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S ¿ANQ DOS. NÚMERO i3 9 CRÓNICA SEMANAL ILUSTRADA. LA PROCESIÓN S ¿MADRID, i5 DE D 1 CBRE. DE 1904 NUMERO SUELTO, 10 CÉNTS DEL DOMINGO ÚLTIMO EN VALENCIA LA PROCESIÓN ESTA FOTOGRAFÍA ESTÁ HECHA DE LA INMACULADA EN LA PLAZA SALIENDO DE LA IGLESIA METROPOLITANA MOMENTOS ANTES DE VALENCIA EN LA TARDE DEL DOMINGO HOSTILES ÚLTIMO. EL ORDEN DE LA CONSTITUCIÓN DE COMENZAR LAS MANIFESTACIONES QUE PERTURBARON Y OCASIONARON LAMENTABLES Y TRISTES SUCESOS, RESULTANDO VARIAS PERSONAS HERIDAS, ALGUNA DE LAS CUALES HA FALLECIDO ¿Ha venido un diputado? -Sí, mujer; ¿qué tiene eso de particular? N o es el primero que visita mi casa. ¿No sabes que Pellejín no es sólo un hombre político, sino mi esposo era socio del Fomento y tenía el título también un hombre mundano. Ama la sociedad, y de profesor mercantil? lo mismo pronuncia un discurso, que baila un rigoPellejín á los pocos minutos fijó sus ojos en una dón, que galantea á una mujer hermosa; porque es señorita bastante gorda, si bien algo chata, y prelo que él dice: guntó al portorriqueño: -La vida es eolia. El homble ha nacido pala goza! ¿Quién es esa mujei tan inielesante? Noches pasadas fue presentado en la reunión- -La de Pérez Hojaldre, arpista de reputación, de la viuda de Telderete, que recibe á sus amigos algo coquetuela. los lunes en sus elegantes salones. Constan éstos- ¿Coquetuela? -pensó Pellejín. -Voy á vels de una bien amueblada sala con sillería de reps la conquisto. color corinto, un gabinete con sofá y ocho sillas de Y procuró entablar conversación con la arpista. rejilla, y una alcoba que, por lo capaz, puede con- Ella, al verse galanteada por un hombre público tener hasta seis personas sentadas y cuatro de pie. de los más conocidos, aceptó gustosa los obseA Pellejín le presentó un joven portorriqueño quios y puso los ojos en blanco, diciendo: que vino á Madrid á estudiar la carrera diplomá- -Todos los hombres políticos de cierta altura tica y hoy está de profesor de bandurria en una son falaces. academia de la calle del Gato. ¿Falaz? N o lo dea usted, señolita. La admito- -Tengo el gusto de presentar á usted á don á usted pol su belleza. Además, toca usted el alpa Atilano Pellejín, distinguido diputado á Cortes y como los ángeles, según me han dicho. uno de nuestros primeros miembros de la mayo- -Es favor... ría, -dijo el portorriqueño. El padre de la arpista, hombre de genio fuerte- -Sehidoí de usted, -replicó el aludido incli- á causa de una afección dej estómago, interrumpió nándose. el idilio, diciendo á su hija: Todos los que formaban la reunión se sintieron- -Eulogia, es necesario que toques para que te felices al ver entre ellos á un hombre tan impor- oiga este caballero. tante, y lo primero que hizo la señora de la casa- -Sí, si; que toque- -añadió la señora de la fue mandar á la confitería por un cuarterón de azu- casa. -Ya verá usted qué manos tiene Eulogita; carillos, diciendo á la chica: parecen dos plumas. -Tráelos pronto y ponlos en la fuente grande; La arpista no se hizo esperar. Rápida como una pero friégala bien, por si pide agua el diputado. corza fuese en busca del armatoste, y plin plin, rom- LA VIDA EN BROMA. PELLEJ 1 N SEDUCTOR pió á tocar como pudiera hacerlo el propio David. Resonaron los más frenéticos aplausos, los rostros resplandecieron de júbilo, y todos rodearon á la artista, gritando: ¡Sublime! ¡Maravillosa! ¡Colosal! Pellejín limitóse á estrechar la mano de Eulogia, diciéndola al oído: -Estoy encantado. ¡Qué gían altista! ¡Y qué heltnosa es usted! -Yo tengo gran afán porque la oigan en Palacio, -exclamó el padre de Eulogia. -La oilán- -contestó Pellejín. -Mañana mismo se lo dilé á Maula, que me distingue con su calino. Soy el ojo delecho del Plesidente, y cosa que yo le pida... Media hora después Pellejín y Eulogia sostenían interesantísima conversación. Ella, creyéndole soltero, extremaba su amabilidad con objeto de conquistarle y de unirse al elocuente diputado en matrimonio. El, pillín y calavera, perseguía otro fin menos correcto. ¡Ea, á casita! -dijo el padre de Eulogia. -Ya han dado las doce. Todos los tertulianos se dispusieron á abandonar los salones. Ya en la escalera, apagóse de pronto la luz que llevaba en la mano la criada de la viuda. Entonces Pellejín, abusando de la obscuridad, cogió entre sus manos la cabeza de Eulogia y besó á ésta en los labios. ¡Arre allá! -oyóse decir con marcado acento de enojo. Pellejín acababa dehesar al padre de la ai pista. Luis T A B O A D A