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S ¿ANO DOS. NUMERO 116, CRÓNICA SEMANAL ILUSTRADA. MADRID, 7 DE JULIO DE 1904. NUMERO SUELTO, 10 LA GUERRA RUSO- JAPONESA Vv EL MARISCAL KUROKI, GENERAL BN JEFE DEL EJÉRCITO JAPONES, PIRIGIENPÓ UNA BATALLA EN LA MANCHUR 1 A Dibujo de Estevan sobre un apunte del natural M ADRJD DE NOCHE, DESDE EL fíALCÓN Apenas desaparece el último rayo del sol, con el ansia de respirar que desgarraría las fauces del próximo á la asfixia, todos los madrileños abren todos los balcones de sus casas. ¡Aire, aire! Y mientras se va quebrando la luz del crepúsculo, aparecen en los balcones caballeros en mangas de camisas y señoras con matinées ó batas blancas. ¡Qué delicia de fresco! Una delicia muy relatiya, pero suficiente para comprender la alegría del árabe que en centrara en el desierto el armazón de una sombrilla. ¡Gracias á Dios, dicen aquellos caballeros congestionados y en paños menores, que desapareció el sol! ¡Vaya unas horitas de calor! Ahora siquiera se respira, y hasta se nota un poco de brisa agradable como la del mar. Será la brisa de Ja playa de Recoletos, señores. Ello es que, según entra la noche, se continúa sudando en el balcón como antes se sudaba dentro de las habitaciones; pero se suda de un modo más pintoresco, simpático y comunicativo. Un pueblo asomado á los balcones es siempre un pueblo feliz, porque, ó espera el paso de un triunfador, ó toma el fresco. Más feliz me parece todavía cuando hace lo segundo que cuando espera lo primero, aparte de que los triunfadores escasean. Las primeras sombras de la noche y el pudor relativo del estío, permiten á los veraneantes de balcón aligerarse, casi hasta la hoja de parra, de sus prendas ya demasiado ligeras, y es graciosísimo espectáculo el de ver á un pueblo al aire y en camiseta. La noche, que entra perezosa y adormilada, cubre con su tenue ropaje de obscuridad las formas que en los balcones se adivinan; pero á veces surge de improviso en cualquiera de éstos el manchón blanco de la luz eléctrica encendida dentro de la habitación por algún familiar imporr tuno, y se ven manos femeninas que recogen y sujetan presurosas telas claras, ó se oye una voz varonil que grita airadamente: Pero, hombre, que van á verme ¡os vecinos casi en el traje de Adán. Apaga pronto. Y no son únicamente las personas quienes, obligadas por e calor, muestran á los ojos, indiscretos sus mal veladas intimidades; las propias habitaciones, impenetrables y secretas durante el invierno, permiten que la vista huniana viole ea las noches estivales el misterio que Jas envuelye. También ellas necesitan respirar y airearse. Desde mi balcón diviso todas las noches un crucifijo de marfil pendiente sobre un lecho; una vaga claridad, una suave penumbra rodea la amarillenta blancura del crucifijo y contornea apenas las líneas del lecho. Si uno fuera poeta y el calor se lo permitiese, soñaría. Veo también por los huecos de otros balcones, ya la amplitud de un salón con los muebles enfundados como si estuvieran en camisa, ya el trajín de un comedor en el cual formas humanas sedentes no se hartan de beber, y formas humanas de pie no cesan de servir agua: un comedor atacado de hidropesía. De pronto se obscurece una habitación como si se la tragara la sombra, y surgen aquí y allá otras habitaciones acusadas briosamente por la luz eléctrica. És muy entretenido esto de ver por dentro las casas ajenas como desde la butaca de un teatro, sorprendiendo una serie deliciosa de mutaciones por obscuro, y para las cuales no están siempre bien preparados los personajes. Madrid, conquistado por e) calor, revela sus secretos de seres y de cosas: en Jos barrios burgueses y aristocráticos defendiendo el pudor, aunque desmayadamente; en jos b, arrios populares, de un modo brutal y franep. Yo he visto en las cercanías del Puente de Toledo, y en una barriada de casuchas dominadas por los desmontes, las humildes camas de los vecinos alineadas en los corralillos. La hora de recogerse en aquella barriada debe de ser sumamente pintoresca, y cualquier, aficionado á cuadros al fresco podría hacer desde el desmonte próximo primorosos apuntes. En fin, cerremos el balcón; los ojos se cansan de ver la vida madrileña por dentro y ligera de ropa; aunque en esa desenfadada intimidad resulte más simpática qué cuando Ja cubren terciopelos y Ja envuelven misterios, tampoco despierta hoy vivamente mi curiosidad: Jo que no veo, lo supongo. Lo malo es que an. tes de cerrar ¿1 balcón, mira uno al cielo sereno, hermosamente guarnecido de estrellas, y siente vivísimas ansias de sorprender en él algo íntimo, desnudo, cierto... Y cierra el balcón y se va á la cama. José DE ROURE