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Núm. ABC Pág. 5 El veraneo en San Sebastián p l turismo se practica muy poco en España. Para mucha gente, veranear es cambiar de ambiente, pero no de costumbres; es hacer, durante uno ó dos meses de estío, lo que hace en el resto de) año, sino que en clima más fresco. El mar no tiene yodo, ó no sirve para nada; ó si le tiene y sirve para algo, como si no le tuviera; el mar sólo ofrece cuadros bellísimos. La montaña no tiene oxígeno puro, y si le tiene... ¡que se lo guarde! El veraneo consiste en huir del calor y hacer vida de sociedad, de hotel, de café, de casino, de teatro... Por fortuna, San Sebastián impone el turismo Para ello ha sido necesario un crimen: la muerte á mano airada del pelotarismo. El noble, hermoso y humano sport vascongado murió violentamente. Su asesino es irresponsable. Su asesino fue el tongo. Pues bJen; hace diez años apenas, las tardes del verano donostiarra se pasaban en el frontón. Los partidos de pelota eran espectáculos tan solemnes y populares como las corridas de toros. La moda- ¡esa moda que está matando al teatro y ala música, y matará todo aquello en que ponga mano! -se metió en los partidos, pero antes de que hiciese de las suyas, medió el tongo, envenenó el juego de pelota y los frontones se cerraron. Consérvase aún en algunos pueblos el juego á rebote, que tal vez por ser más grande, más puro, más viril, no encuentra el aplauso que halló en el gran público el juego con cestas- Armstrong, reveses- catapultas y... pelotaris aficionados á la opulencia. Cerrados los frontones y suprimido este número caro, carísimo del veraneo, la gente tuvo por fuerza que entregarse á las excursiones. San Sebastián tenía ya el tranvía á Pasajes y Rentería. Creó otros dos nuevos: el del Monte lilía y el de Hernani. Fomentó de este modo el turismo uno de los más bellos aspectos de su celebrado vereaneo y uno de los negocios más positivos de cuantos en la capital guipuzcoana se han emprendido. El del Monte Ulía merece preferente mención por su originalidad, que cosa bien original es hallarse en la cima de un monte dominando soberbios panoramas de mar y de tierra á los veinticinco minutos de haber dejado el centro de la población. Ni el Tibidabo en Barcelona ni el Pie de Jer en Lourdes (y cito estas dos ascensiones porque habrá pocos españoles que no las hayan hecho) ofrecen esa feliz y rara particularidad. El célebre y nunca bastante llorado D r Rubio, tenía amor grande al lilía. Tal vez las últimas cuartillas que trazó la mano del ilustre sabio fueron las que dedicó á ponderar las bondades de ese monte ideal según él, poi- que reúne todas las condiciones que pueden apetecerse. En él todo es vegetación abundante: hay pinares hermosos, no hay carreteras, y por consiguiente no hay polvo que inficione el ambiente con gérmenes maléficos; hay atmósfera purificada, hay brisas yodadas del mar: ¿qué más puede pedirse y apetecerse? En medía hora escasa sube el tranvía; en igual tiempo desciende; lo que tarda en Madrid un paseante para ir á pie desde la Puerta del Sol á la Castellana. Puede pasarse la tarde contemplando con encanto á un lado las frondosas montañas en anfiteatro, que parecen aterciopeladas gradas del trono inmenso de Dios; al otro, el agitado mar, cuya esmeralda, limitada acá por la cinta pizarrosa de la costa, se funde allá en el frente con el azul del cielo en un beso ideal; y en el fondo, la bella ciudad LLEGADA DE UN TRANVÍA AL MONTE U L A EN LAS ALTURAS DEL ULÍA Fots. Resines V r mm rmmm ru ví, u. V i- i vv C 1 I- U l 1 iS sS íí- i í- S; s ÍQ ¿r LA PENA D E L A 3 U J L A EN EL MONTE UL 1 A DE SAN SEBASTIAN UN RINCÓN DE LOYOLA EN EL CAMINO DE HERNÁN PAISAJE DEL VALLE DE LOYOLA EN EL CAMINO DE. HERNANI como un juguete mecánico, con sus calles de simétricas líneas y sus fiauras diminutas de movimiento. Un magnífico restaurant en la cima, paseos, jardines, monte natural, y á un tiro de fusil la Peña del Águila, eminencia granítica, donde, si no es fama debiera serlo, Neptuno toma asiento en los grises días de otoño para dirigir las furiosas revueltas equinocciales del indómito Cantábrico. Pero en las tardes de verano se muestra tranquilo, y sobre sus reposadas palpitaciones de seno terso y virginal traginan centenares de embarcaciones de pesca que forman misteriosas líneas de puntos suspensivos sobre inmensa superficie azul. Alturas las hay en todos los países, pero habrá pocas como ésta, que reúnan á la brevedad y á la comodidad de la ascensión un panorama tan espléndidamente rico de mar cercano y de bravias montañas. La expedición á Hernani en el nuevo tranvía, tiene también numeroso público. El cuadro es menos imponente, pero más plácido, más arruüador. Los acantilados del Ulía son algo dantesco. El valle de Loyola algo virgiliano. El viaje dura apenas cuarenta minutos, pero el cuadro deja en la mente la huella que dejarían cuarenta minutos de contemplación del paraíso. ¡Lástima que á la poesía siga la prosa con sus asperezas abrumadoras! Se llega á Hernaai, la pintoresca, la heroica villa escena de cien proezas realizadas en aras de la libertad. El vil estómago se impone á la soñadora imaginación. Se busca un restaurant y surge al paso, pero no pidan ustedes nada si no consienten ustedes envejecer en la villa, por-