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Núm. i 34 Efectivamente, rquella noche le vi representar el famoso drama, y si no me detiene un espectador que se sentaba á mi lado, le tiro á Pichichi una banqueta. Es muy posible que á este director le pase lo que á uno que está ahora á las órdenes del alcalde de Bayona de Galicia. Llegó allí hace cuatro años, dirigiendo una compañía dramática, y hoy desempeña una plaza de guardia municipal. Cilla, el famoso dibujante, me decía este verano al verle con su sable al cinto: -Ahí tiene usted en lo que vienen á parar las glorias escénicas. -Pues, mire usted, hay muchos directores de compañía que ni aun para esto sirven, -añadí y o Luis TABOADA Pág. 3 LOS HEREROS r SUBLEVADOS M. JL J V J Ksiaic muy caro de sangre y de dinero á Europa llevar la civilización y el comercio á otros continentes. Nuevamente s -han sublevado en el Sur de África los hereros, brava raza salvaje de la Bechuolandia, contra sus dominadores y aunque claro es que otra vez serán sometidos, como lo fueron otras muchas veces, lo cierto es que su indómita inquietud producí serios contratiempos á Inglaterra y Alemania. ...ri 1 -f ¡isíSU ¡ii,4 í ts T 5? r i s ¿jií íik í íil í í i- ¡j- i ñf l fti í v ri i ñ í: i; r r i ¡f i it, %l ytiH 5 í I 11 wt trañe á los espíritus débiles por el realismo de sus méto- y estable, y la vida de la República sigue su curso regudos; pero si el régimen demuestra los rigores de la vida lar. Para simplificar el régimen, las leyes no se votan real, también Jo hace de sus libertades y alegrías. ya por la Cámara y el Senado, sino por una Asamblea El filántropo americano M r George tuvo la genero- general de ciudadanos. M r George sólo conserva el desa inspiración de trasladar durante el verano á una de recho del veto. Los jóvenes se sienten tan orgullosos de sus inmensas posesiones á unos doscientos niños recluta- sus leyes, que en cierta ocasión que el T 4 ew York fieralá dos entre los más miserables de Washington. Alojados reprochaba á M r George la severidad de sus reglamenconvenientemente, los propietarios vecinos cooperaron tos, los ciudadanos protestaron en su pequeño diario á la idea proporcionando víveres y ropas. diciendo: Aquí M r George no dicta leyes ni reglaEl hecho se repitió durante tres ó cuatro veranos más. mentos: las dictan los ciudadanos de la República. Si no Pero M r George observó que lo que él había creído un son buenas, las cambiaremos cuando nos convenga. gran bien, resultaba un verdadero y grave mal. La ma- JTVespués que M r George logró obtener trabajo á yoría de sus pensionistas no se dedicaban más que al pi- cambio de vestidos y logró extirpar el pauperismo, llaje y á la mendicidad. Convencido de que los grandes exigió el pago de la comida y de la vivienda. Puso en vicios de la ciudad los había trasladado al campo, deci- circulación una moneda local fabricada con fichas de cardió al año siguiente no dar ropas más que á cambio de tón, con la que retribuía á los muchachos su trabajo, y días de trabajo. que él recibía en pago de las necesidades de la vida, Y así fue, en efecto, pero el primer niño que se ofre- creando así una colonia en la que se reproducían en peció á trabajar fue maltratado por sus compañeros. Sin queño las condiciones de la sociedad humana. Las leyes embargo, cuando éstos vieron al trabajador con su fla- prohibían terminantemente la distribución gratuita de mante terno nuevo, algunos empezaron á imitarle. Ese víveres, de modo que todo ciudadano debía optar por fue el primer paso dado hacia un régimen cuyo lema es; el trabajo ó por el ayuno. Nothing withont labor Para hacer del trabajo un deber y una distracciór, C n las vacaciones siguientes, M r George estableció M r George estimuló la iniciativa de los jóvenes dejánL la pena de expulsión para los jugadores, los ladro- doles las contratas de las obras, la gerencia de los hotenes y los fumadores. Cuando por selección hubo reuni- les y la dirección de los talleres, organizando un sistedo un centenar de muchachos que se habían habituado ma de adjudicación en la que cada uno tenía la responsaal trabajo, instituyó el jurado, y los niños empezaron á bilidad financiera que adquiría. Hoy la carpintería, la juzgarse sus faltas unos á otros. En el código de míster imprenta, el lavadero y otros talleres son verdaderas caGeorge no existía más que una pena; la de trabajos for- sas de comercio en miniatura, cuya razón social es el zados. nombre del niño. El es el patrón, paga á sus obreros y El procedimiento dio buenos resultados. Se vio que cobra sus cuentas; el obrero adulto que le asiste con su los niños se imponían penas, que otros se ocupaban de experiencia técnica, no está aljí más que á titulo de insque fueran cumplidas, y que las sentencias, en a mayoría tructor y su voto es consultivo. de los casos, eran justas. Este éxito hizo pensar á mísLa moneda de cartón se ha reemplazado por otra de ter George si sus protegidos serían tan hábiles en dic- aluminio con las armas de la República: una bandera tarse leyes como en aplicárselas. cruzada con una hacha y un libro abierto en que se lee Y en efecto; alano siguiente, en 1895, organizóla esta divisa: JVothing withont labora. Así, pues, en esta República de los niños, George s Júnior Hepublic. Se eli- República utópica existen los millonarios y los que no gieron diputados, uno por cada doce ciudadanos, y un tienen una peseta; por eso se ven restaurants económicos senador por cada clase profesional. En el mismo año se y otros más elegantes y caros. Sólo tiene curso legal la confiaron todos los cargos de la República á los mucha- moneda ganada por el trabajo; la legítima del Estado no chos, salvo el de presidente, que desempeñaba míster circula. George. Los ciudadanos antiguos ayudan á aclimatarse y á El 1897 e presidente declara constituida la Repúbliconvertirse á los recién venidos. La edad de admisión ca con el carácter de permanente, y renuncia á la presi- es de los nueve á los veinte años. dencia. Veamos cómo pasaron la vida aque) invierno los Como veis, ese perfume de realidad es el que ha dado primeros ciudadanos que aceptaron su instalación defini- ala pequeña República su virtud reformadora. Es exactativa en la República. mente un molde hecho sobre la sociedad, cuyo mecanisComo alimentos tuvieron que contentarse con lo que mo inflexible atrae al tipo normal á los jóvenes que son sus cosechas les producía: patatas, judías, etc. y ajgu- rebeldes á las leyes spciajes y al orden público. Sin ser nos panes que de cuando en cuando les enviaban los pa- una penitenciaría, desempeña ese papel con más eficacia, y rientes y amigos. Por alojamiento se utilizaron los gra- hoy los Tribunales han adquirido el derecho de enviar neros de la finca, bien ventilados y hermosamente fres- allí á los menores que son condenados, en vez de mancos. El frío es un excelente despertador para los peredarlos á Jas prisiones. NA REPÚBLICA DE NIÑOS. LOS zosos. F. MORA Los ciudadanos residenGOLFOS CONSTITUYEN UN ES- I- -I oy las cosas han cambiado. cuando la calefacción á vates son más exigentes, y TADO por de los locales que ellos mismos han construido, no Ved cómo un rico comerciante yanqui ha fundado es perfecta, llueven las reclamaciones. De aquellos que jna República de niños, un Estado en miniatura, en el supieron soportar los rigores de la vida durante la fun- l f na viajera que lleva un perro va á tomar billete para Barcelona. jue se reproducen, en cuanto es posible, las condiciones dación de la Júnior fypubhc, tres están estudiando en- -Señora, le advierto que el perro paga, -la dice el emie la vida entre los hombres, y a) mismo tiempo es una una Universidad, dos han sid ¡presidentes! y otros pleado. cccion practica de las cosas. disfrutan las prebendas del nuevo Estado. -Bueno, pagaré; pero no será más que medio billete, porTal vez esta 1. stitución tan original y modernista exLa autonomía ha concluido por ser la forma normal que no ha cumplido tres años. Acabo de ver en París, en uno de los patios de la Prefectura de policía, un espectáculo curioso: una brigada de guardias de seguridad, creación del prefecto Lepine, haciendo prácticas atléticas; más claro, ejercitándose en el arte de dar puñetazos y patadas, dar zancadillas, defenderse de idénticos golpes, etc. ¿Para qué? Para los tumultos populares. Aquí la cosa es más sencilla. Cuando hay un motín callejero, se arregla todo á sablazo limpio y á tiro seco. N o es necesario el motín; basta que se aglomere la gente á las puertas de Palacio á fin de rendir un tributo de cariñoso respeto á la Princesa de Asturias, para que los Argos de nuestra segundad desenvainen la hoja y repartan mandobles sin piedad. En París organiza Lepine la brigada de los puñetazos para que la policía, á la que está vedado hacer uso de las armas más que en casos extremadamente graves, pueda repeler las agresiones en los motines y hacerse respetar por puños como vulgarmente se dice. Y esa policía es respetada y está en todo. Lo contrario de lo que generalmente ocurre aquí. Días pasados escribía vibrante artículo el cronista de un diario popular de la mañana describiendo la brutal escena ocurrida en una calle de esta Corte, donde un carro se empantanó y fue desempantanado á fuerza de atar muías y de castigarlas atrozmente. El espectáculo fue presenciado por centenares de personas, que disfrutaron de lo lindo viendo el martirio de las bestias. Probablemente sería espectadora la policía. Yo puedo afirmar que he visto en otras ocasiones protestas airadas de un público que veía apalear á pacientes animales de carga bajo un diluvio de interjecciones y blasfemias. Menos mal que entonces se revelaba un sentimiento generoso. También es probable que fuese testigo ocular la policía. Pero es el caso que otras muchas veces he visto á hombres, y aun niños, arrastrando con gran esfuerzo carros de enorme carga, y no ha habido alma viviente que protestase de tan poco humanitario espectáculo. N o hay autoridad que impida el martirio de los animales... ni el de los hombres en la vía pública, y el caso es que la tenemos para cosas menos importantes. Existe, por ejemplo, para hacer cumplir los ridículos preceptos de la ley del descanso dominical, y no para que se cumplan los de la ley de protección a la infancia. H a y agentes para hacer cerrar las tiendas, y no para impedir que los vagos molesten en todas las calles y á todas las horas pidiendo limosna. De aquí que no tengamos de nuestra policía otra idea que la de la pareja de Jos saínetes de Ricardo de la Vega ó la de los guardias que reparten sablazos entre los estudiantes ó tienden de un tiro á los Hospicia de nuestros barrios bajos. Idea de ridículo ó de terror; pero de respeto, nunca. ÁNGEL MARÍA CASTELL L A oni i H A T 1 PO 3 DE LOS SALVAJES HEREROS SUBLEVADOS EN EL SUR DE ÁFRICA BURLA BURLANDO