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SI ANO DOS. NUh 1 ERO 120, iCRÓ- h OCA s ¡EMA NAL LUSTJRADA. 3 3 f- MADRID, 4 DE AGOSTO DE 1904. NUMERO SUELTO, 10 CÉNTS La guerra ruso- japonesa UN GENERAL MUERTO LAS FIESTAS DE VALENCIA EL GENERAL RUSO KELLER MUERTO POR UN CASCO DE GRANADA EN EL DESFILADERO DE JAUSELING, EN EL CAMINO DE L 1 AO YANG, DURANTE UN FORMIDABLE DUELO DE ART 4 LLERÍA CARROZA FAISÁN 1 OCUPADA POR LA SEÑORA Y SEÑORITAS DE BERNIA Y DE BERTLE Y EL SEÑOR BERNÍA, HABIENDO OBTENIDO EL PIÍEM 1O DE S M EL REY EN LA BATALLA DE FLORES DE VALENCIA CON LOS JAPONESES Y EN EL CUAL LOS RUSOS LOGRARON CONSERVAR SUS POSICIONES Y RECHAZAR Á LOS. JABÓNÉSFS A VIDA EN BROMA. ¡QUÉ VIAJE! Tales razones expusieron las hijas de D. Aquilino, y fueron tantas las súplicas de su esposa, que el hombre se decidió á llevarlas á Figueira da Foz, utilizando la baratura de los billetes de ida y vuelta. Y anteayer D. Aquilino se levantó temprano, y después de afeitarse por mano propia fuese al despacho central y dijo al que vende los billetes: -Déme usted cinco de segunda para Figueira da Foz. ¿Cuánto es? -Doscientas cincuenta pesetas. D. Aquilino dejó escapar de lo más hondo del pecho un suspiro quejumbroso: sacó el dinero, pagó los billetes y se fue á su casa lleno de amargura. La familia quiso consolarle haciéndole ver que hoy todas las personas decentes hacen viajes en verano y que, después de todo, doscientas cincuenta pesetas no son para arruinar á nadie. D. Aquilino guardaba silencio; pero quien hubiese observado con atención podría haber advertido que una lágrima cristalina se deslizaba por su rostro. La señora y las tres niñas, entregadas á los preparativos de viaje, olvidáronse bien pronto de la amargura de aquel hombre que no había pasado nunca de Carabanchel de Abajo, é iba por primera vez á trasponer la frontera de España. Mientras la familia hacía los baúles, él se. sentó ante la mesa de su despacho, y allí estuvo echando cuentas, arrugando el entrecejo á cada instante. -Viaje, doscientas cincuenta- decía. ¿Fonda? ¿Qué menos vamos aponer que otras doscientas cincuenta? Conducción del baúl, media; agua por el camino, quince céntimos... ¡Dios mío! ¡qué dineral! Aquel día apenas comió, y en cuanto le dirigía la palabra alguien de la familia, comenzaba á soplar como si tuviese dentro un fuelle, y á herir con e 3 tacón los baldosines. ¿Te metemos en el baúl los calzoncillos de franela? -preguntó á D. Aquilino su dulce esposa. -Yo sí que quisiera meterme en el centro de la tierra para perderos de vista. ¡Hombre! no te pongas así... ¡Me pongo como me da la gana! -Papaíto, hazte cargo de que somos jóvenes y nos gusta viajar, -objetó una de las hijas. Por toda respuesta, D. Aquilino cogió el sombrero y se fue en busca de un mozo de cordel á quien conocía de haberle visto borracho en la esquina de la calle. i? LOS BAILES POPULARES QUE DUÜANTE LAS FERIAS SE CELEBRAN TODAS LAS NOCHES EN VALENCIA Fots. Gómez -Mozo- -le. di jo cariñosamente. -Va usted á decirme, de una manera categórica, cuánto me va á costar la conducción de un baúl á la estación de las Delicias. -Pues... dos pesetas, -contestó el mozo. D Aquilino se estremeció. ¿Dos pesetas? ¿Está usted en su juicio? El mozo insistió en su primitiva respuesta, y entonces D Aquilino se puso á halagar el amor propio de aquel hombre ordinario para seducirle y obtener una rebaja. La obtuvo al fin, y media hora después era conducido el baúl á la estación de las Delicias, no sin que exclamara D Aquilino con lágrimas en la voz: ¡Qué dineral estoy gastando! El matrimonio y las niñas recorrieron á pie la distancia que media desde la calle del Pez á la estación de las Delicias. Cuando llegaron al an- dén, á la esposa de D Aquilino podría torcérsela como si fuera un trapo. ¡Ay, yo estoy muerta! -exclamaba. -Con el sudor se ha desteñido el asa de mi gabás, y llevo las manos más negras que un fogonero. A una de las niñas, que aunque espiritual y poética padece de los callos, se le había inflamado uno, y daba lástima verla arrimada á la pared y pronunciando palabras incoherentes. -Ea, no os estéis paradas- -dijo de pronto don Aquilino empujando á su familia hacia el fren. La familia se instaló como pudo en un coche de segunda, y media hora después abría la puerta el revisor diciendo: -Los billetes. D. Aquilino introdujo su mano en la faltriquera; de pronto se le vio palidecer, su frente se nubló, sus ojos se llenaron de lágrimas y dijo con voz de moribundo: ¡Los he perdido! Luis T A B O A D A