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Ld era dichosa al poder hablar por vez primera de su apasio ado amor, deseo que tuvo que guardar escondido durante tanto cmpo en lo más íntimo de su corazón. Al poco tiempo se detuvo el coche en la estación final. Los tasajeros de los otros departamentos se habían apeado en el camino, y las dos marcianas quedaron solas en medio de la calle sin saber adonde dirigirse. El conductor desapareció en el próximo restaurant para descansar durante el breve tiempo de espeia. La calle estaba desierta. El suelo, húmedo todavía y cubierto de charcos. La ancha calle, guarnecida de jardines, terminaba en una plazoleta redonda. ¿Conque esto es Friedan? -suspiró Sé. -No pronuncies discursos- -interrumpió Lá; -vente; ya dalemos con el observatorio. Buscando á alguien que pudiera enseñarles el camino, apareció una linterna en la calle principal; pertenecía á un ciclista, que e internó en una de las calzadas. -Por allí debe haber algo todavía, puesto que van hombres en esa dirección, -observó Lá resueltamente. ¿Sabes quién es? -exclamó Sé. -Al pasar por el arco, e onocí. Es el mismo que durante la tormenta encontramos guaecido en la choza. Y... antes no pude hablarte de ello... ¿no as notado una extraña semejanza... N- ¿Con quién? Apenas me fijé en él. -Con el marido de Isma, según los retratos. Tengo la idea e que es Torm. ¡Qué necedad! Isma sería la primera en saberlo. -Pero si tuviera rftzon s para. ejjcander e. a flexionar un poco, -el mejor sitio es el jardíh del observatorio. Cuando 111 trajo á Grunthe del Polo Norte, allí estuvo dos días sin que le molestaran. ¿Y cómo llegaremos hasta allí? -Ahora iremos á un sitio desde donde llegarán cómodamente á pie en pocos minutos á un sitio conocido. Desde allí va el tranvía hasta Friedan, que sale cada cuarto de hora. En veinticinco minutos llegan ustedes á la ciudad, que está cerca del observatorio. El que á éste lleguen forasteros de noche, no es nada extraordinario. -Bueno; así lo haremos. Desüe las ocho y media estará mi barco aéreo esperándonos en el parque del observatorio. Se despidieron cariñosamente, é Isma regresó por donde había venido, mientras las marcianas bajaban por el cómodo camino y se sentaban. El cielo se había cubierto de un gris monótono, y por el Oeste venían negras masas de nubes. -El barco debió haber aparecido ya... Creo que no debíamos esperar más, -dijo Sé algo inquieta observando el cielo. Se oía un ruido lejano que iba aumentando, y al chocar con Sas montañas repercutía con doble fuerza. Sé tomó el brazo de IM. -Ven, ven, -exclamó atemorizada. Lá sintió que le latía el corazón con violencia, pero se dominó. Por entre la selva se percibía un fuerte rumor. De repente se inclinaron los árboles bajo la fuerza de un golpe de viento; por todos lados se levantaban hojas y ramas, que se mezclaban en remolinos con una nube de polvo. Las marcianas se ataron mejor sus sombreros, y tomando sus mantones de lis, se envolvieron en ellos. Los truenos se sucedían con m s fuerza. te Se oyeron pasos apresurados. Un caballero, envuelto en un impermeable y el sombrero calado hasta los ojos, caminaba de prisa; saludó, sin fijarse en las señoras. Dio algunos pasos más y se volvió con intención de recomendarles que abandonaran pronto aquellos parajes, cuando se dio cuenta de que eran marcianas. v Entonces se alejó sin decir una palabra. -Esto tiene un aspecto terrible, -dijo Sé. Aún no había terminado la frase cuando se echó para atrás, profiriendo un leve grito y asiéndose de los brazos de Ld, que, asustada, también se quedó parada. Un rayo con su luz deslumbradora acababa de caer del otro lado del valle. Se quedaron so-