontrados dos merable ocupa las aceras y prorrumpe en aplauperiódicos anarquistas españoles, que, por la sos a! pasar D. Alfonso. Todo lo invade el manera con que estaban arrollados, parecían pueblo hasta Quai d Orsay- -Calzado. haber contenido objetos esféricos envueltos. C N EL E M S E O En el Elíseo se cele bró á mediodía el almuerzo en honor de Vallina manifestó que sin duda las bombas habían sido retiradas, añadiendo que Farras D Alfonso. FI RFY FN PARÍS