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Alto, elegante, de figura sbelta; había algo de abandono en toda su persona, y en sus jos azules, de mirada dulce y soñadora, no se encontraba nada jue denotase una voluntad bien determinada. Vivía sin preocujaciones, satisfecho del presente y considerando el mundo como ím jardín bien cultivado en el que no hay que hacer otra cosa más que coger las flores y los frutos puestos al alcance de ¡a ihano. Susana acababa de cumplir los veintiocho años, De pequeña ístatura, algo delicada de complexión, era linda y gracío a Hl avalo de su rostro era perfecto, sus ojos, de un azul r, ¡uy claro, istaban llenos de luz y de alegría, y en ellos hasta los pensanientos resultaban transparentes. Una sonrisa muy expresiva y uuy candida y algo de ingenuo qu ¿se notaba en toda su per; ona, le hacían aparecer más niña. No era preciso szr muy. ob; ervador para adivinar que en aquella preciosa cabeza, rodoiaía por una aureola de cabellos rubios, no podían anidarse las deas serias. Ricardo amaba á esta encantadora criatura. Susana se dejaba mar y devolvía á Ricardo todo el afecto que podía sentir su borazón. Muy sensible, muy bondadosa y muy espontánea pora expresar sus sentimientos, lloraba ó reía con ¡a misma facilidad, 3 ero no suspiraba nunca. Era una deesas almas inquietas, pronas á todas las sensaciones, pero incapaces de sufrir con resignación mucho tiempo y de amar profundamente. Los que se sentaban en torno de la mesa de M r Termeüe eran dichosos; proyectábanse siempre partidas y excursiones nuevas ó se recordaban otras que ya se habían realizado. Susana estaba encaí- tada con la llegada de Ricardo, por todos los proyectos que su imaginación adivinaba y por aquel movimiento que venía á interrumpir la monotonía áz la vida de Ceucia. Sus miradas se dirigían hacia el exterior; el cielo azul y el CORAZONES HERIDOS POR PAUL GUE T n e. 1 espacioso comedor de Ceucia acababan de tomar asien io para desayunarse M r Termelle, sus dos hijos Rogelio y Susana y su amigo Ricardo Bremont. Por las amplias ventanas, abiertas de par en par, el aire y la luz entraban libremente, dejando penetrar también los embalsamados perfumes de las praderas- próximas y de los árboles en flor. Bajo la influencia de aquella radiante mañana de primavera, no; ábase una alegría y un encanto especial en el ambiente, que hacía dulce y grata la idea de vivir. ¡Qué bien se está aquí! -dijo Ricardo desdoblando su servilleta. ¡Qué delicioso está el campo! -Ya lo creo- -replicó 7 vlr. Termelle, -esto es preferible á vivir en París. Salir de aquí con las últimas hojas, para volver con los primeros brotes, me ha parecido siempre el método más excelente. No acierto á comprender á tu padre, Ricardo; en su juventud le gustaba la vida del campo, la caza, el montar á caballo, y ahora, en cambio, que no le saquen de los pavimentos de asfalto. El semblante de Ricardo se contrajo ligeramente. -Es verdad- -contestó, -sin embargo, mi padre tiene necesidad de descanso. ¿No, ha estado enfermo? -preguntó M r Termelle. -No se queja nunca; pero algunas veces su rostro se altera, y eso me inquieta bastante. -Tu padre se va haciendo viejo, y no se llega á la posición que ahora ocupa sin grandes preocupaciones y sin muchos que-