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R C. 4 DE JUNIO DE igo 5. PAG. 8 r LA MANIFESTACIÓN DE AYER FRENTE A LA EMBAJADA DE FRANCIA Fot Asenjo MANIFESTV I ADR 1 D. LA MANÍ FES- La actitud VYl T A C- IiÓ w ANTE LA demarcaT r n N AWTK a EMBAJADA F R A N- da simpaCESA EN LA TARDE tía á EspaDE AYER. ña de que París ha hecho brillantísimo alarde durante el viaje de nuestro Soberano, y la energía y calurosa protesta contra el atentado, han producido tan grata y honda impresión en los españoles, que era unánime el deseo de manifestar nuestra satisfacción y nuestra gratitud al pueblo francés, por modo ostensible. A tan generoso y natural sentimiento ha respondido la manifestación de ayer tarde ante la embajada de Francia, de la que damos cuenta detallada en la sección correspondiente. las tienen un alma, T odasalma poblaciones mira, ríe, corre, un que anda, se detiene... ese alma es la mujer que pasa. Que os lleven á la gran urbe del Támesis con los ojos cerrados, y si al abrirlos en vuestro campo visual, surge esa mujer que pasa, diréis en seguida: ¡Londres! Quitaos la venda en el aturdidor enjambre de junto al Sena, ved esa mujer que pasa, y desde luego que exclamaréis: Estoy en París Todos los monumentos, aparte su traza, se parecen; la grandiosidad tiene dondequiera la misma N OTAS DE ¿CUAL? ACTUALIDAD. fisonomía. Las calles y las avenidas enormes, invadidas por la muchedumbre, las orillas de los ríos caudalosos atravesando la población, son semejantes salvo los detalles, las líneas. Paraos junto á cualquier puente de Londres ó de París, y si queréis conocer pronto una y otra capital, estudiad á la mujer que pasa, su alma moderna. Os habéis hartado de examinar edificios notables, de admirar joyas artísticas, pero os entra al cabo el cansancio de lo estético, el más abrumador de los cansancios, porque eleva el espíritu sobre el nivel ordinario y apetecéis la acción, el movimiento, anheláis conocer á la gran capital, saber cómo vive. Y os echáis á la calle y... ahí va una mujer que pasa. Dejadla que os vea... ya os ha visto, ha clavado sus ojos en vosotros. Esa mirada es una revelación, un relámpago que ha iluminado el camino de vuestra ignorancia. Por ahí sabréis lo que es París y lo que es Londres. Pero como la comparación es consecuencia lógica de todo juicio, os trasladáis de París á Londres, os fijáis en la mujer que pasa, y en el acto os acordáis de las que acabáis de ver pasar allende el canal de la Mancha. Y encendiendo un cigarro, os preguntáis: ¿Cuál posee más atractivo? Hallar á la londinense alta, delgada, cimbreante, flexible, con algo de alado y suave en la persona, mujer ensueño, mujer un poco sombra. Adivináis en ella cierto idealismo pronto á volar. Ama la aventura; en su corazón se apilan combustibles de incendio que sopla el viento de la pasión y arderán, y arderán vorazmente, pero la raza se la impone y en la calle jamás dejará de ser circunspecta. Ante todo, observaréis su corrección británica, su seriedad, que no es sinónima, ni mucho menos, del hielo. El sombrero liso, la falda lisa y corta, el andar desenvuelto y un poco varonil, sin ser hombruno, como de deslizamiento. Os miran sus ojos azules y pensáis en una balada. Su prurito parece szr el de no llamar la atención. Las encontráis en la City y las creéis señoras de incógnico. Puede que os hablen á los sentidos, pero no en voz alta. Examinad á la parisiense. Es más pequeña, más menuda, aunque no menos esbelta; mujer llama, mujer algo torbellino. Su goce es la exhibición, la apoteosis, el triunfo inmediato. Atended que pasa por los trottoirs, y pasa para que la veáis, para que la admiréis, para que el ejército de los veladores eche tras ella ó no deje de admirarla, mientras están á la vista, sobre el asfaltado mate, los revuelos diabólicos de su falda de barros. Alegre, bulliciosa, franca, observáis en ella rapideces de ardilla y risas de sonaja de pandereta. En público lleva un solo propósito: agradar. También dp ra por la rnnrairumiBirMininrmTiiirnnii HJIII inMífiiMlliniimil T F f i n i