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El estaba ya lejos y le veía aún, con su alegre ves- -Rece usted por mi padre... tido de primavera y envuelta la faz en una especie de nimbo de oro. Pero bien pronto y á consecuencia de una revuelta del camino, todo desapareció. El pensamiento de Ricardo se transportó entonces por entero hacia su padre, hacía su hermana y hacia el drama que acaso en aquellos momentos se desarrollaba en el hotel que habitaban en la Avenida de Jena, y angustiado ante el temor de llegar quizás demasiado tarde, las horas que le faltaban le parecían largas como siglos. -i E n su impaciencia por llegar más pronto, apresuraba el paso hermoso sol que al vibrar sus rayos sobre la tierra abrillantaba la arena de los paseos, prometían un día espléndido. De pronto divisó á un hombre que con precipitado paso avanzaba á lo largo de las praderas de césped, y no tardó en conocer quién era. -Por ahí viene el ordenanza del telégrafo- -dijo en voz alta. Estas palabras produjeron uríi especie de conmoción. Todas las cabezas se levantaron, las miradas se dirigieron hacia la ventana y una inquieta curiosidad se dibujó en los semblantes. Ya habían terminado de comer y sólo les preocupaba que aquel hombre tardase tanto en recorrer un camino tan corto. Los telegramas, que eran muy raros en Ceucia, constituían un verdadero acontecimiento. M r Termelle hallábase poseído de un temor secreto. M u chas veces, durante su ya larga existencia, aquellas hojas de papel azul habían sido portadoras de malas noticias para él y nunca las recibía sin un ligero estremecimiento. ¿Qué contendría ésta que llegaba? Trataba de adivinarlo, pasaba revista mentalmente á las personas y á los sucesos que ¡e interesaban y como no se fijara en nada concreto, se callaba ansioso. Por el contrario, los jóvenes, para quienes la vida no contiene más que sorpresas agradables, cambiaban sus impresiones en voz alta; sin duda serían algunos amigos que anunciaban su próxima visita á Ceucia, y convencidos de esto, pronunciaban nombres y apellidos con la esperanza dé acertar. 4 Cuando al repartidor le quedaba ya poco para llegar, Susana, impaciente por saber lo que era, arrojó la servilleta, y empujando Ja silla hacia atrás, corrió á buscar e! despacho. -Para M r Bremont- -dijo al volver, poniéndose ya más seria. Ricardo se levantó vivamente. Apenas hubo roto la cubierta, cuando lanzó una exclamación de estupor y palideció. ¡Ay, Dios mío! -exclamó. Haciendo después un esfuerzo y sin poder hablar apenas, pues su emoción era muy intensa, leyó en voz alta: Padre, muy enfermo. Regresa en seguida. RUBÓN. V