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i! AÑO DOS. NUMERO 127, CRÓNICA SEMANAL ILUSTRADA. MADRID, 22 DE SEPTBRE. DE 1904 NUMERO SUELTO, 10 DE LA GUERRA RUSO- JAPONESA EL GENERAL KUROPATKINE RECIBIENDO UN PARTE DEL ORDEN EN QUE SK I J C S A R K O L L O LA RETIRADA SOBRE MUKDEN Dibujo de Estovan, tom: ido de apuntes fotográficos El veraneo en Vizcaya 1 J e llegado á la costa vizcaína en las postrimerías del verano, cuando la gente se dispone á recogerse de nuevo en Bilbao. Del cielo gris y adusto se desprende algo que pudiera tomarse como el humo de un retamar incendiado. No es humo. Son nubes que se traban unas con otras para desleírse en agua y anegar estos risueños paisajes vascos, que este verano no he acertado á ver en la plenitud de alegría que da el sol á la tierra. Desde mi alojamiento asisto con muda tristeza á este desfallecer de la única estación del año en que yo me resigno á saür de Madrid; ese Madrid de la holgazanería, de las epidemias, de la procacidad y del alcoholismo, que yo amo tanto, á despecho de sus lacerías y de sus miserias. He dejado á Vitoria porque me aburría. Quien bus- que allá un poco de amenidad para los ojos y algún encanto para el espíritu, tiene que abandonar la capital y refugiarse, en los aledaños, en aquellos huertos y en aquellas dehesas que rodean á ¡a simpática ciudad alavesa, que me ha hecho cosocer Roure, mientras me ponderaba la sabia organización de la Buena Prensa y el talento de su iniciador D. Ramón de Nocedal. Y cuenta que si me aburrí en Vitoria, ello no fue culpa de la gente que yo ix ataba á diario. Jamás he recibido una hospitalidad tan franca, cortés y efusiva como la que rae dispensaron los Echanoves, Cirujeda, el comandante Mendoza, los Pando, los Arce, los Grazazábal y otras personalidades de viso y distinción que residen allá. Era que me asediaba el recuerdo de esta Vizcaya que abandoné hace muchos años, y á la cual no he vuelto hasta hace pocos días; era que me hostigaba la impaciencia de fijar otra vez la planta en esta noble tierra en que transcurrieron felices los lejanos tiempos de mi infancia. De Vizcaya sólo amo la costa, los abruptos cantiles que bate el mar, y el trató de la gente candida que se interna diariamente en él sobre unas pobres tablas de poca ó ninguna seguridad. Bilbao, mi pueblo, me es tan extraño como el Sudán. No me. ata á él ni él recuerdo de bienandanzas ni el sentimiento de admiración á su auge industrial, que ahora hace presa en gran parte de los españoles. He venido á la costa sin pasar por Bilbao, esquivando deliberada mente el detenerme en la capital de Vizcaya. ¿Por qué? Lo ignoro. Mejor dicho, lo sé á medias, pero me lo callo porque á nadie le importa. Puedo, sin embargo, deciros cómo se veranea en Vizcaya, sin temor á que se me desautorice, porque he vivido muchos años en Bilbao y no es mi tierra de las que transforma sus costumbres. Hay en este país un espíritu tradicionalista que resiste á todos los huracanes de progreso y de innovación que vienen de afuera. Se lee poco, ó nada. La presión clerical es tan dura y tenaz, que ha cohibido las inteligencias, hasta el punto de que no escaseando aquí los hombres de talento, la mayoría de los bilbaínos son toscos, poco sociables y de ninguna capacidad creadora. Solamente en la industria son progresivos y van á la par con las naciones más cultas y adelantadas. Pues bien, aquí hay una docena de familias riquísimas que se trasladan durante los meses de Julio, Agosto y Septiembre á las Arenas, Algorta, Portugalete y Santurce, donde tienen palacios que dan frente al mar, y en ellos permanecen hasta la entrada del invierno, época en que regresan á la invicta villa. Y no les insinuéis la tentación de otros viajes. Algún bilbaíno se corre hasta San Sebastián, y no son pocos los que salen periódicamente á las romerías de los pueblos allegadizos á Ja capital, pero no se pasa de ahí. La clase media bien acomodada no sale dé Bilbao ni en verano ni en invierno. La curiosidad de los seres y de las cosas distantes les es extraña. Una minoría de jóvenes viaja al Extranjero, pero no por afanes de recreo ó por aficiones artísticas, sino con un interés industrial. ¿Queréis conocer lo que vale por dentro ese pueblo? Leed las páginas de El intruso, de Blasco Ibáñez; de Paz en la guerra, de Unarauno; y dé J edenta, de Orbe, tres libros admirables. TZermeo (Vizcaya) MANUEL B U E N O Septiembre 1904